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Cara de idiota Imprimir E-Mail
domingo, 25 de abril de 2010
Por Isaías Leo Kremer

De la bondad de los niños todos hablan, pero me consta que la crueldad suele estar presente en ellos, tal vez porque la educación del hogar o el medio no se hizo carne en los infantes, o tal vez, malos ejemplos, no lo sé .Como muestra de ello, tengo el caso de “cara de idiota”.

Niñez en Bahía Blanca, calles de barrio, todos conocidos entre si, siempre presente el saludo y por supuesto el chismorreo, bien intencionado casi nunca.


Jugábamos a las canicas, los espacios de tierra alrededor de los árboles eran la cancha, un hoyo hecho a pulgar y cada uno a competir a toco y hoyo, golpe al bolón (bolita más grande) y otras variantes sobre el particular.

En cada jugada el jugador arriesgaba su canica, en caso de perder esta pasaba a poder del ganador, no siempre era aceptado el fallo y sobrevenían las peleas, en general sin consecuencias.

Apareció “cara de idiota”, chiquitito, esmirriado, con anteojos, dientes recién salidos muy grandes para su cara, la primera crueldad. El apodo puesto sin compasión y aceptado sumisamente.

Su condición era humilde, lo evidenciaba su atuendo y su colección de bolitas, viejas, opacas y “cachadas” (con roturas o rajaduras), era obvio que nadie quería jugar con él, el premio sería muy pobre ganando esas bolitas de descarte.

Para colmo tenía un defecto de dicción y eso lo hacía también tartamudear bastante, en especial cuando se alteraba o ponía nervioso, lo cual era frecuente dado el trato que le dispensábamos.

Su madre vivía a la vuelta de mi casa, al fondo de un largo patio, ella era doblemente paria ya que su pareja o marido, jugador y alcohólico, la había abandonado, como ella era de la colectividad judía y su marido no lo era, tenía que portar doble estigma, de la comunidad en general y de la población judía en particular.

Hacía trabajos de costura para afuera, de ahí su condición humilde, pese a que su familia estaba acomodada económicamente, habían cortado relaciones con ella, caso frecuente en la época, en que hijos sin casamiento previo, divorcio, casarse con un gentil eran hechos absolutamente condenados.

A “cara de idiota” le dábamos espacio únicamente cuando nos faltaba uno para arquero o para hacer número, de protagonista nunca le dimos el rol y el pobre chico aceptaba sumiso y agradecido el pequeño papel en el reparto

En una ocasión hicimos guerra de paltas que abundaban, eran verdes y durísimas, nos divertíamos a lo loco hasta que una palta desviada rompió el vidrio de la panadería.

Todos salimos a la disparada, “cara de idiota” se dio cuenta más tarde y fue a quien aprehendió la panadera, lo zamarreó de lo lindo y lo arrastró a su casa para recriminarle a su madre la conducta de su hijo malcriado, por el daño ocasionado.

Nosotros nos fuimos cada uno a su casa, aguardando los acontecimientos,, confieso que fui yo el cobarde que no se presentó a asumir la culpa que me correspondía.

Nunca tuve el valor de confesarlo, tardía e inútil disculpa la mía, pero esa sensación de culpa me hizo cambiar mi actitud hacia “cara de idiota”.En un nuevo juego de canicas en el que el era convidado de piedra sin que nadie le pidiera disculpas por lo ocurrido, lo invité a jugar conmigo, y adrede perdí la partida, dándole como ganador mi bolita más preciada.

Era un bolón de gran tamaño, cristalino, nuevo y transparente que era la envidia de los otros, fue un mínimo tributo ya que mi culpa me atormentaba.

“Cara de idiota” no quiso aceptármelo, pero lo puse en su mano pequeña y le cerré los dedos sobre el trofeo, indicando que el tema estaba cerrado.

Comenzamos la escuela, nuevos compañeros y nuevos códigos, para colmo en mi caso, doble escolaridad (colegio y schule), la madre de “cara de idiota” pidió se aceptara a su hijo en el único colegio de la colectividad, la oposición fue terminante, no se debía sentar un precedente de esa naturaleza.

