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Se estrenó en el Teatro San Martín Camino del Cielo Imprimir E-Mail
martes, 22 de mayo de 2007
 Juan Mayorga se inspiró en la visita de los representantes de la Cruz Roja Internacional al campo de concentración nazi de Terezin, durante las segunda guerra mundial, para escribir su obra dramática “Camino del Cielo” (Himmelweg) que estrenó recientemente en el Teatro San Martín, con el auspicio del Instituto Nacional de las Artes Escénicas y de la Música del Ministerio de Cultura de España.

Dada la particular participación de la Cruz Roja Internacional y las características del sitio en que se desarrolla la acción, es conveniente referirnos a ambas, para ubicarnos en el marco histórico en que se produjeron los hechos a los que alude el texto.


Antecedentes

En Terezin (Theresienstdat), a sólo 56 kilómetros de Praga, una pequeña ciudad checa amurallada, creada en el siglo XVIII como una guarnición militar, los nazis –tras la ocupación de Checoeslovaquia- decidieron, el 10 de octubre de 1941, crear un “sitio” para los judíos de renombre, con el propósito de acallar las voces de descontento que suscitaban en algunos sectores sociales sus actitudes antisemitas. Un predio denominado la Pequeña Fortaleza fue ocupado por oficinas de la Gestapo; el resto fue destinado a campo de concentración. El 24 de noviembre de 1941 arribó el primer transporte, 342 judíos jóvenes capturados especialmente para la construcción de 10 edificios de barracas que recibirían a los futuros contingentes. El objetivo real era convertir a Terezin en un lugar de tránsito hacia otros campos, principalmente hacia Auschwitz, en cuya ruta se encontraba.

No fue un campo de concentración común. Se lo utilizó como elemento de propaganda nazi, para presentar la deportación de judíos como un “reasentamiento” en el Este. Terezin fue presentada ante la opinión pública internacional como una “ciudad balnearia” que hasta contaba con oficinas de “autogobierno”constituido por un Consejo Judío de Ancianos y albergaba a prominentes hombres de la comunidad como Leo Baeck, rabino de Berlín, y veteranos de la Primera Guerra Mundial, principalmente. Estos recibieron al comienzo un tratamiento relativamente más humanitario; la mayoría eran ancianos que no podían constituir una fuerza de trabajo en ningún campo y por dicha causa no eran trasladados. Sus raciones en los barracones eran tan restringidas como enorme su mortandad. En septiembre de 1942, contaba con 58.497 prisioneros; para resolver el tema de la superpoblación enviaron 44.693 a Auschwitz, donde fueron eliminados.

Si Terezin ocupa un lugar especial en la historia de la demonología nazi, es porque fue “embellecido” especialmente, para recibir a dos delegados de la Cruz Roja Internacional (CRI) con sede en Suiza, acompañados por dos representantes del gobierno danés el 23 de junio de 1944. Fue decisiva la intervención del rey danés Christian X, que reclamaba el retorno a su país de 466 compatriotas judíos, pedido que fue satisfecho al final de la guerra y que demuestra cuánto hubiera podido evitarse si se hubiese seguido su ejemplo.

No fue la única vez que la CRI visitaba un campo de concentración, pero es la más recordada por su eminente carácter propagandístico y el operativo montado al efecto. En Terezin los nazis abrieron un café, tiendas, un pequeño banco, un pabellón de música, zonas de juegos para los niños, una biblioteca ¡y hasta una sinagoga! En el interregno, como la superpoblación hambreada y enferma le restaba “encanto turístico” al lugar, 17.517 judíos fueron enviados a Auschwitz. El engaño fue tan bien perpetrado, que las autoridades alemanas filmaron en esa tramposa escenografía un documental al que titularon “El Führer regala una ciudad a los judíos”. Una expresión de humor tan negro como la conciencia de quienes lo pergeñaron.

La visita sólo duró 6 horas y el informe fue favorable. Apenas terminó, los transportes hacia Auschwitz se reanudaron. Sólo en un mes trasladaron 18.402 personas. Terezin volvió a ser lo que era. Pero una segunda visita exigió disfrazar nuevamente el lugar, operativo que llevó a cabo el mismísimo Adolfo Eichmann. El segundo informe fue igualmente favorable: no convenía irritar a los comandantes del campo con preguntas capciosas. El 3 de mayo de 1945, cinco días antes de la rendición de Alemania, los nazis entregaron el ghetto de Terezin a los funcionarios de la CRI, atento que una epidemia de tifus asolaba el campo. Quedaban 17.472 judíos de los 153.108 que habían ingresado desde el 24 de noviembre de 1941. En mayo de 1945 el Ejército Rojo invadió el lugar. Al final de la guerra, sumando los 11.000 judíos provenientes de otros campos orientales, el número de sobrevivientes se elevó a 29.320. Cifras y más cifras de un horror, en realidad incuantificable e inaudito, que sólo podría redimensionarse confrontándolas con los 6 millones de judíos exterminados finalmente por los nazis.

