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CONSORCIO UTOPIA Imprimir E-Mail
miércoles, 12 de septiembre de 2007
Por RICARDO FEIERSTEIN

En estos días la Editorial Galerna distribuye en librerías su último título publicado: la novela “Consorcio Utopía”, del escritor Ricardo Feierstein, una narración de tono realista ubicada en un futuro próximo, alrededor de un grupo de personajes que fueron, en su juventud, militantes de un proyecto de cambio personal y social y que, en la madurez, pretenden terminar sus días rodeados del ambiente y las relaciones que aspiraron a crear con su acción política.

El proyecto, se verá, es más complicado de lo que imaginaron: no sólo por las modificaciones del entorno- en las décadas transcurridas desde entonces-, sino también por los cambios que sucedieron en los propios protagonistas de la aventura. En carácter de anticipo, transcribimos uno de los capítulos del libro.

 

 Hijo de inmigrante

 

Sergio Stanley afirma que quiere hacerme pensar. Está bien. Pero yo cambié esas preguntas casi filosóficas que ha planteado. No estoy en la pavada autocelebratoria de Rulfo y sus compinches para ennumerar mujeres conquistadas, pero tampoco me atraen, por ahora, reflexiones teóricas sobre el poder. Necesito comenzar más atrás. Desde mi familia de origen y el dificultoso idioma castellano de mis padres. De mi apellido- Blum- felizmente sencillo de pronunciar, pero que denota sin mucho análisis su procedencia extranjera.

Las diferencias, desde los 8 años, en la escuela primaria. El grueso de mis compañeros quedaba en el aula, para asistir a la enseñanza de “Religión”. Los que no éramos católicos- budistas, judíos, mahometanos, agnósticos- íbamos a lección de “Moral”, que dictaba el maestro de cuarto grado, un morocho de bigotitos y carácter débil, buena persona. Creo que nunca llegó a pasar del tema “Los Diez Mandamientos”, porque nadie sabía qué hacer con nosotros ni en que consistía la famosa “Moral”. Cuando él faltaba o, simplemente, no tenía ganas de dar su clase, quedábamos en el patio central dando vueltas o jugando a las bolitas, marginales desde entonces a la mayoría.

Un día comenzó a llover. La directora, compasiva, nos hizo entrar a las aulas para no empaparnos. En la propia, mi maestra de tercer grado- una mujer alta y muy fea, de grandes anteojos y cabello alborotado- estaba relatando la pasión de Cristo. Era tan intensa su vocación actoral que, con grandes ademanes y voz agonizante, representaba en el frente del aula al hijo de Dios muriendo poco a poco, los clavos hundidos en sus carnes y la sangre descendiendo, generosa, por cada uno de sus miembros, el rostro, el pecho desgarrado. Sensible hijo de inmigrante, no pude soportarlo y comencé a llorar, muy impresionado, por ese horror que hasta entonces me había evitado mi ausencia de “Religión”. Debieron transcurrir un par de horas hasta que pudieron calmarme. Mis condiscípulos no entendían el porqué de tanto alboroto por una historia tan conocida para ellos.

Por eso, el momento en que comenzamos a ser argentinos en serio fue alrededor de 1950. Más o menos. Y gracias a las “Noticias de Policía” (como se las llamaba entonces) del diario “La Prensa”, ese gigantesco elefante blanco que llegaba a casa cada mañana y cuyas alas desplegadas ocupaban toda la mesa del desayuno.

Allí, ante nuestra atenta mirada infantil, papá enunció línea a línea, casi sin trabajo- hablaba con el tonito en idish que conservaría hasta el final de sus días, pero la escritura no ofrecía dificultades para él, lector autodidacta y concienzudo- la buena nueva que le había transmitido alguno de mis tíos por teléfono. Y entonces comprendimos.

