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Daguerrotipo de un judío de las colonias Imprimir E-Mail
miércoles, 05 de septiembre de 2007
El cura Froike
Por Máximo G. Yagupsky
 
Primera parte

El pasado cobra, a veces, en nuestra memoria, el semblante de un ayer cercano. Se parece a un navío que quedó varado en un banco de arena, en medio del río y, súbitamente, impelido por un brusco oleaje se libera de sus asimientos y vuelve a alzar velas. Por lo general, un episodio vivido con intensidad en lo pretérito retorna a la memoria con cierta estilización y lo evocamos las más de las veces con un tanto de romántica nostalgia. Pero..., en el fondo quizás haya sucedido con tal aliento, originalmente, y sólo ahora nos percatamos de ello. ¿Quién sabe!
Los sucesos transcurridos en el ayer que reflotan en nuestra mente con un dejo emocional y un resplandor de añoranza, son, por lo común, aquellos que han gravitado en nuestra personalidad individual y en el estilo de vida colectivo de una sociedad sobre la cual el actor ejerció su influjo. Ortega y Gasset afirma que “no entedemos lo que pasa hoy si no nos cuentan el cuento de lo que ayer y anteayer pasó, porque ello es clave y causal de lo presente”. Y si echamos una mirada introspectiva para verificar la manera en que el tiempo se comporta con nuestra memoria, comprobaremos que ésta no sigue su curso en línea recta, que pasado y futuro constituyen una armonización de dos movimientos, uno hacia adelante, alejándose de nosotros y otro espiralándose de manera que vuelva hacia atrás, hacia nosotros, después de pasar por un cedazo de purificación. El pasado no pasa jamás del todo, sino que retorna y recomienza, cierto es que con significación remozada. Olvidar el pasado personal es perder lo que tipifica la identidad del individuo. Sin ella uno cae en el anonimato de sí mismo. Para Borges esto equivale a la idiotez

Pues bien, lo que aquí se narra no es sino un escorzo de vivencias personales de mi infancia, adolescencia y temprana mocedad experimentadas en las colonias agrícolas judías de mi provincia, la de Entre Ríos. No me anima una intención biográfica ni ningún género de especulaciones sociológicas sino apenas descriptivas de los rasgos sicosociales de un personaje –que en este caso es mi padre-  que tipificó aquella generación de judíos inmigrados al país argentino, con el fin de arraigarse al suelo e iniciar una vida nueva, fructífera, sin zozobras, y continuar siendo judíos, integrados a un medio social en libertad. Va de suyo que la figura de mi padre es traída aquí a cuento, porque es una de las figuras má próximas a mí, y por ende, la que más y mejor recuerdo.

      Toda biografía es autobiografía, dice Carlyle en su Sartur Resartur. Afortunadamente no pretendo esto. Llamábase mi padre de varias maneras: su nombre genuido era Efraim. Adviértase que digo Efraim, con m al final, puesto que le pusieron el nombre en hebreo y al llegar a la Argentina no se lo tradujo, sino que el oficial público se limitó a transcribirlo. Pero a más del nombre auténtico se le llamaba de diversas otras maneras, todas con un dejo afectuoso: Reb. Efraim, Froike, Afroike, Froikele, Cura, Curita, apodos estos que requieren explicación. Efraim es, originariamente, el nombre bíblico asignado por José, hijo del patriarca Jacob, a su segundo génito. En la lengua idish, y como se la hablaba en el pueblecillo de Rumania, lugar de nacimiento de mi padre, al nombre hebreo Efraim se lo pronunciaba Efroim y en diminutivo decíase Froike o Afroike, que en ambos casos es la forma cariñosa de denominar a los Efraim. Por su parte, los gauchos entrerrianos que estimaban a mi padre lo denominaron Cura Ehroike o simplemente Curita. Este último apodo quedará explicado más adelante.