Según un informe de “The Simon Wiesenthal Center”, “durante la Segunda Guerra Mundial, la CRI hizo muy poco para ayudar a los judíos de la persecución nazi. A continuación divide las actividades de la CRI durante la contienda en tres etapas:

1.- Setiembre 1939-22 de Junio de 1941: La CRI limitó sus actividades a enviar alimentos a quienes sufrían hambre en la Europa ocupada, sin distinción alguna. Los paquetes se distribuían según las directivas de la Cruz Roja alemana. Durante este período, la CRI aceptó el argumento alemán de que los habitantes de los ghettos y campos de concentración constituían una amenaza para el Reich y, por lo tanto, no correspondía que recibieran ayuda.

2.- 22 de junio de 1941–verano de 1944: A pesar de los numerosos pedidos de las organizaciones judías, la CRI se negó a protestar públicamente contra la aniquilación masiva de judíos y no judíos y a intervenir en su defensa, alegando que cualquier manifestación pública en tal sentido sería perjudicial para los propios afectados. Al mismo tiempo, procuraba enviar cajas de alimentos a los sujetos cuyo domicilio conocía.

3.- Verano 44-mayo 45: Luego de la intervención de distinguidas figuras como el presidente de Estados Unidos , F. D. Roosevelt, y a la tenacidad del rey de Dinamarca , Christian X, la CRI apeló a Miklos Horthy, regente de Hungría, para que detuviera la deportación de judíos húngaros. También insistió en que se les permitiera visitar los campos de concentración, y una delegación fue autorizada a visitar Terezin, nueve meses después de efectuado el pedido, tiempo que los nazis utilizaron para “maquillar” ese campo de concentración. El informe favorable motivó nuevas protestas de las organizaciones judías, lo que originó una visita posterior con igual resultado positivo”

La contribución de la CRI, pese a sus buenas intenciones, fue tardía e ineficaz. Es cierto que un enfrentamiento con los nazis no le hubiera facilitado continuar con sus funciones. Tampoco recibió el apoyo necesario del Vaticano ni gestos solidarios y efectivos de otras naciones u organizaciones no gubernamentales. El asesinato masivo de judíos no era ya, en ese momento, un secreto en Europa ni en el resto del mundo: la “solución final del problema judío” fue instrumentada oficialmente por los criminales nazis a principios de 1942, pero, en la práctica, se implementó antes. Por eso, sorprende que en dos oportunidades la CRI haya dado su beneplácito. Hubiera sido preferible que los representantes de la CRI, expusieran las dificultades para redactar informes fidedignos, antes que emitirlos con dictamen favorable. Cuando visitaron el campo de exterminio de Auschwitz, confundieron las cámaras de gas con salas de duchas de baño.

Finalizada la guerra, cientos de asesinos nazis (entre ellos Eichmann y Mengele) ingresaron a la Argentina con documentos de la Cruz Roja, gracias a la intervención de sectores del Vaticano y de la Iglesia argentina y a la total protección del gobierno de Juan D. Perón.

Una importante función de la Cruz Roja Internacional es, desde 2005, administrar el archivo conocido como “Servicio Internacional de Búsquedas” que contiene alrededor de 50 millones de documentos con información de más de 17 millones de víctimas de la Alemania de Hitler. Lo supervisan 11 países, incluyendo Israel.

Las relaciones posteriores a la Segunda Guerra Mundial entre la CRI y los judíos, escapan al objetivo del presente comentario. Bástenos señalar que en el verano de 1995, el Comité Internacional de la Cruz Roja se disculpó oficialmente por su pasividad durante el Holocausto, considerándolo “un fracaso moral”. ¿Hace falta agregar algo más?

Pero, más allá de las penosísimas vicisitudes históricas, debemos rescatar un hecho importantísimo: los nazis pudieron destruir los atormentados cuerpos judíos de Terezin, pero no su espíritu. Muchos artistas y científicos crearon valiosas obras en dicho campo.

La reconocida pintora Frieder Dicker–Brandei, enseñó dibujo y pintura a numerosos niños prisioneros, quienes plasmaron numerosas escenas del lugar. Guardó casi cinco mil dibujos en una maleta; diez años más tarde fue descubierta y las obras se expusieron en el Museo de Arte Fují de Tokio, en 1962.

