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Brener, Amijai y Appelfeld : “exponentes de la literatura hebrea moderna israelí” Imprimir E-Mail
jueves, 28 de julio de 2011
Por Moshé Korin

Tan sólo de poco más de media centuria data la creación de nuestro Estado judío y sin embargo su consistencia hace que nos parezca un estado añejo. Esto es así en parte porque desde hace milenios lo hemos anhelado, lo hemos evocado en nuestras plegarias. Por otro lado también es indudable que por milenios conservamos nuestra identidad, que si bien diaspórica antes de la creación del Estado de Israel, nos definía cuando no teníamos otra opción que vivir entre los gentiles.

Ahora bien, aún si esto es cierto, también es cierto que nuestro Estado Judío debía crearse, que los israelíes debían forjar su nueva identidad con y sin el bagaje anterior. Israel ya no era una promesa, era una realidad y por ende una tarea de creación mancomunada que debía llevarse adelante.

A poco de terminada la Segunda Guerra Mundial, los pioneros, los sobrevivientes de la Shoá, los labradores, los forjadores de Eretz Israel, debían labrar la aridez del desierto al tiempo que se labraban a sí mismos como habitantes de Israel. Pues Israel era un desierto, prácticamente nada había allí y los judíos si bien no eran una “tábula rasa”, debían reinventarse, crearse a sí mismos como individuos, ciudadanos del Estado Judío.

Entre los suelos subjetivos que era necesario labrar se encontraba la lengua hebrea. Aquella lengua que por cientos de años fue la encargada de poner nombres a los oficios religiosos, de ser guardiana de lo sacro, debía dejar de lado su solemnidad para dar paso a la expresión de lo profano. Debía tornarse capaz de expresar lo cotidiano. Volverse lengua de los avatares del día a día; expresión de los sentimientos y pensamientos: tal era su tarea.

Además de la lengua hebrea como lengua de estado, como lengua de las calles del naciente Israel, nace la lengua hebrea de la literatura.

Quisiera hoy detenerme en la primera generación de escritores de la literatura hebrea.

Tomaré como exponentes más sobresalientes de esta primera generación a los fines de poder ceñir estas líneas, a Yosef Jaim Brener, Iehuda Amijai y Aarón Appelfeld dejando para otro momento, dada la riqueza de esta generación, el detenerme en otro grupo.

Aún si existe diferencia de época entre ellos, los aúna el haber sido inmigrantes nacidos en la diáspora. Tan sólo mencionaré a otros escritores que sin duda deben encuadrarse en esta primigenia generación como: Aarón Meguet y Pinjas Sadé.

Estos escritores y todos los que conforman esta generación, provienen principalmente de Europa Oriental, Rusia y Polonia. Serán los portavoces e inventores de la primera expresión artística del hebreo. Creadores de una patria simbólica desde la nada.

Sin duda entre los primeros pioneros tanto como habitantes de la tierra de Israel, como del terreno de la literatura, se halla Brener, uno de sus primeros labradores y portavoces. Yosef Jaim Brener nació en 1881 en Ucrania donde estudia en una yeshiva. Se adhiere primero al Bund, pero luego retorna al sionismo. Sus primeros cuentos aparecen en 1900, luego verá la luz su novela “En invierno”. Vive en Londres entre 1905 y 1908 trabajando como linotipista y publicando al mismo tiempo el mensuario hebreo “El despertador”. En 1909 se establece en Israel.

Trabaja como agricultor y se convierte en líder obrero, enseñando además en un colegio secundario de Tel Aviv. En 1919 edita la revista “La tierra”, vocero del partido “Ajdut HaAvodá”. En 1921 es asesinado por extremistas árabes cerca de Yafo.

Si una generación dentro del campo del arte se define, entre otros elementos, no sólo por la contemporaneidad histórica en la cual habitaron sus exponentes, sino además y por sobre todo, por el problema común que los aúna, no cabe duda de que estamos frente a una clara delimitación de una generación literaria. El problema común que la convoca es precisamente el pasaje de la experiencia judía diaspórica a la experiencia israelí. Y este problema abre en sí mismo toda una gama de conflictos, interrogantes, así como respuestas.

“-¿Y si quisiera instalarme en la colonia?- preguntó,

después de recibir su ración de pan la mujer del pelirrojo,

que declaró ser la hermana de aquella que había repartido

pan en Kfar Saba- ¿podría encontrar vivienda? Una

habitación tan solo, pero con techo y cielorraso…no

gratis…estoy dispuesta a pagar…lo que pidan…estoy harta

de no tener vivienda…” (Brener, ´La excusa´).

