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Atlanta: más que un equipo de futbol Imprimir E-Mail
lunes, 10 de diciembre de 2012

por Moshé Korin

Hace poco, una amiga nuestra, Elena, me comentó que su yerno Daniel, tenía un libro sobre Atlanta titulado “Bohemios”, escrito por Enrique Martín. Él me lo facilitó y con sólo ver la tapa del libro vinieron a mi memoria recuerdos de infancia sobre Atlanta, con esa especial característica que tienen los recuerdos infantiles de quedar grabados en la memoria de manera vívida. Lógicamente pasaron por mi mente las vivencias relacionadas con ese club.

Si bien el libro “Bohemios” toma como eje la pasión de un hincha de Atlanta, también refleja toda una época, los años sesenta y setenta argentinos desde la visión de un simple trabajador que conversa casi en soliloquio con el mozo español de un bar de Villa Crespo.

 

De chico me acerqué a dos clubes de mi barrio Villa Crespo. Uno de ellos era el club socio-deportivo llamado “El Fulgor de Villa Crespo” y como todo chico, yo también era hincha de algún equipo de fútbol, mi corazoncito futbolero pertenecía a Atlanta.

Comencé a ir al club a fines de los años ´40 y principios de los ´50 cuando el presidente de la institución era Alberto Chisotti, dueño de la fábrica de una famosa grapa que se tomaba antaño.

Recuerdo que teníamos que pagar 0,70 centavos la entrada. Me duele todavía la cola de los culatazos que la policía montada nos daba para que no nos trepemos para saltar a la cancha, porque nadie podía juntar los 0,70 centavos; para nosotros, lo niños, era muchísimo dinero. Luego con el tiempo, llegó la época en la que “los únicos privilegiados éramos los niños” y entrábamos por la puerta grande como señores. Con los pocos centavos que lográbamos ahorrar durante la semana, comprábamos unos puñados de caramelos “chuenga” que ese legendario personaje nos vendía.

Me acerqué más al Club Atlanta en la década del ´60. Por aquel momento el presidente era el legendario León Kolbovsky, que reconstruyó la cancha y el club social y deportivo. Fue además un verdadero líder. Recuerdo que se pasaba todas las noches con entre treinta y cuarenta simpatizantes y activistas del Club, en la vereda de los bares “Agapito” y “La pura”:

“No cualquier club tiene dos directivos como esos. Don Alberto –sí, / el de la grapa- era un caballero y León (…) corta un pelo en el aire /. No nos podemos quejar.” (“Bohemios”)

La época actual ha corroído muchísimo al fútbol, tornando a las canchas en escenarios de violencia, insospechada en las décadas, en las que yo solía disfrutar junto a muchos, esta pasión de multitudes.

Antes, ir a presenciar un partido, era un acontecimiento casi familiar. Por supuesto que se cantaba y festejaba al por mayor cuando el propio cuadro ganaba, pero el marco era siempre de respeto y por ello todos podíamos disfrutarlo. Hoy esa comunión se ha perdido y muchos, con razón, temen ir a la cancha y prefieren seguir el espectáculo por televisión. Alguien, que como yo, ha tenido el privilegio de deleitarse con el fútbol de otro modo, sabe que ambas experiencias son incomparables y que las generaciones actuales sufren en este aspecto una pérdida enorme.

Ya por los años setenta, el hoy tumultuoso barrio de Villa Crespo era un bullicio multiétnico, pero a diferencia de la actualidad, quienes allí vivíamos éramos vecinos, aún si fuéramos pertenecientes a distintas colectividades, y en esto mucho tenía que ver Atlanta.

“Aunque no lo creas (…) se puede convivir en paz. / Lo logramos en este barrio, sacando una que otra trifulca de ocasión. / Son todos de Atlanta, o casi todos, pero hay tirados / y señores, doctores y algún punga. Van a la iglesia de la / Resurrección, en Dorrego, o a la de San Bernardo en / Gurruchaga o a la Consolación, pero también a la sinagoga / de Camargo y a la de Murillo. Tenemos zurdos y uno que / otro facho. Y algunos pueden ser las dos cosas al mismo / tiempo.” (“Bohemios”)

En pocas palabras, Atlanta nos reunía y acercaba, al tiempo que permitía una convivencia hermanada y pacífica.

Aunque hasta hoy sigo siendo incólume simpatizante del club, el estudio primero y el trabajo luego, me fueron, paulatinamente, alejando. Aunque siempre me interesó saber qué ocurría con el equipo de mi corazón.

Estas líneas intentan tal vez llenar esa lejanía de los últimos años, a la vez que evocan esas irremplazables emociones que sólo el fútbol puede producir.

Los míticos orígenes

Cuenta la leyenda que el 12 de octubre de 1904, un grupo de entusiastas se reunieron en Alsina al 1000. Reunieron entre todos $11,50 para comprar una pelota y un inflador y se instalaron en un baldío de Floresta a jugar al fútbol.

Luego de aquel mítico día, deambularon largo tiempo por distintos terrenos. Y de ahí proviene el apodo de los "bohemios".

Después jugaron en varias plazas hasta que finalmente arribaron hasta la de Concepción, en Independencia y Buen Orden (hoy Bernardo de Irigoyen), y allí hicieron pública la parición del equipo Atlanta. Por aquel momento eran 20 los socios.

Muchas versiones concuerdan en que el nombre surge del recuerdo del terremoto reciente, que dejó muchísimos daños y víctimas en la ciudad de Atlanta, capital del estado de Georgia en Estados Unidos.

Pero sobre el origen de los colores, azul y amarillo a rayas verticales, las leyendas son dos. La primera nos cuenta que en esa época los toldos de los comercios de la ciudad eran en su mayoría azules y amarillos. La otra versión afirma que era costumbre en aquel momento pasear por elRiachuelo los fines de semana, y que un barco de bandera sueca llamó la atención de unos de los originarios fundadores de Atlanta, que impactado lo propuso a sus amigos.

Pero más allá de lo verídico de cada una de estas historias, lo que ellas encierran es el valor emocional en la pertenencia a un equipo de fútbol.

Tal como sintetiza Enrique Martín:

“El fútbol es casi lo más importante para mucha gente.” (“Bohemios”)

Esta frase no debe para nada entenderse de manera liviana, pues aquello que refleja es el espíritu cohesivo y apasionado que puede encontrarse como trasfondo y detrás del ser hincha de un cuadro de fútbol.

Quien ha experimentado esas emociones, sabe que éstas son de las más profundas y que le dan un particular brillo a la existencia. El brillo de la alegría, la tristeza, la bronca o la esperanza, que nos seducen y envuelven en un ritual siempre distinto:

“Esto fue de película. Íbamos cero a cero, hace Garía un gol para (San / Lorenzo) a los 41 del segundo tiempo en una jugada más que confusa, y / sobre la hora nos anula (el árbitro) uno a nosotros por un orsay que no / cobran ni en la Luna. (…) Y yo me fui con más bronca que cuando / empatamos aquel partido increíble con River, yendo 4 a 1 arriba. No sé cómo / se nos pudo escapar. La cuestión es que terminó 4 a 4 y los dos últimos de / las gallinas.” (“Bohemios”)

Parte de mis atesorados recuerdos de infancia, parte del folklore de un barrio, fuente de emociones para muchos, Atlanta ha sido y es para tantos, un enorme manantial simbólico.

El fútbol trasciende el espacio único de un estadio, logra a veces aunar en un mosaico experiencias memorables y diversidades…Fue este mosaico, Atlanta para mí, que resurge hoy mediante la lectura de un libro igualmente simpatizante.

 
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