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Shakespeare y la naturaleza del prejuicio Imprimir E-Mail
miércoles, 05 de septiembre de 2007
Por Manuel A. Lotersztein
 
Las  distintas  versiones  cinematográficas y teatrales de “El Mercader de Venecia” de Shakespeare  actualizan cíclicamente  la sempiterna polémica sobre el carácter antisemita de la obra, no  sólo porque aún no se ha arribado a una conclusión consensuada sobre sus reales alcances ideológicos, a más de cuatros siglos de su estreno, sino también porque cada artista que la “re-presenta” le imprime un enfoque particular que a  menudo   añade   mayor confusión al respecto.
Es probable que Shakespeare se abocara a la escritura de esta obra queriendo capitalizar la adhesión del público inglés imbuido de un fuerte sentimiento antisemita a raíz de la ejecución del médico judío Rodrigo López acusado- sin prueba alguna- de haber intentado envenenar a la Reina Isabel. Esta teoría se reafirma por haber sido la obra  compuesta   en 1594, el mismo año en que se produjo el hecho. Tampoco podemos descartar la influencia del drama “El Judío de Malta”, virulenta obra de C. Marlowe.  Asimismo,  debemos señalar que Shakespeare se inspiró en la “Gesta  Romanorum”, colección de antiguos cuentos latinos, de la cual tomó dos relatos distintos: uno centrado en un prestamista judío que impone  como condición cobrar su crédito con la carne del deudor en caso de  incumplimiento y  otro,   que describe  las peripecias de  una princesa que para desposar al hijo del Emperador de Roma debe optar entre tres cofrecitos. Como  podrá apreciarse, ambas narraciones son bastante disímiles en su contenido: de extremo dramatismo la primera; risueña y romántica la segunda. Yuxtapuestas  por Shakespeare en su versión teatral,  le otorgan  a la pieza  un carácter  ambiguo y  agridulce, sólo sostenible gracias a la pericia del  dramaturgo.

Pero esa ambigüedad deliberada no termina  en lo formal; en realidad comienza recién allí  y con absoluta coherencia engarza el contenido de la pieza, generando las  enfrentadas opiniones  que  originan sus periódicas  representaciones.

¿“El Mercader de Venecia” es antisemita?  Sería extremadamente simplista afirmar tal cosa o lo contrario. La lectura de Shakespeare no admite posturas maniqueas; mucho menos  conclusiones ligeras. Algunas reflexiones  quizás contribuyan a dilucidar esta cuestión y a esclarecernos respecto a la naturaleza  del prejuicio racial.

a) No es casual que el autor haya elegido Venecia como marco para el desarrollo de su obra.  Esta ciudad se había convertido en el emporio económico de Europa, el nexo entre los mercados asiáticos y los   europeos. La ruta abierta por los cruzados en su periplo religioso se había convertido en una rentable vía comercial. A sus habitantes los igualaba un común afán de riquezas pero los  diferenciaba la forma de obtenerla; la mayoría lucraba  obviamente  con las mercaderías;  sólo algunos miembros de la comunidad judíos obtenían su renta  del interés de los préstamos que otorgaba, actividad que la Iglesia Católica prohibía a sus fieles cristianos. No es necesario señalar la falacia de esta prohibición, posteriormente eliminada. Ya para esa misma época la  actividad bancaria se estaba instalando briosamente  en las  principales ciudades europeas, dándole un impulso extraordinario a la economía del Viejo Continente. En ese ámbito, Shakespeare no opone a la figura de Shylock  personajes dedicados a tareas humanísticas para establecer jerarquías éticas que lo desvaloricen; lo enfrenta con mercaderes tan ávidos de ganancias como él.

b)  El apego al dinero está presente en todos los personajes de la obra: Antonio, el antagonista, es un rico comerciante que posee varios galeones mercantes;  Bassanio, tras despilfarrar su fortuna,  desposa a una rica heredera;  Lorenzo rapta a Jessica, la hija de Shylock,  también para casarse con ella -previa conversión al catolicismo de la joven enamorada-  y en su romántico accionar no omite llevarse como dote dos bolsas de monedas y joyas de su vilipendiado suegro...

