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Los Coen, dos hermanos serios Imprimir E-Mail
sábado, 27 de marzo de 2010
Por Manuel A. Lotersztein


Los Hermanos Joel David y Ethan Coen, son el prototipo del llamado director “bicéfalo” (como los Hermanos Taviani en Italia). Ambos participan en la producción, escritura y dirección de sus filmes. Estadounidenses y judíos, se iniciaron en el cine independiente con “Simplemente sangre” (1985) que obtuvo favorable repercusión de la crítica y el público. Posteriormente, “Educando a Arizona” y “De paseo por la muerte” ratificaron su calidad de cineastas. Pero fue “Barton Fink” (1991), quizás la película más valiosa del tándem, quien los consagró con tres premios en Cannes, incluída la prestigiosa “Palma de Oro”.  Tras “El Gran Salto” (1994) obtienen nuevos éxitos con “Fargo” (1996), “Oscar” al mejor guión, “El Gran Lebowski” (1998) y “Dónde estás, hermano” (2000). Con “El hombre que nunca existió” (2001) retoman la línea de “Barton Fink”. Filmada en blanco y negro, combinando cine y humor negros más una trama urdida con ingenio y suma inteligencia, realizan un film de culto que no obtiene el merecido reconocimiento de la taquilla.

Los films posteriores “El amor cuesta caro” (2003), remedo de las comedias románticas de la década del 40 y “El Quinteto de la Muerte” (2004), remake del clásico británico de Alec Guiness fueron tibiamente recibidos, pero con “No es lugar para débiles” (2007) obtienen el respaldo definitivo de Hollywood al recibir los “Oscar” a la mejor película, mejor director y mejor guión adaptado. También le valió el Oscar a Javier Bardem como mejor actor de reparto. “Quémese después de leerse” ( 2008) fue una obra en la que faltó el equilibrio deseado pues presentaba una trama demasiado ingenua con la factura de una comedia lunática.

Y así llegamos a 2009 con “Un Hombre Serio”, que fue calificado por un periodista local como el film más judío de la historia. La rotunda definición parece bastante acertada; incluso algunos críticos gentiles agregaron que ello disminuye sus logros estéticos y dificulta la comprensión de la inmensa platea. ¿Están en lo cierto? ¿Es una falta de aceptación de ese “universo? ¿O es que la temática judía ha saturado la pantalla y televisión norteamericanas? La extensa obra de Woody Allen es el antecedente más notorio y no es casual que el propio Allen esté recurriendo actualmente a nuevos ambientes y personajes. Tampoco lo es que, siendo nominada en la última entrega de los Oscares como mejor guión y mejor película, no haya obtenido ningún premio. Más allá de la posible saturación, habría que señalar que los productores yanquis apuntan permanentemente a capturar nuevos espectadores, en función del crecimiento de otros sectores étnicos y sociales. Por ello, el auge de los actores de color y de habla hispana. El marketing tiene razones que la razón ignora.

“Un hombre serio” trasunta judeidad en cada fotograma, en cada acorde de las melancólicas canciones (inolvidable “Dem Milners Trern” de Mark Barshavsky, cantada por Sidor Belarsky). Es “ghética” del principio al fin. Los Hermanos Coen no se permiten concesiones ni guiños a los gentiles. En una industria que mueve millones de dólares, su actitud es de una honestidad ejemplar. No se alejan –otro mérito- de la intriga ingeniosa e irónica que han caracterizado toda su filmografía. Sus personajes son seres quebrados por las circunstancias, que no comprenden ni logran manejar sus vidas. El protagonista Larry Gopkin (un excelente Michael Stuhlbarg) es tan o más patético que las criaturas que pueblan sus obras anteriores Con algo de Job y mucho de “schlemazl”, usa un pantalón que le queda corto, comete disparates y excentricidades y es expoliado sistemáticamente por su entorno. Sus consultas a los rabinos son infructuosas. “Si Dios nos otorgó la capacidad de interrogar ¿porque nos niega la respuesta?” pregunta extrañado. Como en el prólogo del film (un viejo cuento con Dybuk incluído) la existencia es para Larry un misterio insondable. Pese a todo, se comporta como el hombre serio del título hasta que claudica en sus principios. “Acepta humildemente lo que recibes” dice Rashi ¿no? Un temporal que obliga a los niños de la escuela hebrea a buscar seguridad en los refugios -mientras la bandera norteamericana flamea inútilmente- y una llamada más que alarmante de su médico sobrevienen a su caída. ¿Es que Dios se manifiesta para castigar pero no para premiar?

El silencio de Dios, su propia existencia, la culpa y el libre albedrío: los Coen se zambullen en aguas muy profundas sin salvavidas alguno. “Un hombre serio” es un gran film, en que el mundo de los judíos conservadores y practicantes es expuesto con una perspectiva que, a pesar de ser francamente crítica, no elude un fuerte sesgo tierno y compasivo. Los Hermanos Coen pueden sentirse orgullosos con su obra: como Dios, han creado un universo; como Él, no menos inescrutable. “Dios mueve al jugador y éste la pieza”. Ya lo dijo J. L. Borges.
 
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