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Los días de ¿reflexión? Imprimir E-Mail
lunes, 10 de septiembre de 2007
Por Ricardo Feierstein
Las diez jornadas que transcurren entre Rosh Hashaná y Iom Kipur (del 1 al 10 del mes de Tishrei) son mencionadas en los textos básicos del judaísmo como días “terribles, reverenciales, solemnes, austeros...”. Para el Shulján Aruj, incluso, son días de “penitencia”, aptos para realizar un examen de conciencia que incluya Teshuvá (retorno), Tefilá (oración) y Tzedaká (caridad), lo que contribuirá a obtener el perdón de Dios.

Para un judío secular, puede agregarse una función específica y necesaria, sobre todo en un mundo acelerado que impide vislumbrar algo más trascendente, en el plano existencial, que la mera sobrevivencia diaria. Son días que hacen a la conciencia de cada individuo y, a la vez, un “balance” que inicia el nuevo año y que se renueva cada vez.

Desde esta perspectiva, nosotros no sólo recordamos o sufrimos la historia, sino que también la hacemos. Para un humanista secular, el pasado no es un bloque congelado a repetir sin variaciones, como un ritual inmóvil, sino una fuente de inspiración para lo que vendrá. La vida no es una representación, en la que actuamos un guión escrito previamente, sino una participación que determina el avance de la trama. No se trata de entrar a la vida como a un set donde alguien filma sin pausa una película infinita y recorrerla de la mano de un guionista, algo que aliviana “el peso del destino”, sino de vivir la propia e intransferible vida con toda la precariedad de lo humano.

Lo mismo sucede con el balance sobre la marcha de la comunidad: no pretende pronosticar un destino, sino tratar de comprender -con nuestros limitados medios- el estado actual y las líneas de desarrollo del grupo identitario. Actuar sobre este contexto no es una obligación, sino una elección (algo en lo que coincide, también, la visión religiosa de la existencia, con su conocido “Elegirás la vida...”). El filósofo judío Martín Buber lo expresó con un bello aforismo: “Para el griego, la acción está en el cosmos. Para el judío, el cosmos está en la acción”.

El problema de la época actual, dicen los estudiosos de las ciencias sociales y humanas, es que vivimos una flexión de la historia: no hay antecedentes conocidos para saber cómo actuar hoy. La realidad “desencarnada” que transmiten los medios, junto a la explosión de la información, provoca paradojalmente un estado de confusión, en este caso por exceso de datos y, sobre todo, por incertidumbre frente al futuro. No quedan paradigmas a los cuales aferrarse, la globalización arrasa con fronteras terrestres y culturales y genera una crisis de identidad casi irresoluble, la vida deja de tener sentido de proyecto compartido y se desbarranca hacia un egoísmo senil, que corresponde como un guante a la superestructura ideológica triunfante y al estado de desarrollo de esta etapa del neocapitalismo individualista.

En este encuadre brevemente dibujado, mi perspectiva personal es la de una colectividad –o la de los miembros de ella que se reconocen como tales- que observa tres corrientes principales de desarrollo. La primera en orden aparencial es el crecimiento de opciones ligadas a la religión, con especial énfasis en las formas más ortodoxas y rigurosas de la misma (aunque presentadas, algunas de ellas, con gran originalidad y atractivo). La segunda es, sobre todo en instituciones organizadas, el desarrollo al parecer imparable de una burocracia capacitada para las cambiantes variables tecnológicas de nuestros días y con escasa formación judaica que, gradualmente, ha ido ocupando los lugares de decisión en cada lugar. La tercera, en fin, aquella que fue ampliamente mayoritaria a lo largo de casi todo el siglo XX argentino- pluralista, bien formada, conocedora del judaísmo moderno y preocupada por transmitirlo a través de la educación y la cultura- y que en la última década, por diversas razones, ha retrocedido en forma alarmante desde las esferas de poder hacia, en el mejor de los casos, un individualismo meramente testimonial, que no encuentra eco en una mayoría que teme hacer pública su opinión.

Entre el despliegue de alguna de ellas -o, con mayor seguridad, de las tres- se juegan los años futuros de la comunidad.