La señora vino a ver a mi papá que era el presidente de la institución, mi viejo era justo, intercedió e hizo una donación de equivalencia a no sé cuántas bolsas de trigo para costear los estudios del niño y finalmente fue aceptado como alumno.

La escuela plantaba nuevos desafíos, no sólo en cuanto al aprendizaje, sino por la estructura social entre los alumnos, la llamábamos “Ley del Gallinero” por eso de que el de arriba defeca sobre el de abajo y realmente así funcionaba.

Creo que defendí mi lugar, volvía a casa golpeado, llorando o radiante, pero de algún modo me instalaba en la jerarquía tipo castrense, pero “cara de idiota” no tenía posibilidad alguna.

Probablemente la falta de una figura masculina en su hogar, acentuara su indefensión.

Mi papá me había llenado una bolsa con arena y la colgó de una cabriada, me regaló guantes de boxeo y yo pasaba horas peleando contra enemigos imaginarios.

personificados en la indefensa bolsa, “cara de idiota” no tuvo ese tipo de incentivo ni otros.

Más de una vez salí en su defensa, amenazando: ¡al pibe no lo tocás!, “cara de idiota” me agradecía con su mirada como un perro apaleado, no sabía de mi culpa hacia él por el episodio de las paltas.

En una ocasión me dijeron que un matoncito le había tirado un tintero en su único guardapolvos, pero yo estaba jugando a no sé qué y no acudí por él.

Luego me enteré que la agresión fue mayor y aún siguió después del colegio con el matón agrediéndolo en la calle, rodeado de un hato de imbéciles que lo alentaban.

Faltó varios días al colegio, no dimensioné cuánto había sufrido y llorado. Fui a verlo por primera vez a su casa, todo allí era pobre y deprimente, me sentí muy mal por no haberlo ayudado.

Al día siguiente, desafié al matón “a pelear a la salida”, me dio una soberana paliza, pero no llegó sano a su casa, los dos terminamos llorando a moco suelto hasta que unos adultos nos separaron.

No volvió a molestar a “cara de idiota”, sabía que de arriba no se la iba a llevar. Esta vez fue “cara de idiota” el que vino a visitarme a mí para consolarme y agradecerme.

De pronto, en el colegio surgieron nuevos desafíos, no era sólo jugar o pelear, había que aprender y por lo general, los buenos jugadores o peleadores eran malos alumnos , yo era pésimo para ambas cosas, pero “cara de idiota” demostró ser más inteligente y aplicado que la mayoría.

Pronto se acercaban a él para ver el resultado de las cuentas o la escritura correcta de los dictados, por lo demás, se lo seguía llamando por su apodo, a sus espaldas o de frente.

Quiso el destino que cuando mis padres decidieron trasladarnos a Buenos Aires, también la madre de “cara de idiota” tomara igual decisión, ya que habiendo fallecido su padre, tuvo acceso a un dinero que le permitía escapar de esa ciudad en que era señalada y despreciada por el entorno.

Una vez en la Capital, recibí varias llamadas de “cara de idiota” a quien había prometido reencontrar, pero estaba ansioso por equiparar a mis nuevos compañeros capitalinos entre los cuales mi antiguo “amigo” no encajaría, fue por eso que no devolví sus llamadas hasta que se cansó y dejó de llamarme

En ese momento no pensé que si yo estaba en dificultades para integrarme, mucho más debía estarlo el, pero no tuve la capacidad de ponerme en su lugar ni un instante ni de dimensionar cuán importante pudiera ser yo en su triste existencia.

Luego pasaron los años, el estudio, la pérdida de mi padre a edad muy temprana y todos aquellos logros y frustraciones que la vida nos trae a cada uno en medidas variables.

Nunca mencioné a mis hijos el episodio de las paltas, aunque lo recordaba, seguramente les conté de mis actos de heroísmo, los de cobardía no quise exponerlos, pues las flaquezas no ennoblecen ni son dignas de mencionar.

La vida me pasó por arriba y en una ocasión viajé a Israel donde di una serie de charlas sobre la colonización judía en la Argentina.