La noticia era aproximadamente así: hubo un accidente, o quizás un asalto, en la zona de Plaza Italia. Como resultado de lo que allí sucedió, el cuerpo de un hombre quedó tirado en la vereda, herido de cierta consideración. Los transeúntes se agolparon a su alrededor, haciendo comentarios y especulando sobre datos inciertos de culpables, lastimaduras, quizá muertes.

Papá hizo una pausa y llegó, entonces, el párrafo que marcaría nuestra identidad para las próximas décadas:

“Entre los peatones se destacó un joven de alta estatura y bigote recortado quien, identificado como médico y portando su maletín profesional, se dirigía en esos momentos a efectuar una visita por la zona. Con rapidez y pericia el facultativo, identificado como el doctor León Blum, se abrió paso entre los curiosos, prestó al herido los primeros auxilios del caso y se mantuvo junto a él hasta la llegada de una ambulancia, que lo trasladó al Hospital Rivadavia. La oportuna y providencial aparición del doctor Blum posibilitó que la persona herida llegara con sus reflejos vitales conservados al nosocomio, donde se informó que ya se encuentra fuera de peligro”.

Eso fue todo. Suficiente para nosotros.

Hasta ese momento- entiendo ahora- en el imaginario de muchos de nosotros, argentinos, estaba presente la idea de volver a la tierra de nuestros abuelos, como matiz diferencial con el grupo mayoritario de la población local. ¿Para realizar el deseo de nuestros antecesores, debíamos abjurar de la vivencia cotidiana? ¿Una repetición inconsciente que, de manera simétrica, se encontraba unida en incestuoso matrimonio con el odio del otro, para el que éramos extraños en esta tierra?

Era la diferencia entre emigración- voluntaria- y exilio- forzoso- que había traído a nuestros padres hacia aquí. Si ellos no pudieron ser felices allá, nosotros tampoco deberíamos serlo aquí, como ofrenda sacrificial. Todos los progresistas hemos pasado, alguna vez, por el diván, para poder comprender estas cuestiones.

Y, ahora, la cuerda que nos mantenía enredados se cortó con un solo tajo. Por primera vez, en un periódico argentino, aparecía mencionado el apellido familiar. Además, en el marco de una acción meritoria y aplaudida por su solidaridad y eficacia.

Ya éramos parte de este país. Nosotros, los más chicos, nacidos aquí. Nuestros tíos y primos mayores, con sangre europea y pronunciación diferenciada. Y los que vendrían detrás de nosotros. Integrados a esta tierra de iguales, como tantos y tantos otros llegados de más allá de los mares.

Esta pequeña historia sólo puede ser entendida, cabalmente, por un “hijo de inmigrante”. Los demás podrán acceder intelectualmente a lo que significó esta “noticia de policía”- carta de ciudadanía emotiva- para un niño criado en el muy porteño y mültilingue barrio de Villa Pueyrredón. Pero, para mi familia, ese día señaló una bisagra existencial en nuestro devenir.

“Agentinos”- dijo papá, saltéandose esa “r” que nunca le salió bien. Sacudió la cabeza, cerró el diario y repitió:

- “Ya somos agentinos...”

Para Sergio, que me ha escuchado con respeto, esta historia es más que ilustrativa: modélica.

- ¿Por qué?

- Identidad frágil, Juanqui- me dice, como si titulara la noticia del día.

- ¿Y eso?

- En un país como el nuestro, donde casi todos descendemos de inmigrantes, es inevitable generar ciudadanos con identidad frágil. Leve. Tenemos orígenes múltiples y poca historia en común.

- Por eso nos cuesta aceptarnos, a nosotros mismos.

- Exacto. Una minoría fanática, pertrechada con la fe de los conversos, tratará de desplegar las “esencias de la nacionalidad” a través de rituales y símbolos autoritarios, que no se discuten: religión, milicia, abuelo ilustre, bandera, odio a cualquier extranjero... ¿Recordás las discusiones entre los grupos literarios de Florida y Boedo, en las primeras décadas del siglo XX? Los primeros representaban a la aristocracia porteña, con varias generaciones en el país. Los segundos, a los escritores que eran hijos de inmigrantes. ¿Sabés cómo terminaban cada discusión los muchachos de Florida? Les decían a los otros, condescendientes: “Lo que sucede, muchachos, es que entre nuestras agrupaciones hay una diferencia: porque nosotros somos argentinos sin esfuerzo...”. Naturalmente, digamos.