LA VISION EXCLUSIVISTA

Un texto que circula en estas semanas por Internet refiere los padecimientos de una conocida integrante de nuestra colectividad, hija de un matrimonio mixto en el cual la mujer cristiana realizó su conversión y se le entregó la correspondiente ketuvá (certificado de matrimonio judío) en la ceremonia religiosa. Al fallecer la señora y cumplidos todos los trámites -traslado desde la morgue, cajón, velatorio- alguien objetó la falta del papel que garantizara la conversión y hubo que trasladar el cuerpo al cementerio de la Chacarita, lejos de su marido enterrado unos años antes. Este tema, que se repite cada tanto, reabre profundas heridas en la sensible piel de los integrantes de una comunidad donde la cifra de matrimonios mixtos, entre conversos y con hijos de “identidad dudosa”- para esta visión- ya supera el 40 por ciento del total, según cifras confiables.

La visión religiosa ortodoxa del devenir comunitario -que niega la posibilidad de miradas conservadoras o reformistas sobre el mismo asunto- ha mantenido una admirable consecuencia con sus principios. Como, en su cosmovisión, ninguna modificación de los textos sagrados es posible (“ni siquiera una coma”, como dicen sus voceros), la única posibilidad de supervivencia del judaísmo es la búsqueda de una pureza doctrinal a la que deberán convertirse todos aquellos “nacidos judíos” pero que no practican en su vida cotidiana la Halajá. Suelen citar variados ejemplos, en los cuales se observa que apartarse de las rigurosas normas prescriptas por la Ley judía tradicional hace siglos, termina siempre en el desvío asimilatorio, la confusión o la indeseada mezcla con valores de otras religiones e ideologías.

El objetivo de este comportamiento respetuoso no es sólo coyuntural, puesto que, como figura en los textos, “el día que todos los judíos del mundo respeten simultáneamente el shabat – la observancia del sábado-, ese mismo día llegará el Mesías”. Desde este punto de vista, cada judío que viola las reglas está retrasando la venida de la era mesiánica y, por lo tanto, es necesario convencerlo -a veces por las buenas, otras no tanto (como ha sucedido muchas veces en Israel)- de que su obligación es comportarse como un judío observante.

A partir de allí, la caída de las ideologías y la peculiar incertidumbre del mundo que vivimos, según algunos, explica el inusitado “renacimiento” de las últimas dos décadas, en especial alrededor de versiones extremas de la religión que, habitualmente, siempre fueron minorías dentro del pueblo. Así ocurre con las sectas evangelistas en el cristianismo o con grupos ultraortodoxos en el judaísmo que cuentan con importantes recursos económicos y despliegan una admirable labor social y filantrópica entre los sectores necesitados de la comunidad, recuperan la mística de la convicción judía en los lugares más apartados del país y ofrecen contención afectiva y sustento a parejas, solitarios, niños abandonados o personas en crisis, todos aquellos sectores gradualmente abandonados por el judaísmo oficial.

Pero, sin que ello implique un juicio valorativo, parece difícil imaginar una colectividad de 250.000 almas vestida a la usanza de los condes polacos del siglo XIX y rezando masivamente en los templos, varias veces al día. Podemos entonces calificar de exclusivista una visión que pretende, en la pureza de sus objetivos, un imposible real, en esta época de la humanidad.

LA VISION INDIVIDUALISTA

Casi como su opuesto y simétrico, la visión individualista llevó a que cada integrante de la comunidad definiera “a su gusto” el tipo de adhesión al judaísmo que estaba dispuesto a adoptar para sí mismo. Esta dispersión de valores coincide, en el tiempo, con la decadencia que tuvo la influencia de los movimientos ideológicos sionistas en la estructura comunitaria y con el derrumbe de la clase media judía -sobre todo en la “década menemista” 1989-1999- y el surgimiento de una polarización entre pequeños grupos muy adinerados y una extensa categoría de pobreza que llegó a afectar a casi la mitad de la colectividad. Los cambios resultantes en la dirigencia y el acceso a situaciones de poder de ejecutivos bien remunerados, al decir del dirigente argentino-israelí Mordejai Daián , tienen directa relación con la vertiginosidad de los cambios cotidianos en el mundo y la urgencia de contar con profesionales muy bien remunerados y capaces de reaccionar adecuadamente a las nuevas reglas del juego, algo difícil para líderes políticos tradicionales. Así sucedió también en el plano nacional, con un ministro de Economía que se transformó en el verdadero dueño del país.

