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Altas Fiestas Judías: tiempo para repensar el tiempo. Imprimir E-Mail
domingo, 17 de octubre de 2010
Por Mario Eduardo Cohen*

Es habitual que todo caminante, luego de haber avanzado un largo trecho, realice una parada, un alto en su camino. El peregrino suele tomar asiento y reposar para recordar la senda recorrida y lo que le falta por recorrer.


Decía el recordado poeta uruguayo Mario Benedetti sobre la necesidad que tenemos de hacer una alto en la vida cotidiana: De vez en cuando hay que hacer /Una pausa / Contemplarse a si mismo/ Sin la fruición cotidiana /Examinar el pasado Rubro por rubro / Etapa por etapa /Baldosa por baldosa /Y no llorarse las mentiras / Sino cantarse las verdades.

Esta pausa que realiza el caminante tiene su paralelismo en lo espiritual en las Altas Fiestas Judías (Año Nuevo y Día del Perdón). Ellas son una oportunidad para repensar la vida desde la ética. Le permiten al hombre revisar sus actos en relación con los demás seres humanos con la voluntad de crecer y mejorar. Es que el futuro se arma necesariamente con la elaboración del pasado. Este año el año nuevo comienza en el anochecer del 8 de septiembre (por dos días) y el Día del Perdón será el sábado 18 de septiembre.

¿Cuál es el significado profundo de estas antiguas festividades? . Las Altas Fiestas Judías tienen un carácter profundamente universal porque convocan al sentido moral de la existencia humana, mientras que en su aspecto formal se manifiestan como una expresión particular del pueblo judío. Son conmemoraciones cuyo origen se remonta a un pasado muy lejano (unos 3.000 años) a la vez que en el plano espiritual nos proyectan hacia un futuro más ético, transmitiéndonos su milenario mensaje ya que su lenguaje es el de todos los tiempos. Se trata de celebraciones que ubican al creyente en armonía con el Creador y con sus semejantes, y para el no creyente son una oportunidad para repensar el sentido de la vida. Enriquecemos la calidad de la vida si asumimos con responsabilidad las acciones realizadas.

La palabra “Día del Perdón” puede llevarnos a un equívoco al pensar que se trata de un solo día autorreflexión. ¿Puede una persona, de la noche a la mañana en un solo día al año, perdonar a sus semejantes, pedir disculpas a los que ha agraviado, arrepentirse, pedir misericordia al Creador y rectificar conductas futuras? .El Día del Perdón no es un día aislado sino que se inscribe en un marco mayor de cuarenta días previos de reflexión. Con el inicio del mes hebreo anterior a las Altas Fiestas, comienza el período dedicado a la preparación interior y la introspección. Este mes previo más los diez días que van entre el inicio del Año Nuevo y la finalización del Día del Perdón (Iom Kipur), suman 40 días. Se preguntará el lector: ¿Por qué 40 días de contrición?. La tradición asoció este período con la estadía de Moisés en Monte Sinaí. En el último día (que luego se llamaría “Día del Perdón”), el Legislador bajó de la montaña con el “perdón Divino” por la adoración del becerro de oro y las (segundas) Tablas. Según el texto bíblico (Éxodo XXXIV: 28 ) “Y (Moisés) estuvo allí con el Señor cuarenta días y cuarenta noches, sin comer pan ni beber agua”. Este era el espíritu de contrición del gran Legislador, el mismo que evocamos los judíos en estos días.

Este es uno de los orígenes del ayuno del Iom Kipur. ¿Por qué ayunar?

El ayuno - han dicho últimamente algunos rabinos- facilita comprender en carne propia lo que significa el hambre para el ser humano aunque fuera un sólo día, hoy que la padece en diversos grados casi la mitad de la población mundial. Esa condición de falta de alimentos llama a comprender y ayudar a reducir la situación de carencia de otros seres humanos. La palabra utilizada en hebreo para decir dádiva, caridad es Zedaká que literalmente significa justicia, dado que ayudar al que lo necesita es también hacer justicia.

Las Altas Fiestas representan la época ideal para la realización de un balance del mayor capital que tiene cada ser humano: la vida. Cada minuto que vivimos es único e irrepetible, el tiempo es la materia más escasa y más vital. Es un buen momento para volver a reflexionar sobre el sentido de la existencia, un tiempo para repensar “el tiempo”. “¿Cabría preguntarse cuál es en el mundo de hoy el sentido del tiempo?” se cuestionaba, hace algunos años, el rabino Abraham I. Heschel (en el libro El Shabat y el Hombre Moderno), y se contestaba: “La civilización técnica es la conquista del espacio por el hombre. Es un triunfo frecuentemente logrado mediante el sacrificio de uno de los ingredientes esenciales de la existencia: el tiempo... Pero ‘tener más’ no significa ‘ser más’. El poder que alcanzamos en el mundo del espacio se detiene bruscamente ante los límites del tiempo. Mas el tiempo es el corazón de la existencia... “. Parafraseando a Heschel se podría decir que durante las Altas Fiestas: “somos llamados a participar en lo que hay de eterno en el tiempo y pasar de los resultados de la Creación al misterio de la Creación, del mundo de la Creación a la Creación del mundo... “.

Hace unos años el rabino Joseph Soloveichik sorprendió a sus alumnos cuando dijo que el hombre puede cambiar su pasado y agregó, “el hombre es el único ser en la creación que tiene la capacidad de rectificar el pasado”. Luego explicó sus palabras diciendo que la visión que tenemos sobre el pasado es absolutamente subjetiva y que cambia en la medida que cambiamos nuestra visión del presente. La rectificación de nuestra conducta presente cambia nuestra perspectiva del pasado.

En nuestra lengua la expresión “ser humano” está formada por dos voces, se trata de un solo concepto que contiene en su composición el verbo “ser”, lo que indica que esta acción se puede alcanzar o se puede perder. La semántica coincide en este caso con la filosofía basal de las Altas Fiestas hebreas, al transmitirnos la idea de que la condición humana no nos es dada, sino que se trata de un ideal a alcanzar en cada día de nuestra vida y sólo a partir de considerar al prójimo como la persona que nos da una razón de ser a nuestra existencia. En las palabras del filosofo judío Emmanuel Levinas: “Yo no soy el otro, pero no puedo ser sin el otro”. La pausa que imponen estas festividades nos sugieren pensar en el tiempo de nuestra existencia en relación con nuestros prójimos.


(*) Es presidente del Centro de Investigación y Difusión de la Cultura Sefardí (CIDICSEF), su último libro es “América Colonial Judía” (en reedición).
 
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