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Unas palabras para indiferentes - Meditación en el mes de Elul Imprimir E-Mail
domingo, 17 de octubre de 2010
Por Manuel Tenenbaum

El eminente talmudista Rabí Adín Steinsaltz, llamado a inaugurar una asamblea mundial de dirigentes judíos, sorprendió a la audiencia con una pregunta simple y directa: “¿Vuestros nietos serán judíos?”. “En caso contrario –afirmó- vuestras deliberaciones carecen de sentido”. En términos similares se dirigió a los líderes diaspóricos el Presidente Shimón Peres, quien lamentó la pérdida de identidad de vastos sectores de población judía en diversos países.


Aunque es un hecho comprobado el crecimiento de la franja religiosa en el seno de las comunidades judías y la fuerte atracción que ejerce sobre integrantes de las generaciones más jóvenes por el compromiso integral que demanda, al mismo tiempo el fenómeno que se denomina “asimilación” avanza también en número significativo. Esta realidad tiende a generar en ámbitos comunitarios una perspectiva pesimista sobre el futuro, reforzada de tiempo en tiempo por estudios estadísticos y sociales que hablan de la “desaparición” de judíos.

En rigor no es la primera vez que en la larga historia del pueblo judío se presenta una coyuntura similar. En la Antigüedad hubo un tiempo en que pareció que el helenismo iba a “devorar” al judaísmo, pero la reacción macabea restauró la fe. En la época Contemporánea, según el precursor de la sociología judía Arthur Ruppin, en Europa occidental y central el “abandono” se difundió y unos cien mil judíos llegaron incluso a convertirse al cristianismo. Tuvieron el triste privilegio de ser particularmente escarnecidos por los antisemitas modernos. Y muchos “retornaron” identificados por el odio ajeno. Otros por un sobresalto de lucidez y dignidad judía. Entre los grandes pensadores hay ejemplos notables. Franz Rosenzweig, filósofo alemán destacado, pertenecía a una familia de asimilados y conversos. Había decidido convertirse él también al protestantismo cuando casualmente pasó por una pequeña sinagoga y escuchó el canturreo de las plegarias. El sonido de las oraciones lo “devolvió” de pronto al judaísmo y escribió su celebre opus “La Estrella de la Redención”, pero como judío. Era el año 1913 y la deserción del judaísmo crecía. Henri Bergson fue quizás el filósofo más conocido y reputado en Francia en la primera mitad del siglo XX. Judío de nacimiento, su filosofar lo había llevado al borde de la conversión al catolicismo en 1939. La ocupación nazi y el establecimiento del régimen colaboracionista de Vichy al año siguiente, sometieron a la comunidad judía a una persecución infame. Cada judío debía para comenzar registrarse como tal con el efecto de sufrir la pérdida de derechos fundamentales. A Bergson las autoridades francesas quisieron exonerarlo del vejamen, pero el filósofo renunció a la idea de convertirse y orgullosamente, a la vista de todos, se puso en la fila para registrarse como judío. Murió en 1941.

Ocurre con el judío de nuestra época, en la Diáspora, que su posición existencial lo coloca en una disyuntiva de hierro: ser judío por atribución ajena, hostil o benigna, o ser uno mismo, heredero legítimo y beneficiario espiritual del Pacto de Sinaí (Deuteronomio XXIX, 13 y 14).

Tarde o temprano el judío tiene que elegir, sea en su generación o en la de sus descendientes. La fe judía, la legislación revelada que la expresa, sus valores de significación universal, constituyen la riqueza a la que cada judío tiene derecho. Exponerla es el mensaje que debe enviarse a los aparentemente indiferentes que lo desconocen.

En los tenebrosos tiempos de la Segunda Guerra Mundial, el Rabino Isaac S. Algazi escribió un hermoso libro titulado “El judaísmo, religión de amor”. Explica la esencia del judaísmo a través de su prédica de un triple amor: “el amor a D’s, el amor al prójimo y el amor al extranjero”. Con las leyes y ordenanzas que trajo Moisés se inaugura el tiempo de la ética, de la legalidad y del humanismo, el tiempo de la civilización en una palabra.

Grandes ideas caracterizan a la cosmovisión judía: la idea de libertad, la idea de responsabilidad y la idea de justicia. El propio Israel se constituye en pueblo a través de la epopeya de su liberación del Faraón. En cada generación se exalta el valor de la libertad, porque “esclavos fuisteis en Egipto”. Es una gran celebración, año tras año (Pésaj). Israel literalmente “inventó” este principio básico para la dignidad de la vida humana. Pero no sólo el pueblo colectivamente ha de ser libre; la tradición judía es librearbitrista: el Altísimo advierte “Mira que pongo delante de ti hoy la vida y el bien, la muerte y el mal” (Deuteronomio XXX, 15). La bondad divina muestra el buen sendero. Sin embargo, el hombre es soberano, es él que opta, convirtiéndose por primera vez en sujeto de un diálogo trascendente. A la libertad individual corresponde como correlato necesario la responsabilidad de cada uno por actos propios y el juicio emergente de la conciencia personal, de la sociedad y ante el Juez Supremo, bondadoso y severo al mismo tiempo, en su ecuanimidad.

En la milenaria historia de la humanidad los Diez Mandamientos representan la aurora augural del derecho y de la moral. Si el mundo aceptara su imperio, no harían falta las convenciones contemporáneas sobre derechos humanos. En este sentido puede afirmarse que los principios que dimanan de la fe y la ley del judaísmo son asombrosamente avanzados. La Torá alumbra con su luz celestial la experiencia única de esta grey humana que atravesó todos los tiempos y todas las geografías, brindando grandes dones al mundo entero, a pesar de haber sido tan mal reconocida. Porque si de “modernidad” se trata, en la Torá encontramos ya en épocas pretéritas la denuncia y admonición de los profetas contra los reyes y poderosos por violar la ley y oprimir a los débiles; el mandato de proteger especialmente a viudas, huérfanos y extranjeros; institutos con una fuerte impronta social como la Shemita (año sabático) y el Iovel (jubileo) o la madre de todos los preceptos: “Todos serán iguales ante la ley y ante D’s porque a imagen de D’s está hecho el hombre” (Génesis IX, 5 y 6).

El Siglo XX que se prolonga en la primera década del actual ha sido catalogado como el siglo más atroz y sanguinario de la historia. Las ideologías yacen hechas polvo por la realidad, aunque a un precio inconmensurable de sufrimiento humano. Las “utopías son asesinas” ha dicho el académico israelí Yehuda Bauer, porque en su nombre se mata masivamente, desaparece el valor de la vida humana.

En este contexto ¿no es un escándalo que en las comunidades judías, por desconocimiento o indiferencia, existan en número no insignificante los que no ejercen su derecho a asumir y disfrutar la herencia judía? ¿Creen que disociarse de sus raíces los favorecerá en la sociedad general?

Sin embargo, e incluso contra toda esperanza, los esperamos –tarde o temprano- de vuelta. Ojalá que sea por un despertar positivo y no por la hostilidad externa.
 
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