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Bernardo Ezequiel Koremblit Z”L Imprimir E-Mail
sábado, 27 de marzo de 2010
Por Moshé Korin

El 1º de febrero de 2010, falleció nuestro admirado amigo, escritor y periodista.

Tal vez y en primerísimo término, Bernardo Ezequiel, no necesitaba cumplir casi 94 años para ser un hombre mayor, como lo afirmara en noviembre de 2009, cuando la Sociedad Argentina de Escritores (SADE) lo distinguió con el Gran Premio de Honor que habían obtenido Jorge Luis Borges, Ricardo Rojas y Eduardo Mallea, él mismo se permitió bromear con su “edad provecta” y aclarar: “He nacido en 1916…después de Cristo”. Admitió su “condición de criatura antediluvial”.


Lo cierto es que no; hace muchos años que lo era. Y lo era por razones muy bien fundadas y consensuadas, que permiten entender cuál ha sido su victoria fundamental, al menos a mi juicio, a lo largo de estos años.

No sólo ha sostenido su palabra, sino que francamente creo que su capacidad de asombro se ha sostenido en la palabra. Esto ha hecho de él un hombre cuya perplejidad no ha envejecido.

Posiblemente uno de los indicios del envejecimiento sea el languidecimiento del asombro, el sentimiento de que el mundo poco a poco se vuelve excesivamente familiar y luego intolerablemente familiar y finalmente sólo familiar.

Y esto no ha ocurrido con Koremblit, él renovaba su alianza con la vida, en el mejor sentido bíblico, permanentemente; y creo que esto se debe a un hecho profundo, no sólo temperamental, este hecho profundo es que él sabía que la palabra nunca le va a brindar una imagen definitiva sobre lo real, nunca un sentido pleno, acerca de lo que él quería conocer.


Insomne perpetuo

Esta discontinuidad, esta disonancia fundamental entre lenguaje y realidad, hacía que él se convirtiera en un insomne perpetuo, en alguien que sabía que al pronunciarse, sólo podrá traducir la intensidad de un anhelo de cercanía entre la palabra y el mundo y nunca la plena sinonimia, entre uno y otro. No hay rasgo que distinga más sustancialmente a un escritor que éste.

En mis años mozos, en la década del ’60, del siglo XX, época en que todo el núcleo de compañeros que me rodeaban, “devorábamos” los libros, pero eso sí, casi todos de autores extranjeros, me encontré con un texto, que aunque parezca mentira, me fue devolviendo poco a poco a la Argentina.

Ese era el libro con que Ezequiel, a mi juicio, en ese momento, se perfiló definitivamente como un ensayista con mayúscula. Ese texto es “La torre de marfil y la política”. Ese libro comenzó a brindarme, hoy lo sé, la posibilidad de reencontrar el ejercicio del idioma en su plenitud.

En aquel momento, teniendo yo alrededor de veinte años, ese escrito, a su manera, me fue permitiendo recuperar el sentimiento del idioma castellano que fui perdiendo leyendo casi exclusivamente traducciones, así como también muchos textos en idish y en hebreo.

Poco a poco fui recuperando el sentimiento festivo de la lengua; luego se sumaron otros textos del mismo Koremblit y otros escritores, claro está.

Pero no puedo olvidar que ese libro de Ezequiel, dentro de las obras de él, me resultó un texto disonante, pues advertí, sin poder conceptualizarlo en ese entonces, que estaba sustrayendo el ensayo, a la rigidez en que moría dentro del campo académico.



Ensayo

Yo me fui dando cuenta de que Koremblit estaba liberando al ensayo de una carga retórica que lo fosilizaba, en virtud del ejercicio académico que se ejercía de ese género, distorsionando verdaderamente lo que él era, un género creador en el que un individuo se hace cargo de los dilemas, que promueven su pasión vital y los despliega en una perfecta sintonía entre el vigor reflexivo y la hospitalidad elocutiva, amena.

No podemos dejar de destacar su capacidad de celebrar con gratitud la convivencia alcanzada con otros artistas del lenguaje, sean estos Proust, Gerchunoff o Schólem Aleijem. Este hecho lo convertía a él en un personaje generoso y lúcido, porque la generosidad es siempre un rasgo de la lucidez.

Hay también una tercera cualidad que podría intentar introducir de este hombre, a quien yo quise y lo sigo queriendo y admirando tanto.


Humorista y liberador

Nosotros solemos caracterizarlo como un humorista y creo que hacemos bien, porque nos hace reír. Pero es prudente preguntarse: ¿qué nos hace reír? y creo que lo que nos hace disfrutar en Koremblit es su obra, lo que la risa que él sabía y sus escritos, y su recuerdo, saben provocar en nosotros, el humor que nos contagia, es la forma tan delicada, tan exquisitamente cortés que él quería y quiere demostrarnos que la vida no es, sino una incesante paradoja; que no guarda un sentir inequívoco, que si la realidad nos hace sonreír o reír es porque Ezequiel sabía y sabe infundirle un trato cordial a lo que de otro modo nos haría llorar.

Él era un hombre cortésmente desesperado y no como otros grandes escritores suelen serlo. Para qué hablar si no podemos aferrar un sentido pleno, podemos hablar y debemos hablar para que la ilusión de un sentido pleno no nos aferre, no nos ate, no nos amarre, no nos condene, no nos subordine. En ese sentido la obra de Bernardo Ezequiel Koremblit es la obra de un ¡liberador!...Y es por eso que siempre lo recordaremos por su fortaleza, dinamismo, bonhomía, sensualidad, simpatía, humor, inteligencia, pensamiento, laboriosidad y talento.

“Iehí zijró baruj!” ¡Bendita sea su memoria!
 
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