c) No es el móvil económico el que impulsa a Shylock a cobrarse la libra de carne de Antonio, sino la venganza y el resentimiento por haber sido maltratado y humillado repetidas veces por éste. Aún ofreciéndosele abonar el  triple del importe adeudado, Shylock  opta por exigir el cumplimiento de la cláusula penal.  Lo pasional –un tema axial en Shakespeare- se impone sobre la codicia y la especulación que estigmatizan al judío.

d) No es, por otra parte, la misericordia un atributo común de los venecianos. Antonio, cuando cree que sus barcos han naufragado, no deplora la muerte de sus tripulantes y la miseria que ello acarrea en sus hogares; se lamenta únicamente por la pérdida de sus mercaderías.  Si bien es cierto que se comporta  solidariamente al garantizar con su vida el préstamo que solicita a Shylock   - cuyos fondos pasarán a los pródigos bolsillos de Bassanio-  su actitud debe analizarse a la luz del  “particular afecto” que siente por éste. Antonio, un ser solitario y depresivo,   ama a Bassanio. Pese a ser un comerciante experto, cometerá el desatino de garantizar el préstamo con su propia vida. Y es tan intenso el vínculo que lo une que hasta  provocará los celos de la esposa de Bassanio.  Por otra parte,  su bondad queda definitivamente cuestionada en el juicio veneciano al solicitar que  Shylock  - que ya ha perdido sus bienes -  abjure de su religión. Destruye  al anciano creyente  con un castigo  menos sanguinario que  aquel  proponía para su deudor, pero no por ello menos  impiadoso.

e) El antisemitismo que expone la obra es de carácter religioso. La conversión al catolicismo  “redime” al judío, como en el caso de Jessica. No existe una postura antisemita racial  que no respeta generaciones ni conversiones como la que condenó inexorablemente a muerte a millones de judíos en el demencial  régimen nazi.

f) El fiel, el de la justicia y el de la adhesión de los espectadores,  se inclina decididamente a favor de Antonio en la escena del Tribunal.  Pero no sólo porque ello es previsible y justo  sino también por el tratamiento que le otorga Shakespeare al personaje de  Shylock.  Con procedimientos cercanos al “grand guiñol”, quizás guiñándole un ojo al espectador avezado para señalarle su artificio,  lo presenta inusitadamente desagradable en su crueldad y desparpajo.  Shylock obra como un verdugo, con balanza y cuchillo incluidos, haciéndose justicia por sus propia manos, cuando él es solo parte en el juicio  -por citar la  licencia más efectista. Al mismo tiempo,  acentúa la buena voluntad de los venecianos y la sagacidad de Porcia.  El teórico teatral Gouhier sostenía que lo inverosímil  -si es necesario estéticamente- es  aceptable. ¿No será aplicable para  esta escena? A los judíos no se les reconocía ciudadanía, se los obligaba  a usar  vestimentas bochornosas,  vivían  recluidos en guetos y se les  prohibía salir de noche dado que eran demonios. ¿No  es un tanto impensable que el máximo Tribunal, el Dux  y el  propio pueblo veneciano hubieran recibido a Shylock, o habiéndolo admitido, consintieran en considerar siquiera su temerario reclamo? ¿La seguridad jurídica alcanzaba a un pueblo tan ignominiosamente marginado? La realidad suele ser más cruel que la ficción y era frecuente que príncipes y señores feudales -que no dudaban en involucrarse en la solicitud de préstamos pese a la prohibición- no sólo se negaban a cancelarlos, sino que se liberaban de sus acreedores expulsándolos de sus tierras. Como se advertirá, en semejante marco histórico,  estos interrogantes  no son antojadizos o aventurados.

g) ... “¿Es que un judío no está nutrido por los mismos alimentos, herido por las mismas armas, sujeto a las mismas  enfermedades, curado por los mismos medios, calentado y enfriado por el mismo verano y por el mismo invierno que un cristiano?”.  Este párrafo, extraído de la escena primera del acto III,  integra uno de los más formidable alegatos que se hayan escrito jamás contra el antisemitismo. No  lo hubiera podido concebir un autor que no tuviera una elevada vocación antirracista ni la firme voluntad de transmitirla a los espectadores.

