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Algunas reflexiones sobre el valor cohesivo de las leyes alimentarias judaicas (kashrut). Imprimir E-Mail
jueves, 09 de diciembre de 2010
Por Moshé Korin.

Hay preguntas nodales sobre nuestra identidad que han sido formuladas tanto por judíos como por no-judíos a lo largo de centurias y hasta milenios. ¿Qué somos en definitiva los judíos? ¿Una etnia, una religión, una nación? ¿Cómo es que un grupo disperso por tantos disímiles lugares y tiempos, aparentemente atomizado cuya cohesión e identidad parecieran estar permanentemente en disolución, resulta manifestar una indudable potencia identitaria a través de las circunstancias y las diferencias?


El judaísmo emergió en sus orígenes históricos bajo la forma tribal, con una religión tribal y progresivamente se desarrolló hasta constituir una nación. Evolucionó hasta convertirse en una comunidad, una confraternidad religiosa, exclusiva, cohesionada, con una gran conciencia de sí misma y con las características de una civilización autónoma.

Remontándonos en el tiempo, señalemos que de todos los pueblos y tribus conquistados por Alejandro Magno y por los romanos, los judíos hemos sido el único que evitó ser absorbido por las civilizaciones helénica y romana, preservando así la propia identidad.

Aquello que aseguró la supervivencia judía por aquel entonces fue el poder incorporar en una considerable medida, influencias helenistas, sin dejar de ser una nación que diferenciándose de las demás, se reservaba un particular e insustituible papel para los suyos.

Aquello que aseguró que los judíos resistiesen la asimilación, fue asimilar de otros pueblos entre los cuales vivían sin asimilarse; fue el saber omnipresente de haber conquistado hace mucho tiempo atrás, sólo ellos entre todas las naciones, una enorme verdad: la trascendencia absoluta de Dios. Un Dios que nada tenía en común con las deidades de Grecia y Roma -politeísmos basados en superhombres que formaban parte de la naturaleza.

Otro rasgo de suma importancia para nuestra cohesión y supervivencia fue el hecho de que la relación no fue para unos pocos iniciados, sabios o santos, sino que el acto divino abarcó a todo el pueblo judío, “el pueblo de Dios”, “la nación sagrada”.

La práctica religiosa fue destinada a abarcar y santificar toda la vida, sin ninguna distinción entre la esfera divina y la humana, la fe y la ciencia, la teoría y la práctica, los preceptos religiosos y la moral individual y social. La religión judía pervivió al ser practicada como un modo de vivir.

Una de las observancias que nos ha brindado unificación y continuidad ha sido nuestra ley de alimentación -o conjunto de leyes dietéticas-. Las leyes dietéticas primarias se hallan en el Libro Levítico donde se menciona un listado de animales Kasher y no Kasher. La razón allí no es explicitada. La Biblia tan sólo establece que deben ser obedecidas porque:

“Yo soy el Señor que os hago subir de la tierra de Egipto para ser vuestro Dios. Vosotros por tanto os santificaréis y seréis santos, porque Yo soy santo.” (Levítico 11:45)


La Santidad

Santidad es pues la única razón dada. Santidad en hebreo es “kedushá”, derivada de la palabra “kadosh” que también significa separado, en el sentido de lo que es sagrado, es algo aparte, algo puesto a un costado, es decir, para ser un pueblo sagrado, Israel debió apartarse, separarse de sus vecinos idólatras - ; renovando cada vez nuestro pacto con la divinidad y a la vez haciéndonos más éticos al circunscribir nuestros valores.

Los intérpretes talmudistas entendieron a la perfección este mensaje y fueron circunscribiendo, limitando las prácticas que atentaban contra el respeto por la vida. Así por ejemplo, si en determinado momento se practicaba la ofrenda sacrificial del primogénito, ésta fue luego prohibida.

Del mismo modo, si bien no fue posible prohibir toda ingesta de animales e instaurar el ideal vegetariano, sí se limitó su ingesta estableciendo prohibiciones que delimitan nuestra ética para con los animales en tanto criaturas vivientes.

Recordemos que Rabí Iehuda dijo:

“- Al primer hombre no le fue permitido comer carne, puesto que en la Torá está escrito que el Eterno dio hierba y frutos para el hombre y todos los seres vivos (Génesis 1,29). Recién luego del diluvio le fue permitida a la humanidad comer carne. ” (Tratado Sanhedrin, 59)”

No es casual entonces, que todo animal Kasher sea herbívoro.


Kashrut: la santificación del comer y

la enseñanza de reverenciar la vida

“ Y cuando el Señor, tu Dios, ensanchare tu territorio, como El ha dicho y tú dijeres. ´Comeré carne´, porque deseaste comerla, conforme a lo que deseaste podrás comer. Si estuviere lejos de ti el lugar que el Señor, tu Dios escogiere para poner allí Su nombre, podrás matar de tus vacas y de tus ovejas que Dios te hubiese dado, como te he mandado Yo. Y comerás en tus puertas según lo deseares...Solamente que te mantengas firme en no comer sangre; porque la sangre es la vida y no comerás la vida juntamente con su carne. No comerás; en tierra la derramarás como agua. No comerás de ella, para que te vaya bien a ti y a tus hijos después de ti, cuando hicieres lo recto ante los ojos del Señor.” (Deuteronomio, 12:20-21, 23-24)

Si se recuerda que sólo a partir del diluvio aparece en la Biblia el hombre como carnívoro y que de hecho a Adán en tanto ideal de pureza del hombre, le es indicado alimentarse sólo de frutas y verduras, resulta manifiesto que el comer carne es una concesión divina en forma de pacto. Conforme a las debilidades y necesidades humanas se concede la ingesta de carne, pero con la sagrada restricción de reverenciar la vida que se quita.