      Mi padre, como se echa de ver, pertenece a la primera etapa de inmigración judía a la Argentina, llegada al país bajo los auspicios de la Fundación del filántropo judeofrancés Barón de Hirsch, más conocida por el nombre de Jewish Colonization Association o ICA. Llegó en compañía de su padre y de una hermana más pequeña. Ambos llegaron a bordo del segundo barco con inmigrantes judios procedentes de los dominios zaristas. La primera nave fue la histórica embarcación denominada “Pampa”. Venian, como ya está dicho, de un pequeño villorrio, Chernovicz, situado en las cercanías del Dniester, en donde en los inviernos solía mi padre deslizarse en el río helado. Mi abuelo ejercía su profesión de Shojet en Chernovicz, sin inquietarse mayormente por sus escasas ganancias. Y aunque añadía a su ejercicio profesional el título complementario de Mohel, no por eso mejoraban sus dias por venir en lo que a sostener holgadamente el hogar se refiere. Pero hete aquí que mi padre ya venía cumpliendo su Bar Mitzvá o ceremonia de confirmación religiosa y como una espada de Damocles se alzaba por encima de la cabeza de Afroike la amenaza del servicio militar que, en la era de los zares, se prolongaba por espacio de 9 años, lejos del hogar, de la vida espiritual judía, sin ritos, privado de estudio, condenado a la ignorancia y al embrutecimiento. Echó, pues, mi abuelo, sus cálculos y se inscribió para la obra del Barón de Hirsch, no como aspirante a agricultor en tierras argentinas, sino como Shojet para servicio ritual de la colonia cuando ésta se fundara. Pero es menester añadir algún esclarecimiento sobre la profesión que será también después la de mi padre. Shojet se traduce generalmente como matarife o jifero, esto es, el que mata las reses. Precaria explicación sería esta; Shojet es una profesión ritual, religiosa, semejante a la del veterinario de los tiempos modernos, al cual la religión judía le encomienda, entre otras cosas, la matanza de las reses destinadas a la alimentación humana. Los estudios que cursa el aspirante a esa profesión son de alto rigor académico, según lo testifican los tratados que forman parte del acervo halájico y que hasta el presente son aceptados por las escuelas modernas como válidas por su contenido. Además del peritaje profesional, el Shojet debe cumplir, paralelamente, estudios judaicos, al término de los cuales debe ser sometido a rigurosos exámenes por parte de especializadas escuelas superiores rabínicas. De ahí que la jerarquía del Shojet es de nivel rabínico. A esta profesión de Shojet se agrega, por lo común, la de Mohel o retajador o perito en circucisión. Estas dos funciones cuasi doctorales, asignan autoridad intelectual, religiosa y social, sucedánea de la del rabí.

      Para mi abuelo y, consecuentemente, para mi padre, el joven Efraim, lo fundamental era salvarse, huir, liberarse del despótico dominio del Zar.

      El barco que trajo a la familia de mi padre a la Argentina estaba colmado de judios provenientes de todas partes, de Besarabia, de Podolia, de Lituania. etc. Los registros de las personas en el país de origen no estaban en orden, de modo que el listado de los embarcados se confeccionó a bordo. Según algunos, mi padre tenía a la sazón unos 13 años de edad y por consiguiente ya estaría inscripto en la llamada bajo bandera. Por esa razón y a efectos de despistar mejor su fuga del país, mi abuelo decidió cambiar de apellido. Pensó un largo rato y se le ocurrió un nombre que representaba todo un simbolismo exegético. Mi abuelo propuso la nueva denominación y al punto mereció la aprobación de los amigos. Recordó mi abuelo las tribulaciones del patriarca Jacob cuando hubo de salvarse de la vengativa mano de su hermano Esaú y huyó refugiándose en la casa del tío Laban. Vio a su hijo Efraim Yagupsky; esto es un vastago del patriarca Yacob.

      Entre la multitud de aquellas familias que navegaban en el mismo barco, los había de todo nivel intelectual; unos altamente ilustrados y los había también hombres simples, habituados al rudo trabajo y de escasa cultura. Todos estaban por igual destinados a recibir ubicación en las colonias que la ICA venía preparando para ellos en la provincia de Entre Ríos, en campos agrícolas que mediaban entre los ríos Paraná y Uruguay. Eran tierras que la mencionada empresa filantrópica  acababa de comprar de arios estancieros. Algunos de esos fundos siguen siendo conocidos y mentados pr el nombre del antiguo dueño, el estanciero, como ser: San Gregorio, Spangenberg, Espíndola, Barnechea, etc. Años más tarde, los tales nombres quedaron “idishados” o sea plagados con idishismos o barbarismos prosódicos de lengua idish , tales, por ejemplo, Shpandiberg, Shpindale, Baroneche, etc.

      Llegado que hubo el navío al puerto e Buenos Aires, la multitud recibió hospedaje en el antiguo hotel de inmigrantes, en el cual la ICA se preocupó en proveerles de comida Kasher, esto es, ritualmente habilitada. Huelga decir que en aquel preciso instante entró mi abuelo a cumplir sus funciones profesionales de Shojet y todos sus amigos y camaradas de viaje acarician la ilusión de que mi padre, Efraim, continuaría con esa profesión, siempre, bien se entiende, si hubiera profesores adecuados en estas tierras de la América. Cierto es que mi padre ya había comenzado su preparación para esa carrera, en el Beth-Hamidrash, o sea la academia de tales estudios. Allí estudiaba bajo la tutela de su tío, el profesor Rabí Meyer. Los estudios junto a Rabí Meyer no tenían conexión directa con las materias pertinentes a la profesión misma sino con “algo superior”, con lo que se llama en términos superiores “Torá y Jojmá” que involucra Biblia, exégesis y Talmud. El tío Meyer habrá sido un maestro relativamente liberal, puesto que mi padre, bajo la influencia del tío acostumbraba a leer libros “profanos” de los pensadores hebreos que consagraban su pluma a temas universales: Luzzato, Zederbaum, Faierberg, Peretz, Smolenskin, figuraban entre los autores de su humilde bagaje de libros. Y como es natural, una vez asentado en el nuevo mundo, los estudios más serios, a los que dedicaba sus preferencias, eran los temas bíblicos y Talmud. Entre sus profesores merecen ser mencionados, en primera plana, el rabino Israel Halperín, mi abuelo materno Yacob Winocur, Yacob Gueventer y el reputado talmudista Rabí Mazovetsky. Junto a mi abuelo aprendió circuncisión y los rudimentos que sobre la materia indicaban los trabajos escritos en lengua sagrada. Mi padre tenía fama de ser estudioso y alumno aventajado, así como también cultor de la literatura hebrea liberal. Recuerdo haber visto en su biblioteca la colección de las revistas hebreas de avanzada, como ser “Hatzefirá” y más tarde, siendo yo ya un muchachito recuerdo que el correo traía a mi casa la revista hebrea sionista denominada “Hatoren”.