“Desde el momento en que las plantas de ambos hollaron la

tierra de Israel apoderose de ella el olvido. Los recuerdos ---

quedaron congelados en uno de los circuitos. Imposible

extraer de ella una sola memoria y de la misma manera era

incapaz de absorber nada.” Aarón Appelfeld, ´Berta´).

Muchos de ellos habían atravesado las penurias de la Shoá, y en verdad todos los posteriores ciudadanos israelíes estaban atravesados por lo vivido por los judíos en la reciente Shoá -tanto sobrevivientes, como no, ya que aún si no en primera persona, todos los judíos lo eran.

“Tenían que llegar. Podían llegar cualquier día. Era en ese

pequeño tren, que venía a ´cargar madera´ que podían

venir, de allí, del lugar de la pesadilla, de aquel lugar donde

la tierra fue arrasada, los árboles tronchados, las viviendas

destruidas.” (Brener, ´La excusa´).

“En ese momento era la misma Berta que le fue entregada

durante la gran fuga, porque no podían cargar con ella y no

quedó otro remedio que confiársela a él, que tampoco podía

cargar con ella, pero menos podía arrojarla a la nieve.

” (Aarón Appelfeld, ´Berta´ ).

Aarón Appelfeld nació en 1932 en Chernowitz (Rumania). Fue deportado a un campo de concentración en Ucrania a sus ocho años. Luego de escapar se une al ejército soviético. Emigra a Israel en 1946. Se educó en un instituto educacional agrario. Estudió literatura hebrea e ídish en La Universidad Hebrea. Dedicándose a la docencia.

Sus primeros cuentos datan de los años ´60, publicados en 1962 en la recopilación titulada “Humo”. Luego publicó “En el valle fructífero”, “Helada sobre el país” y “Piso bajo”. Fue autor de la novela “La piel y la camisa”, “Historia de una vida( 2003)” “Todos los que he amando ( 2002)”, entre otras. Obtuvo el premio “Ussischkin” a la literatura en 1967, el Premio del Primer Ministro a la literatura en 1969. En 1979 recibió el premio Bialik y en 1983 el premio Israel, y el 1997 el premio Miembro Honorario Extranjero de la Academia Estadounidense de las Artes y las Ciencias.

La experiencia de la Shoá lo ha marcado indeleblemente y ha retornado una y otra vez en sus escritos. A veces explícitamente, otras tangencialmente, así como lo muestra la cita antes transcripta.

Por otra parte, también Iehuda Amijai atravesó la Segunda Guerra Mundial. Amijai nació en Alemania en 1924. Durante la Segunda Guerra Mundial sirvió en el ejército británico y emigró a Israel en 1936 participando en la Guerra de Independencia. Estudió literatura hebrea en la Universidad de Jerusalem y ejerció allí como docente. Comenzó escribiendo poemas entre los cuales se destaca su primer poemario que data de 1955 “Ahora y en otros días´ y los posteriores “A dos esperanzas de distancia” y “El jardincito público”. Luego publicó un libro de cuentos, “En ese tono terrible” y una novela “No de ahora, no de aquí”.

En 1982 entregósele el premio Israel y entre los fundamentos se menciona que: “El cambio revolucionario del idioma poético” que el poeta había emprendido a través de su obra; pues la poesía de Amijai es lúdica y concentra un rango amplio de emociones, su distintivo es la risa, la burla y cierta tristeza subyacente. Él falleció el 22 de Septiembre en Jerusalén. Como Amijai, el poeta, nos referiremos en otra oportunidad.

Otro de los aspectos a destacar, el cual los hace pertenecientes a la nueva literatura hebrea, es que –en mayor o menor medida- se han servido de las fuentes tradicionales de la existente producción escrita en lengua hebrea, es decir: la Biblia, el Talmud, la Kabalá.

“Desde arriba vi. como desvisten los rollos de la Torá de sus

camisas blancas. Tiraron las correas y quitaron los vestidos.

El libro de la Ley quedó desnudo y con frío. Mi padre se

levantó resucitado y comió a la tarde, después de la plegaria

final, la ´Neilá´” (Iehuda Amijai, ´Las muertes de mi padre´).

Se han servido de esas fuentes, pero las han metabolizado con su novedosa experiencia israelí; no se trata de una repetición, sino de una composición que las toma como elementos, pero que por ello mismo las transforma.

Bien podríamos tomar la metáfora que es el eje de este cuento de Amijai: las diversas muertes en vida del padre, para ilustrar aquello que debieron afrontar los pioneros en el naciente Israel. La identidad previa de aquellos judíos debía morir para que naciera el habitante israelí.

El arte es, sin duda, un instrumento simbólico fundamental para forjar una identidad colectiva. El arte es una invaluable herramienta para forjar una voz común de pertenencia. Los judíos lo hemos sabido por milenios.
 
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