El pánico financiero desatado en el mundo hacia la primera quincena de agosto de 2007 resulta revelador para entender cómo funciona esta escala de valores ante la situación que hoy atravesamos. No es la primera vez: el “capitalismo de producción” que nació en el siglo XIX ha sido reemplazado hace dos décadas, de manera decidida, por un “capitalismo financiero” cuya regla básica reza: el mercado es sagrado y perfecto y debe dejárselo ganar tanta plata como pueda acumular. Pero cuando, a raíz de sus desaguisados, explota una burbuja artificial como en este caso, será el Estado-bobo el que compense, con dinero de toda la población, las pérdidas del salto al vacío.

Ejemplo singular de este sistema son los hedge funds, fondos de inversión cuyo único objetivo es vender y comprar para obtener diferencias financieras, con exclusión de necesidades vitales o de producción de los países respectivos. Tan solo quince días después de explotar esta última burbuja, los bancos centrales (estatales) del Norte del planeta ya habían destinado 600.000.000.000 (seiscientos mil millones de dólares) para evitar que todo el sistema cayera como un castillo de naipes y provocara un caos mundial. Esto parece tener poco que ver con el futuro de la comunidad organizada, pero revela -a mi entender- la manera de pensar de muchos “ejecutivos” de nuestra época, llamados como salvadores milagrosos cuando las complejidades cotidianas abruman la buena voluntad de dirigentes bien intencionados.

Veamos. La palabra hedge, en la jerga financiera, sirve para definir el proceso de protección contra las pérdidas que suelen generar los mercados. El primer fondo con estas características fue organizado en 1949 por el sociólogo Alfred Winslow Jones, quien conjugó dos estrategias para reducir el riesgo: endeudarse para incrementar posibles utilidades y, al mismo tiempo, pedir prestadas acciones para venderlas de inmediato y recomprarlas cuando el precio bajara, ganando la diferencia. Esta calesita para neutralizar el supuesto devenir de los mercados se adjudica, siempre, a la pericia del administrador a cargo. Funcionó con enormes ganancias durante algunos años, pero en 1998 falló de manera dramática - por la crisis de los bonos rusos- y provocó un estallido, similar a otros posteriores y hasta llegar al actual, producto de una burbuja inmobiliaria ficticia.

No creo pecar de arbitrario si intento comparar la actuación de estos brokers -salvando las notables distancias- con los de muchos “ejecutivos” argentinos. El cambio permanente de las reglas del juego, alianzas impredecibles y la búsqueda de salvación personal por sobre los intereses del conjunto determinan una caracterología humana donde “zafar” individualmente opaca cualquier posible vocación de grupo, partido o colectividad.

El desplome económico del país hacia el año 2001 aceleró notablemente esta “búsqueda de salvadores”. Siguiendo algunos de los apotegmas menemistas que con tanto éxito tiñeron a grandes capas de la sociedad (“yo no leí ningún libro y tan mal no me fue...”), el éxito -sobre todo, el reflejado en los grandes medios- fue el pasaporte inevitable hacia el balance de un accionar político. No importa ya tanto la realidad, sino aquello que la televisión dice sobre esa realidad.

Cáscara vacía de contenido, la figuración y su inmediata repercusión mediática seducen a quienes pueden acceder a ese parnaso. La realización inmediata de grandes eventos (y el centimil que logran en los diarios) es más importante que, por ejemplo, trabajar en silencio para formar durante años una biblioteca judía. “Si no hacés ruido no existís”, como dice el nuevo decálogo: el trabajo para las generaciones futuras que pensaron nuestros abuelos es una antigüedad de quienes “se quedaron en el Wesser...” (es decir, en 1889, año que comienza la llegada organizada de los judíos al país) y no entendieron la evolución del mundo.

Como afirmara el sociólogo judeo-polaco Zygmunt Bauman en su libro “Comunidad”, el poder real queda en manos de los administradores, es decir, de quienes toman las decisiones concretas sobre la marcha. Los otros podrán discutir hasta la saciedad, imaginar estrategias o llenarse el alma con motivos para su gestión pero, finalmente, existe una intermediación burocrática que decidirá cuál actividad resulta más importante en cada momento.

A veces coincidirá con la buenas intenciones, a veces no. Pero se trata de una situación inevitable en estos tiempos. Sin una eficaz administración de recursos y un ojo atento a las pulsiones dominantes que recorren el mundo, la acción comunitaria estará reducida a un gueto inoperante y sectario, hoy en los diarios y mañana olvidada.