      Ardua fue la tarea de rendir examen de sus estudios y lograr graduarse en esa sagrada profesión. Sus profesores teniendo que suplir la autoridad de una Yeshiva, que no la había, no se conformaron con lo que dictan los tratados de la veterinaria ritual; su pretensión era algo más que la enseñanza de esa profesión y que el dominio de la técnica no se convirtiese en “el destral que hace un buen corte”, según la expresión de la Mishná, sino que la alta escuela de sabiduría reine soberana en el alma y en la mente del titular. De otra manera, peligra la autoridad moral que el Shojet ha de ejercer, necesariamente. El diploma, pues, hubo de obtenerlo mi padre de un tribunal examinador sumamente severo. Algunos de sus integrantes se caracterizaban por ser rigurosos, otros más bien moderados, pero era menester afrontar los dos extremos y habia que hacerlo con firmeza y convicción. Entre los exigentes mencionemos al Rabí y Shojet Josef Mazavesky y a Matí Efron. Entre los moderados, a Jacob Gueventer y a Rabí Israel Halperín. Además de estos participaban otros dos miembros en el tribunal, uno en función de fiscal detractor y uno de defensor. Eran mi abuelo Yacob y el Shojet Mendel Serebrinsky, con jurisdicción en Carlos Casares, provincia de Buenos Aires, llamado especialmente al efecto.

      Mi abuelo Jaim, padre de mi padre, fue designado para el ejercicio de su misión religiosa en la colonia de San Gregorio, bautizada más tarde Sonnenfeld, y mi abuelo Yacob Winocur en la colonia Barón Hirsch, unos 25 km de distancia entre uno y otro. La práctica primicial de mi padre tuvo lugar en Colonia Mauricio, colonia aledaña de Carlos Casares, bajo la supervisión de Rabi Mendel Serebrinsky, el pdefensor en el tribunal. Como era de práctica, para ejercer tal profesión era más decoroso ser casado;   es lo que hizo mi padre. La novia , mi madre, tenía 17 años de edad y mi padre ya se asomaba a sus 20, Mi madre era una mujer hermosa y de corazón sensible. La nostalgia del hogar paterno la inundaba de lágrimas y las buenas vecinas presonaron a Rabí Mendel a que licenciara a mi padre, a fin de restaablecer la paz en el corazón de mi madre. De ahí que poco tiempo duró el entrrenamaiento de mi padre, el  regresó a alos lares famniliares y a insistencia de los numerosos amigos, aceptó ubicación profesional en el pueblecito de la Capilla. ·se pueblocillo llamábase así porque originariamente constaba de un solo edificio circundado de chozas. Tratábase de la pequeña iglesia católica de la zona. AQ ese lkugar cristiano acudían estancieros y gauchos para cumplimiento de los deberes de culto. Q más del sacerdote -´dicen- alojábase en ese edificio el alcalde para los registros de las haciendas, así como también de los nacimientos, casamientos y defunciones. Pero al establecerse allí la multitud de colonias con gentes del culto judío, el sas<cerdote migró a otra zona y puso en venta la casa; eso no obstante, el nombre del lugar subsistió, constituyéndose, andando el tie

      mpo, en un poblado ee d8erta importancia, pu3es con el proceso evolutivo de las colonias La Capilla se convirti´`o en algo as´`i como la metrópoli en miniatura de los poblados ede la zona.

      La familia de los judíos Roisman, que compraron el edificio ddee la iglesia de La Capilla, la 0habilitó durante cierto tiempo, luego lo vendieron a mi padre. Mis padres lo refaccionaron y lo embellecieron: le añadieron una cocina de amplias dimensiones, plantaron numerosos árboles de par<íso lque en el estío exhalan unj perfume paradisíaco; mi madre plantó unos rosales y jazmaines. Un cerco de alambre tejido circundaba el vasto pañtio, de modo que ni las aves de corral ni los caballos o vacas que apulularan por el ppueblecillo lpenetraSEN A ESTROPEAR PLANTAS NI FLORES.

      La POBLAFDIÓN DE La Capilla IBA EN AUMENTO, EL N´LUMERO DE LAS COLONIAS SE ACRECENTABA A MEDIDA QUE ARRIBAGBAN NUEVO INMIGRANTES Y DE ESTA SUERTE. LA Capilla se concual     
 
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