h) Es cierto que Shylock es descripto por momentos como un viejo patético  -casi senil en su obcecamiento-  lo que atemperaría  su reprobable conducta pero Shakespeare no duda en conferirle una actitud tan cruel e implacable en el desenlace que lo torna poco menos que repelente. Ello le confiere a la obra rasgos negativos que atentan contra  su contenido antirracista. ¿Por qué ese viraje?   Shakespeare no adopta una posición ambigua, casi equívoca, inocentemente: era inviable para un hombre de teatro que se debía al público y totalmente comprometido con los mecenas aristocráticos que lo protegían, presentar una imagen más favorable del judío o menos complaciente de  los venecianos. Es en el momento del juicio, dónde Shakespeare,  recurre a su astucia y olfato comercial, para dejar  bastante malparado al anciano judío.  Señalemos ¡Oh, ironía! que Jorge Luis Borges, en “Everything and Nothing”(en su libro “El Hacedor”) menciona  que el mismísimo Shakespeare, al final de su vida,   era “un empresario retirado a quien le interesaban los préstamos, los litigios y la pequeña usura”.

i)  Del desarrollo de la trama de “El Mercader de Venecia” surge nítidamente el perverso mecanismo del prejuicio. El  prejuicioso  atribuye a la víctima determinadas características y procede de tal manera que la obliga a obrar  según su esquema mental. ¿Cómo reaccionaría cualquier  hombre a quien se le niega atributos humanos, al que sistemáticamente se lo humilla; a quien no se le reconoce ninguna nacionalidad, le raptan su hija y le quitan su fortuna? Se convierte en la encarnación misma de  la imagen  que el prejuicioso ha  pergeñado.

j) Es muy ilustrativo recurrir a otra obra de Shakespeare “Otelo, el moro de Venecia” porque  plantea similar problemática que  “El Mercader de Venecia”. Su  protagonista, un príncipe africano, también es rechazado por la sociedad veneciana, pese a los importantes servicios que ha prestado  al Estado.  Yago, un oficial suyo, resentido porque su par Casio ha recibido el cargo de Teniente que él ambicionaba, urde un siniestro   plan, haciéndole creer a Otelo que  Desdémona,  su esposa,  es amante del flamante teniente.  Obsesionado por los celos, Otelo finalmente mata a Desdémona. El negro es primitivo y pasional, según el prejuicio,  y Yago instrumentará  arteramente todas las trampas  para inducirlo al crimen. Una vez más, como en el caso de Shylock,  el victimario  es  víctima del detractor que lo ha impelido a actuar según los parámetros de un preconcepto  creado   para su beneficio personal. “Otelo” confirma  que Shakespeare comprendía perfectamente la naturaleza del prejuicio racial y la  exponía desde una estética humanitaria y crítica.

Una breve narración de I. Agnon nos ilustra palmariamente la mecánica del    prejuicio. Había una vez un perrito inocente al cual un “gracioso” le colgó un cartelito que decía “Rabioso”. La gente al cruzarse con el pobre animal, intentaba alejarlo propinándole toda clase de golpes y castigos. El perro, acosado y atormentado,  terminó  volviéndose rabioso.

Cuando Porcia, al final de la obra, regresa a Belmont y divisa la ventana iluminada de su casa, dichosa  por haber  retornado a su hogar, exclama “Así brilla una buena acción en un mundo perverso”.

Ese es,  en definitiva, el  concepto que impregna la obra shakespeareana sin distinción de razas o credos. Y  aunque desoladora, su cosmovisión nos equipara democráticamente a todos por igual y nos exime de   insistir en controversias que parcializan el pensamiento de un autor siempre vigente e incuestionablemente excepcional. Es que la genialidad siempre se impone sobre las limitaciones y condicionamientos del artista que la detenta, a pesar suyo, y aún sin proponérselo.
 
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