El peligro de ignorar el sonido de los tiempos radica en que todos repetirán lecciones aprendidas de un gurú o discos rayados, pero nadie logrará construir un lenguaje propio y adecuado para esta época. A la vez, ni el más experto burócrata sabrá cómo asegurar que, en algún momento, no explote la burbuja, aunque sus costos no serán visibles en lo inmediato. Es decir, no existirán, según la jerga actual.

El ex secretario de una institución central lo definía con estas palabras, hace unos años: “Nuestro mandato dura, de acuerdo a estatutos, tres años. El primero debemos dedicarlo a conocer la multiplicidad de funciones y departamentos y el manejo de innumerables asuntos. El segundo año ya estamos prácticos para tomar decisiones, pero a mitad del tercero estamos ‘de salida’ y se piensa en la siguiente Comisión Directiva. Como la reelección no existe, cada vez se comienza nuevamente desde cero. Desde luego, son los contadores y ejecutivos del personal estable los que deciden temas concretos para garantizar la continuidad institucional. Yo, a veces, me he sentido un adorno, como si estuviera pintado...”

LA VISION COLECTIVA

Asistimos a una gradual desjudaización, en todos los niveles de responsabilidad, de contenidos y de saberes individuales. No hay que aterrarse ni invocar lamentaciones y anatemas contra supuestos quintacolumnistas infiltrados que llevarían a cabo demoníacos procesos de asimilación y “genocidio blanco”, como llegan a exagerar algunos fundamentalistas. Nada de eso. Sólo se trata del paso de las generaciones.

El impulso y los contenidos de la inmigración judía al país fueron decolorándose con el paso del tiempo, algo razonablemente esperable de acuerdo a leyes naturales. No obstante, todos los estudiosos de la historia judeoargentina coinciden en que, desde sus primeros pasos, la nuestra es una comunidad predominantemente secular y pluralista, donde el componente religioso rígidamente observante nunca llegó, en las primeras décadas del siglo XX, a constituir más del 15 ó 20 por ciento del total. No sólo eso: la mayoría de los recién venidos eran obreros, artesanos o profesionales, y portaban una ideología entonces llamada progresista (donde se encolumnaban anarquistas, sionistas, socialistas y luego comunistas) acordes a su pertenencia social clasista. Sólo en los últimos tiempos esto ha variado, con el ascenso económico y el gradual vuelco de algunos sectores a posiciones conservadoras y, a veces, francamente retrógradas.

Conversando con veteranos activistas escolares y comunitarios, es común escuchar la frase: “algo debemos haber hecho mal al transmitir nuestro legado”. A la absolutamente mayoritaria comunidad pluralista le siguieron, en estas décadas, las variantes religiosas y tecnocráticas antes descriptas. La militancia voluntaria ha ido decreciendo, los valores se han subvertido en los mismos lugares en que se originaron -por ejemplo, el final de las en su momento trascendentes cooperativas de crédito- y se asiste, algo descorazonado, al derrumbe de esta concepción tradicional y a la emergencia de otros códigos.

El tema es demasiado amplio como para ser desarrollado aquí, pero vale la pena dejarlo señalado como inevitable punto de reflexión. Quizá fallaron los rituales o fueron insuficientes. Quizá los ejemplos personales no resultaron los adecuados. Quizá no se supieron transmitir con eficiencia valores judíos culturales y ecuménicos, alejados del dogma. Quizá muchos no pudieron comprender los cambios que se sucedieron en el mundo y la necesidad de reemplazar la idea de “revolución” (drástica modificación del sistema de gobierno, la comunidad o el planeta) por el de “lucha zonal”, para imponer ideas humanistas y seculares en los distintos marcos de acción, antes que en la perspectiva general.

El hecho concreto es que esta comunidad judía está cambiando, con una velocidad que hace trizas todos los planes previos. Y hay que tratar de entenderla.

LA ETICA GRIEGA Y LA JUDIA

La división de caminos entre una visión judía exclusivista del propio grupo, que deja afuera a la mayoría; una visión individual al estilo griego, que pretende salvar a los seres humanos uno a uno y un intento de combinar ambos extremos para preservar las “facetas del diamante judío” tiene su correlato, si uno permite ciertas licencias del pensamiento, con una postura ética, aquella que tendió a diferenciar las cosmovisiones helénica y judía en la antigüedad.