Al terminar, se sirvió un ágape para departir, yo no conocía a nadie fuera de un amigo que me llevara y presentara.

En medio del grupo, una mujer anciana ya, se acerca, me abraza y besa, yo no sabía quién era y hacía gestos a mi amigo para que me lo dijera, pero él la desconocía.

¡Soy la mamá de Aarón!, yo no reaccioné, la mujer insistió; ¡de Arnoldo!, más sorpresa de mi parte, sólo cuando me dijo: ¡de Bahía Blanca, vivíamos a la vuelta de tu casa!, comprendí que era la mamá de “cara de idiota” y la abracé emocionado.

Según me contara viajó con su hijo a Israel en la década del sesenta, se adaptaron al país, ella formó una nueva pareja y desarrolló su vida en paz y armonía, dejando atrás esa otra vida pueblerina en que la maledicencia y el prejuicio la condenaran tan injustamente

Como correspondía, pregunté cómo estaba su hijo, haciendo un esfuerzo para recordar su nombre Aarón /Arnoldo que nunca había usado, aun si lo supiera.

La madre me preguntó si pensaba viajar a Beer Shebah, ante mi afirmación me dio un teléfono y dirección de su hijo, asumí el compromiso de ir a visitarlo.

Llegué a la ciudad, llamé por teléfono, una voz firme en perfecto hebreo atendió mi llamada con una calidez inusitada, quedamos en encontrarnos en el hospital del cual era director general y hacia allí me encaminé al atardecer del mismo día.

Imponente oficina, repleta de computadoras con sus monitores mostrando lugares, personas, placas y diagramas, pero la sorpresa fue el personaje, no el entorno.

Alto, más que yo, fornido y con el cuerpo en forma, contrastando con mi abdomen desvergonzado, un par de gafas gruesas enmarcando un rostro inteligente, con ojos vivaces y mirada aguda.

Ante la sorpresa me paralicé, él acudió a mí, me abrazó diciendo: ¿qué te pasa? Soy yo ¡cara de idiota!.

Me contó de su vida, ya que habíamos perdido contacto por mi culpa durante casi cincuenta años.

En Buenos Aires sufrió mucho el desarraigo y el menoscabo de sus nuevos compañeros, tampoco su madre podía insertarse laboralmente y en el año sesenta decidieron probar suerte en Israel, aprovechando los beneficios que por la ley de retorno brindaban a los judíos dispersos de la diáspora.

Sus condiciones intelectuales fueron inmediatamente valoradas y se lo envió a excelentes centros de enseñanza, también su madre tuvo nueva pareja con lo cual “cara de idiota” conoció por vez primera lo que era tener familia propia y calor de hogar.

En el sesenta y siete, con veinte años fue oficial de la brigada “Golani”, lo cual lo transformó poco menos que en un héroe nacional , querido y aceptado por todos.

Se especializó en física molecular y su aplicación a medicina, hizo cursos en distintos países del mundo y era reconocido en todos como brillante investigador en su materia.

Le conté de mis logros (ínfimos en relación a los suyos) y pasamos a una charla en que develamos áreas más profundas de cada uno de nosotros.

Me contó con gratitud que me consideraba su único amigo de la infancia por haber asumido su defensa, aunque me saliera mal y me hizo sentir culpable por mi conducta pasada hacia el. También le conté lo de las paltas con mi disculpa tardía, lo que fue motivo de risa, aunque, en su momento, a mi me atormentara y a él le valiera un castigo inmerecido

Sobre el final de la charla, me mostró un estuche transparente que reposaba en su escritorio, me costó reconocer el porqué de ese objeto esférico que irradiaba desde el interior reflejos cristalinos y multicolores.

“Es el tuyo, me dijo, el que te gané jugando hace ya tanto tiempo, te acordás?, le respondí que sí, aunque lo tenía olvidado, pero me emocioné de pensar cuánto significara para ese chico, esmirriado y dientudo ese recuerdo de mí, que tanto lo había menoscabado llamándolo “cara de idiota” sin haber aprendido jamás su nombre.


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