La kashrut es ese proceso mismo de santificación, en el cual podemos circunscribir dos pilares fundamentales: la Shejitá, el método de matanza de los animales según el ritual judío, por un lado y por otro, el cómo comemos.

El ideal judío que establece las leyes de la Kashrut es esencialmente no matar para comer, no depredar; por ello el número de especies destinadas a la alimentación es limitado e identificado por determinadas características: un animal terrestre debe ser rumiante y de pezuñas partidas, un pez debe tener aletas y escamas y un ave no debe ser de presa.

Tal es también el sentido del señalamiento de la Torá que indica: “no cocinarás el cabrito en la leche de su madre”. Llevar a cabo esta acción prohibida implicaría la desaparición de dos generaciones a la vez, lo cual es equivalente al moderno término depredación.


La Shejitá Talmúdica

La Shejitá talmúdica, halla sus raíces bíblicas en el fragmento arriba citado: “Podrás matar de tus vacas y de tus ovejas que Dios te hubiere dado, como te he mandado Yo.” En otras palabras, no es posible eliminar los deseos y necesidades humanas, pero es deber limitarlas y sacralizarlas.

Las leyes que rigen nuestra Shejitá, son las más antiguas y humanas respecto de la matanza de los animales, a ello debe sumarse que actualmente siguen siendo las más respetuosas de los animales.

Ellas se encuentran en las antípodas de la cultura dominante presente en la cual la vida no sólo del animal, sino también humana, es equiparada a una mercancía. Y si nosotros los judíos, que hemos sido objeto de innumerables padecimientos infligidos por este abominable y cruel trato para con lo vivo, no somos capaces de ser portavoces de lo sagrado de todo tipo de vida, ¿quién lo será?

Retomando puntualmente la reglamentación de la Shejitá, señalemos que el rito indica que el tipo de cuchillo (“jalaf, jalef”) utilizado requiere ser examinado antes y luego de la matanza para asegurarse que su filo es perfectamente liso y que no ha desgarrado la carne del animal.

Por otra parte, el modo del corte lleva al animal inmediatamente a un estado físico de insensibilidad al dolor. Toda acción que conlleve tortura o dolor al animal está expresamente prohibida. Así como conservar su sangre, símbolo de la vida que circulaba en él.

El Shojet (matarife que cumple con el ritual judío), es quien encarna con su erudición y devoción religiosa -a través de la minuciosa secuencia acompañada por la veneración religiosa del acto- el respeto por la criatura divina que perece.

En cuanto al cómo comer, el Talmud señala que la mesa en la cual comemos es como el altar del Templo. Por ello, el proceso mismo de comer se transforma en una cotidiana ceremonia religiosa, no desligada ni diferenciada de aquella que ejecutamos en el espacio sagrado del Templo. La vida toda es sagrada y también nuestra mesa, al momento de comer.

“Dijo Rabí Bunem: -Dicen nuestros sabios: ´Busca la paz en tu propio sitio´. La paz no puede ser hallada en sitio alguno, fuera de uno mismo.” (Martín Buber).


Podríamos decir entonces que el ideal judío que proponen las leyes de la Kashrut, es no permitir que se mate cualquier animal que el hombre desee comer.

Dijo Maimónides en su célebre “Guía de los perplejos” respecto de las leyes alimentarias:

“Nos enseñan a dominar nuestros apetitos, a acostumbrarnos a reprimir nuestros deseos y a evitar considerar el placer de comer y de beber como el objetivo de la existencia humana.”

Los valores éticos

Las leyes de la Kashrut, vituperiadas a veces, malinterpretadas otras, poseen en su seno añejos valores éticos de nuestro judaísmo. A través de la reproducción cotidiana de estos valores, revitalizamos diariamente el pacto con nuestro Dios y nos separamos de la mundana indiferencia e irresponsabilidad.

De esta manera realizamos nuestra santidad, perpetuamos nuestros valores y nos diferenciamos de quiénes no provienen de las mismas milenarias raíces. Nos separamos porque nos cohesionamos con nosotros mismos, con nuestras costumbres, tradiciones y con los nuestros. Y esta actitud, de ninguna manera significa no conocer, no estudiar, no convivir con otras naciones y civilizaciones (asimilar sin asimilarnos).

En uno de los cuentos jasídicos seleccionados por Martín Buber, éste nos enseñaba con la bella síntesis que caracterizaba su pluma:

“-¿Dónde mora el Señor? - preguntó el Rabí de Kotzk a otros eruditos que se hospedaban en su casa. Estos no disimularon su sorpresa.

-¿Qué dice Su Señoría?, si todo el Universo está lleno de Él.

Pero el Rabí dio él mismo la respuesta a su pregunta:

-El Señor tiene su morada allí donde lo dejan entrar.”
 
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