Como analiza una especialista en orientalismo, la doctora Lea Sestieri, el judío tiende por sí mismo a formar una colectividad de justos que luchan contra el pecado; esta colectividad es la que constituye el pueblo de Israel. En cambio el griego, cuando piensa en su ética, es sólo para sí mismo y su lucha es individual: los individuos forman una población sólo frente al Estado y su comportamiento como pueblo tiene que ser justo nada más que en lo que se refiere al Estado mismo. “De ahí resulta -deduce Sestieri- que de la ética judía puede salir un pueblo de santos, el goy kadosh de la Biblia. Mientras que de la ética griega, sólo y como máximo, puede salir un pueblo obediente a las leyes políticas, y por lo tanto humanas”.

A pesar de estas diferencias en el pensamiento ético y de los dos distintos modos de ser de la humanidad -griego y judío-, la autora concluye que nada tiene uno que pueda chocar con el otro. Más precisamente, se complementan para formar las bases de la civilización de los últimos siglos: “el judaísmo dio al mundo el culto de todo lo santo y lo justo; el helenismo, en cambio, le dio el culto de la razón y de lo bello. De estos dos cultos ha salido la civilización del mundo”.

Quizá debamos coincidir con el historiador judío Heinrich Graetz: “El helenismo y el judaísmo han creado una atmósfera ideal, sin la cual es imposible la existencia de un pueblo civilizado”. Quizá sea posible, todavía, intentar una síntesis entre diversos caminos que se abren frente a la comunidad en esta época. De lo contrario, debemos prepararnos para tener “dos o tres judaísmos”, centrados uno en el ritual, otro en el éxito mediático y uno más en la perseverancia humanista que caracterizó a nuestras primeras décadas de existencia en el país. Hoy ya es imaginable la existencia de, por lo menos, dos kehilot u organizaciones comunitarias centrales.

La primera rígidamente confesional, con la religión y la Torá como eje de su accionar y exclusiones absolutas para quienes no cumplan las preceptivas halájicas de definición judía: matrilinealidad sanguínea o conversión ortodoxa aceptada por esa rama religiosa. Acá no habrá discusiones sobre cómo enterrar a parejas “no puras” de judíos reconocidos y la teocracia resultante aglutinará, sin duda, a los seguidores de ese pensamiento.

La segunda kehilá concentrará al grueso de la comunidad no observante o, por lo menos, pluralista, liberada de presiones “principistas” y que centrará su accionar en la continuidad de la comunidad judía realmente existente, no de la ideal. Buen ejemplo de esta forma de pensar son las colectividades del interior del país: en reciente visita a las colonias de Entre Ríos (actividad que recomiendo con entusiasmo), el presidente de la comunidad de una de esas localidades, hombre de la generación intermedia, debe conducir un grupo inferior al centenar de personas (sobre un total de 5.000 habitantes) y, para conservar la llama de la tradición, explicó una sensata manera de participación: “algunos vienen por ideales, otros por convicción, están los que desean un grupo de pertenencia, los matrimonios mixtos que traen a sus hijos, los que practican consecuentemente la religión y aquellos a los que sólo les atrae una gastronomía judía que despierta amables recuerdos en sus paladares. Nosotros los recibimos a todos. Cada uno aporta lo que puede y recibe lo que necesita. Y, así, nuestra comunidad subsiste, la escuela tiene sus alumnos y la transmisión puede continuar...”

La acción de los propios judíos no determinará todo el futuro, pues el entorno es cada vez más determinante. Pero sí podrá ayudar a perfilar algunos de sus rasgos.

[1] Reportaje a Mordejai Daián sobre las dirigencias comunitarias, en “Mundo Israelita”, 5 noviembre 2004.

[1] He tratado reiteradamente estas problemáticas, en artículos aparecidos en “Mundo Israelita” en los últimos años. Un desarrollo más sistemático y profundo de la cuestión puede encontrarse en un libro de próxima aparición: Ricardo Feierstein: “Vida cotidiana de los judíos argentinos. Del gueto al country”. Editorial Sudamericana, noviembre 2007.

[1] Las reflexiones del filósofo francés Michel Foucault, sobre todo en “Microfísica del poder”, se refieren puntualmente a este inevitable cambio de escala y perspectiva ideológica.

[1] Lea Sestieri: “El pensamiento religioso judío y el pensamiento filosófico griego”. En revista “Judaica”, número del 10º. Aniversario, 1943, págs. 178-183.

[1] En realidad, no muchos saben que esta condición no figura explícitamente en la Torá, sino que fue agregada siglos después. La descendencia bíblica es patrilineal -como observa quien lee los textos primigenios- y se cambió a matrilineal por interpretaciones rabínicas posteriores.

 

 

 
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