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¿Es bueno o malo para los judíos? Imprimir E-Mail
viernes, 21 de septiembre de 2007

Por Noé Davidovich

Una vez más nos abocamos a analizar las elecciones que por espacio de varios meses tuvieron y tendrán lugar en nuestro país durante el último semestre del presente año.

Como comprenderán los lectores si por ejercicios democráticos tuvieron los argentinos, en este período fue evidente esa actividad.

En cada oportunidad los medios gráficos, televisión, etc. reflejaron los discursos, promesas, anécdotas de cada uno de los candidatos. Una figura relevante de la política mundial preguntó en cierta ocasión,  cada cuánto los argentinos concurren a las urnas y mucho se sorprendió cuando fue informado de que es cada dos años.

Aclaramos para que no se piense lo contrario. Es bueno que haya elecciones , pero también es sano que tengamos el tiempo para meditar entre una y otra.

Valga estas pequeñas reflexiones para ir metiéndonos de lleno en lo que veo para los próximos 60 días.

Como pocas veces ha ocurrido algunos candidatos y elegidos no son exclusivamente católicos.

El resonante triunfo de Alperovich en Tucumán

La candidatura de un pastor evangélico para la gobernación en Misiones, con la oposición de un sector de la Iglesia católica de esa provincia y también la de una candidata budista en la provincia. de Chaco entre otros para el alto cargo, nos muestra un panorama más ecuménico del que nos tenían acostumbrados.

De ahí el título de esta nota: si ello es bueno o malo para los judíos de la Argentina.

Este período preelectoral es bueno para reclamar o solicitarle a los candidatos definiciones no verbales por supuesto de los compromisos que adquieren frente a nuestra comunidad.

Alguien dirá por qué nuestro empeño en esa posición, ya que tanto como la judeidad, existen otros grupos, que ya no son específicamente nacionales sino también de otras creencias, más allá de la sostenida en nuestra Constitución Nacional, en su art. 2°,  del

que se ha hecho un uso inadecuado. Estamos usando acá un eufemismo.

Sostener el culto católico apostólico romano, como reza ese artículo no es que la Argentina sea un país de esa corriente.

Es cierto que mucho se ha avanzado desde mediados del siglo XIX en la no discriminación, pero también es cierto que legalmente los cambios recién tienen vigencia desde la entrada en vigor de la instauración democrática en el año 1983.

La igualdad religiosa para ser candidato a presidente de la Nación, la no exigencia de su credo religioso para los militares, etc. serían algunas  de las modificaciones que llamaríamos legales en esta apertura.

Si la pregunta es si tales cambios se reflejan en nuestra realidad, diríamos que es necesario avanzar aún más en ese espíritu de apertura.

Salvo algún juez de origen judío que se animó a introducir en un juzgado objetos del ritual de su grey, o el caso del gobernador Alperovich que juró con una Biblia judía ,  había pocos otros episodios dignos de ser recordado.

Que sobrevivan los capellanes del ejército, con su jerarquía militar, las capillas en los aeropuertos para los de la fe católica  o la profusión de cruces en la mayoría de los juzgados, por ejemplo, nos hace pensar que todavía mucho tenemos que avanzar.

El principio del respeto hacia todas las creencias es fundamental  para todos los ciudadanos.

Ello no debe ser válido únicamente en un período preelectoral. Por ello es bueno que no basten los discursos de los candidatos o sus entrevistas y participaciones en actos comunitarios, sino que sus declaraciones tengan el valor de un documento.

Del mismo modo que los mismos declaran su patrimonio económico ante ONG, de acuerdo a lo dispuesto por la Ley 25.188  - que obliga a detallar los bienes, ingresos y egresos-  de iguales características deben ser sus conceptos en pro de la igualdad y contra toda discriminación, que bien podría ser ante el INADI (Instituto Nacional contra la discriminación), verbigracia.

Ello sería válido tanto para el actual período preelectoral como para redactar un Digesto de compromisos para ser cumplidos durante la vigencia de su cargo, sea en la primera magistratura, gobernación, diputación, etc.

Nuestra historia comunitaria, lamentablemente, tiene páginas de dolor y tristeza. No las señalo acá porque cada uno de nosotros las lleva incorporadas en su espíritu.

Creemos que ha llegado el momento de decir basta y de definir una labor que nos comprenda a todos.

Se diría que hoy el panorama está menos oscuro pero también diríamos que el avance de las ideas ha impulsado a un cambio sustancial en nuestra sociedad.