En plena noche o en medio de un nutrido grupo de gente para no ser descubiertos, un grupo de artistas describía en sus pinturas el hacinamiento, las interminables filas para conseguir miserables raciones de comida, las deportaciones, los enfermos y los muertos. Leo Strauss, un marchand de arte emparentado con prominentes familias arias y con excelentes contactos en la policía checa, logró sacar algunos cuadros con destino a Suiza para demostrar al mundo las penurias de la vida en los campos de concentración. La repercusión fue mínima y enorme el castigo que sufrió todo el grupo. Lo integraban renombrados plásticos, como Leo Hass, Otto Ungar, Ferdinand Bloch y Bedrich Fritta.

La música no ocupó un espacio menor en el desarrollo artístico de Terezin. Garabateadas en páginas de diarios, hojas diversas y hasta en papeles sanitarios, se localizaron valiosas piezas musicales: obras de Gideon Klein, de Víctor Ullman, autor de la ópera “El Emperador de la Atlántida”, presentada en el Teatro Colón el 7 de agosto de 2006, y de Hans Krasa, cuya ópera “Brundibar” fue cantada por primera vez por los niños de este campo y de Pavel Hass, entre otras. Fueron recopiladas durante la posguerra por el músico italiano Francisco Lotoro y presentadas integrando el espectáculo “La música en el Tercer Reich. De Bayereuth a Terezin”. También, después de la guerra, otros compositores se interesaron por el tema. Desde Franz Waxman que musicalizó poemas escritos por los niños de Terezin en “La Canción de Terezin” (1965) hasta “Terezin” de Silvio Rodríguez.

En literatura, cabría destacar al joven Petr Ginz, autor del “Diario de Praga 41-42”, quien creó la revista “Vedem” de amplia difusión en el campo. También fue dibujante. Lo asesinaron cuatro meses antes de la liberación del campo. Cuando estalló el transbordador espacial Columbia, el 1º de febrero de 2003, murió entre los siete tripulantes el israelí Ilan Ramon; llevaba al espacio un dibujo de Ginz.

Víctor Frankl, creador de la logoterapia, también fue uno de los célebres “huéspedes” de Terezin. Felizmente, sobrevivió a la guerra, tras terribles peripecias. Sus penurias inspiraron sus premisas psicoanalíticas y fueron descriptas en memorables escritos.

La lista de personalidades es más amplia. Limitémonos a cerrarla citando a Pavel Friedman, cuyo poema “Las mariposas no viven aquí, en el gueto” se convirtió en la expresión emblemática de la tragedia de las víctimas judías del horror nazi.

El Tercer Reich, el imperio que iba a durar un milenio, se desmoronó estrepitosamente en poco más de un lustro; pero las manifestaciones artísticas que surgieron de Terezin perduran indomeñables, eternas. Una vez más, a un costo insoportablemente desmesurado, el espíritu triunfó sobre los aspectos más deleznables de la condición humana.


“Terezin” en el Teatro San Martín

Nacido en España en 1965, Juan Mayorga es licenciado en Matemáticas y doctor en Filosofía. Desde 1998 es profesor de Dramaturgia y de Filosofía en la Real Escuela Superior de Arte Dramático de Madrid. Fundó el colectivo teatral “El Astillero”. Colabora, asimismo, en las revistas “Primer Acto” y “Acotaciones”. Dramaturgo de prestigio mundial, es autor de numerosas piezas teatrales, traducidas a varios idiomas, entre ellas “El traductor de Blumemberg” y “Hamelín”, ya representadas en nuestro país.

“Camino del Cielo”–así denominaban la rampa que conducía a las cámaras de gas- posee una acción teatral subyacente, con monólogos y diálogos fluidos, de bella factura y sólida conceptualidad pero desaprovecha, probablemente, la riqueza del material en que se basa.

Jorge Eines, director argentino radicado en España desde 1976, donde ha desarrollado una exitosa carrera, resuelve airosamente un texto que roza lo literario. Su puesta en escena alcanza momentos de gran belleza estética e intensidad. La iluminación de F. Monti, la música de B. Baraj y el vestuario y escenografía de J. Ferrari contribuyen a este logro.

La interpretación se apoya en un encomiable trío de actores: Horacio Roca, convence en el rol del atribulado Hombre de la Cruz Roja. Víctor Laplace, excelente intérprete que debiera confiar más en sus dotes actorales que en su histrionismo, compone al temible -y desde el texto un tanto estereotipado- comandante del campo. El tercero, Ricardo Merkin conmueve genuinamente como Gottfried, el judío elegido para dirigir la siniestra farsa montada por los nazis.

Elogio aparte merece el Complejo Teatral de Buenos Aires, por haber elegido esta obra valiente y polémica que aúna calidad dramática y una visión actualizada y comprometida de la realidad histórica.


Manuel A. Lotersztein

 
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