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Rabin: un hombre de valer, un hombre de valor Imprimir E-Mail
jueves, 09 de diciembre de 2010
Por Hilel Resnizky

Israel es un Estado difícil. Por suerte o por necesidad- han estado a su frente hombres de valer. Hay países que se podrían permitir el lujo de elegir gobernantes por sorteo. Suiza, por ejemplo. Si alguien le propone a usted encabezar el Gobierno de Israel, la respuesta más adecuada es una trompada. Nunca. ¡Vade retro, Satán!


Que otro se mida con la realidad compleja de un Estado viejo y adolescente, ingenuo y sofisticado, incrédulo y creyente.

Y sin embargo en cada elección se postulan candidatos que parecen desconocer los riesgos del oficio. Aventuro una explicación.

Pocos pueden resistirse a la tentación de estar al frente de un milagro constante: el Estado de Israel. Puesto que requiere, como se dijo, hombres de valer, pero también hombres de valor. Lo que nos conmina a definir ese valor, el necesario a los gobernantes de un país moderno en una era mesiánica.

No es desde ya el valor físico -que también se exige-, coronados de gloria vivamos o juremos con gloria morir. En la realidad demográfica del Medio Oriente los israelíes -como lo descubrimos en la conscripción, estamos menos interesados en morir por la patria y preferimos la muerte del enemigo por la suya.

El valor a que me refiero es el que induce al líder a elegir una opción tal vez impopular, con menos “rating”, que asegura los intereses reales del país y del pueblo judío. El Plan de Partición de la ONU excluía a Jerusalén del Estado Judío e incluía la Galilea Occidental en el Estado Arabe. Ben Gurión aceptó el Plan de Partición y proclamó el Estado pese a las advertencias de Estados Unidos.

El mismo Ben Gurión decidió hundir la nave Altalena (seudónimo de Jabotinsky) que traía armas a los disidentes del Irgún Tzvai Leumí). Menajem Beguin, el líder del Irgún, no optó por la guerra civil, posible pero suicida.

Beguin era un líder “derechista”, cuando Anwar Sadat propuso la paz completa a cambio de la devolución completa de los territorios. Beguin aceptó, con la oposición de parte de su fracción. Era un hombre de valor.

En un programa televisivo del Canal 2 conmemorando el asesinato de Rabin (de acuerdo al tono de los participantes “celebrando”) no se mencionó, de acuerdo a mi memoria, el hecho de que haya sido el jefe del Estado Mayor en la Guerra de los Seis Días. Claro, porque los periodistas le atribuyeron la victoria al entonces ministro de Defensa Moshé Dayán, el mismo al que perdonaron su derrotismo en la Guerra de Iom Kipur, para poder acusar con facilidad a David Elazar. Pero, qué le vamos a hacer, la victoria del '67 es la que permitió los Acuerdos de Oslo.

Los territorios son también “moreshet Rabin” (legado de Rabin).

Soy judío y creo que la maldición “Ymaj Shmo Vezijro” (Que se borre su nombre y su memoria) es la adecuada para el asesino, a quien no pienso nombrar. El asesinato fue premeditado, alevoso y motivado. El asesino desechó, con razón, la posibilidad de matar a Peres. Sólo el asesinato de Rabin podría eliminar las perspectivas de paz. Los que miraron desde los balcones de Jerusalén a la muchedumbre enardecida no vieron los carteles, ni los ojos asesinos ni escucharon el vociferar de la plebe. Tenían ojos antisépticos y oídos alucinados. El único que interpretó bien los gritos y el silencio complaciente fue el asesino, brazo ejecutor de rabinos ebrios. Para quien tiene alguna noción de jurisprudencia el asesinato fue un ejemplo de “Lesa Majestad”, de atentado contra el Gobierno legal. No era un caso de disidencia política. Era un intento claro de resolver la historia del país con el asesinato. Debemos decirlo sin subterfugios. El asesino obtuvo su propósito y cambió el curso de la historia israelí. En las elecciones posteriores al asesinato, Netanyahu, el del balcón, le ganó por algunas decenas de miles a Peres, el candidato, seguro a la derrota, del Laborismo. Debemos hacer justicia al nazi islamismo y recordar que a pocos días de las elecciones hubo un atentado, sin precedentes, en Jericó.

En toda policial se pregunta “Cui Bono” (quién se beneficia). La derecha israelí tiene una deuda (¿de honor?) con el asesino.

Vale la pena recordar los Acuerdos de Oslo, negociados en secreto. Había sólo un acuerdo básico: la legitimidad de Israel como Estado judío y la legitimidad de la OLP como dirección palestina. El objetivo era “Dos Estados para dos pueblos”. Fue la elección de Rabin, ante las alterativas de un Estado binacional (propuesta de Hashomer Hatzair en l947) o un Estado judío con apartheid para los árabes. No hay otras soluciones. Hacen falta hombres de valer y hombres de valor, como Itzjak Rabin.
 
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