La  “bolilla negra” a que éramos sometidos en épocas no tan distantes subsiste tácita en algunas entidades deportivas, sociales, etc.

No nos remontaremos a centurias pasadas. Recordemos que en algunas entidades deportivas se hacían cánticos totalmente antijudíos cuando el equipo tenía en su formación a algunos integrantes o directivos  de nuestra comunidad.

No haremos acá la historia de todos estos hechos. Tal vez sería bueno compilarlas en el Libro Negro para que sirva de escarnio de quienes lo expresaron, difundieron o los que callaron.

Pero como manifestamos en un sentido también redactemos el Libro Blanco de todo aquello que deseamos que deseamos sea modificado, implantado y renovado.

Porque proposiciones, ideas y aspiraciones deben ser fruto de que hagamos una labor seria, de conjunto, convocando no sólo a los intelectuales que en buen grado tenemos, sino, y esto es lo más significativo, a otras capas no registradas suficientemente de nuestra comunidad. Me refiero a los que siendo parte de nuestra grey no son parte de nuestros acostumbrados referentes.

Para explicarlo en términos más específicos me remitiría a convocar a jóvenes intelectuales que han tenido la ventaja de haberse desarrollado en los últimos 30 años y que son el capital invisible de nuestro acervo comunitario. Convocarlos y escucharlos también es un ejercicio de nuestra práctica democrática y, sobre todo, de apertura y de salir de nuestros caminos tradicionales.

Qué bueno sería que a todos los convocados para escuchar sus proposiciones sobre las futuras elecciones nacionales, provinciales, etc. les acercáramos nuestras ideas, proposiciones sobre nuestro deseo de un país más abierto, menos discriminatorio y, sobre todo, de cambio en sus actitudes negativas.

No necesito repetirme. Pero los adultos mayores de esta comunidad recuerdan muy bien lo que significan estos Libros Blancos, como así los contrarios.

Hay una práctica democrática que también suele efectuarse y que es costosa. Exige movilizaciones y continuidad. Es la que suele reunir las firmas de sus ciudadanos  para solicitar el cambio o la implantación de una ley. La hemos visto en   la defensa de la ecología, etc.

Finalmente, y no por ello menos importante es conocer todas aquellas medidas, leyes, resoluciones, etc. que han sido aplicadas tanto en este continente como en el Viejo Mundo que apunten, más allá de organismos administrativos, a corregir estas graves anomalías de nuestra discriminación expresa o tácita que pesa sobre nosotros.

Quiero recordar como muestra, para que no se preste a confusión,  la existencia de militares de alta graduación en Chile, Brasil, EE.UU. como de diplomáticos,  de magistrados judíos o de qué manera junto con otros credos podamos implantar no solamente normas, sino también una nueva manera de conducciones frente al otro que es diferente en su origen, credo, etc.

Para ir cerrando estas preocupaciones también nos cabe a nosotros, en estos momentos políticos, que hagamos un ejercicio de innovar en nuestra tradicional postura frente a los cambios gubernamentales.

Será bueno para nuestro judaísmo que salgamos a movilizar a todos los integrantes de nuestra comunidad, tanto de estudiantes secundarios, universitarios, profesionales, etc. en el camino de renovación y esclarecimiento de la sociedad argentina que no sólo se nutriría de cambios de figuras políticas  sino de aportes distintos para jerarquizar la democracia argentina.

Es necesario, asimismo, que internamente hagamos una práctica renovadora y plantearnos qué deseamos para los próximos tiempos.

Lamentablemente, nuestra comunidad no ha podido crear o armar una biblioteca central o museo general, etc., donde reunamos nuestro aporte, tanto en lo universal como en lo nacional.

Ello no debe ser fruto de una sola institución, sino de todas y de todos.

Reunirlos en un solo ámbito, dotarlos de presupuesto y de medios también nos ayudaría a ese esclarecimiento de propios y extraños.

Quiero mencionar que nuestras figuras consulares van desapareciendo. No ha sido  suficiente nuestra labor de conocer sus vidas, sus obras, etc., y si bien, lamentablemente, serán recibidos en cementerios judíos, si esa fuera su voluntad y de sus familiares, nuestra cuota de gratitud y reconocimiento hacia ellos no se ha saldado. Perdemos también nuestra propia historia y si ello no se recoge será una pérdida irreparable.

Todo lo que hagamos de hoy en adelante nos enriquecerá,  y sólo nos cabe empezar.

 
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