- Operación que los convierte en ciudadanos de primera.

- Eso es: ciudadanos de primera. Pero el resto...

- La mayoría de los argentinos...

- Tenemos la identidad atada con piolines. Seremos psicoanalistas o psicoanalizados, los dos lados de un mostrador que busca la respuesta con más densidad, algo ligado a la experiencia personal y no a los mitos. Y fijáte: nosotros mismos, una minoría más o menos ilustrada que creía entender el “sentido del proceso histórico”, diseñamos este edificio para transcurrir nuestros últimos años... ¡también segregados del resto de la sociedad! Nos hicimos cargos de la necesidad (y el placer, quizá) de ser distintos a la mayoría.

Ambos callamos. La sombra de un pájaro atravesó rauda la ventana de la sala de estar. Un sol en retirada bruñe el marco de la ventana y apenas se asoma a la habitación. El silencio de alrededor, maravilloso a la hora de la siesta, se ha convertido en algo opresivo.

- También es cierto, Sergio, que debemos hacer algo con nuestro tiempo actual. Hay muchas horas libres aquí.

- Pensar. ¿Acaso no te gusta? Es el mejor deporte para nuestra edad.

- No termina de convencerme. Sólo pensar...

Ramón Ortiz aparece al final del pasillo y se acerca, tambaleándose sobre sus piernas combadas, un piolín deshilachado funcionando como cinturón del manoseado pantalón que viste. Ya me reconoce, luego de estos días compartiendo la habitación. Pero su mente va y viene, sin rumbo. Posee un pequeño brillo en los ojos cuando apoya la mano en mi brazo y mira de frente, directo:

- ¿Vos viste el manomóvil?

- ¿Qué?

- ¡Mi manomóvil! Estoy buscándolo hace rato y no lo encuentro.

- ¿Cómo es?

- ¿Nunca lo viste? Me lo armó mi papá, en el tallercito. Por eso tiene aspecto algo precario. ¡Pero corre, eh...! El asiento está rajado, porque se secó la madera. Pero funciona de lo mejor: yo apoyo los pies adelante, en el barral, y después, con las dos manos, me aferro a la barra del timón y dále que dále, adelante y atrás. ¡Y avanzo rápido, eh! Tiene cuatro ruedas, finitas, pero resistentes. ¡Llego a lo de don Raúl todos los días!

- ¿Dónde vas?

- De don Raúl, che. El almacenero de la esquina. Mi papá no me deja cruzar la calle porque es peligroso por los autos, pero puedo recorrer toda la cuadra por la vereda. Eso sí, debo esquivar a la gente, no chocarme. Y volver para tomar la leche, claro. ¡Mi manomóvil! ¡Cómo lo quiero!

Parece haber visto o recordado algo, porque me suelta el brazo y se aleja con rapidez.

Me angustia esta visión. “Prefiguro mi futuro” -pensé- si sigo metido en las pequeñas cuestiones. Quizá Sergio tenga razón, después de todo”.

El tema del arreglo del ascensor es prioritario y, si entendí bien las reglas del juego, debo cumplir cierta normativa para que mi opinión sea considerada.

Un largo fin de semana preparé la carta para Staffaroni, el administrador. Reuní los antecedentes posibles, conjeturé- tras consultar con Rolando, que se da maña para todo- algunas razones del daño y un par de maneras de realizar el trabajo, pagándolo en cuotas especiales. También abundé en consideraciones sobre la edad adulta mayor, verde y expansión para los internos (que la planta baja proporciona naturalmente) y necesaria actividad física.

Sentí que algo comenzaba a cambiar. Por lo menos, en mí.
 
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