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Julio Palencia, el héroe olvidado Imprimir E-Mail
miércoles, 24 de febrero de 2010
Por Eduardo Martín de Pozuelo

El embajador de España en Bulgaria durante la Segunda Guerra Mundial, Julio Palencia, salvó la vida a cientos de personas perseguidas por los nazis y se jugó la suya propia al adoptar a los hijos de un sefardí ejecutado en un calabozo. Su nombre ha sido propuesto en Israel para recibir el reconocimiento de Justo entre las Naciones.


Sobre estas líneas, en el centro del grupo y con un cigarrillo en la mano, Cludy Arié Palencia, la joven judía adoptada a los 17 años por Julio Palencia en Sofía (Bulgaria) para salvarla de las cámaras de gas.

Esta es la historia de un héroe y de algunas de las personas a las que salvó de los nazis. Es también el reconocimiento a la conducta de Julio Palencia, embajador de España en Bulgaria durante la Segunda Guerra Mundial, que ejerció su cargo con un valor físico y moral que fue más allá de lo que exigía el deber, que es sólo una forma de subrayar la hazaña de un gran ser humano. Su gesta aconteció entre marzo y septiembre de 1943 en Sofía, la capital búlgara, entonces bajo el yugo de un gobierno títere nazi y de la propia Gestapo, que se aplicaba en la persecución del pueblo judío y otras minorías.

Julio Palencia, olvidado en España pero no en Israel, se plantó ante los nazis y sus superiores del gobierno de Franco para salvar la vida de seiscientos judíos cuyo destino era la cámara de gas. Sin embargo, este diplomático español, del que hoy en día el Ministerio de Asuntos Exteriores no encuentra ni la foto, no se conformó con facilitar salvoconductos. Fue muchísimo más lejos. Don Julio, como le recuerdan las personas a las que salvó, desafió a nazis alemanes y fascistas búlgaros y españoles al adoptar y dar su apellido a los hijos del sefardí León Arié (Arieh en algunos documentos), un comerciante local ahorcado por los nazis por el delito de ser judío.

Se puede situar el arranque de esta dramática peripecia en el martes 16 de marzo de 1943, cuando el diplomático español Julio Palencia se enteró de la inminencia de las deportaciones de los sefardíes que vivían en Bulgaria. Se lo dijo el propio Bogdan Filov, primer ministro búlgaro, que le anunció sin pudor que la medida procedía de Alemania. Al día siguiente, un Palencia alarmado telegrafió al ministro español de Exteriores, Francisco Gómez Jordana, advirtiéndole de la amenaza nazi.

Palencia esperaba de Gómez Jordana –militar franquista, en teoría anglófilo, que había sustituido al falangista y nazi Serrano Súñer– una respuesta acorde con la condición formal de españoles de muchos sefardíes esparcidos por el mundo gracias a una ley del gobierno de Primo de Rivera. Con esa idea telegrafió a Madrid un mensaje que fue interceptado por los británicos y desclasificado en Londres. Decía: “Máximo secreto. Asunto: Judíos españoles en Bulgaria. N. º: 115514. De: Ministro español, Sofía.

Para Ministro de Asuntos Exteriores, Madrid. 17 de marzo de 1943. A la vista de la deportación inminente a Polonia de todos los judíos que viven en Bulgaria, ayer tuve una entrevista con el presidente del Consejo de Ministros, que me dijo que la deportación comenzaría a finales de abril y me hizo entender que era una medida impuesta por Alemania. Informo a su excelencia, para el caso de que considere oportuno, indicar al Gobierno alemán y al ministro búlgaro en Madrid que España no puede permitir que sus súbditos sean deportados a Polonia por razones de una ley racial no existente en (ilegible), añadiendo que los búlgaros viven en paz en España y, por tanto, los españoles tienen el derecho de hacer lo mismo en Bulgaria.”

Pero Gómez Jordana no escuchó a su embajador, y Palencia insistió, consciente de que los judíos serían asesinados. El 15 de mayo de 1943 suplicó al ministro que “sería de gran ayuda si me concediera autoridad urgente para repatriar a todos los ciudadanos judíos de nacionalidad española que viven en Bulgaria y en territorios recientemente anexados, al propio coste de las personas afectadas. Serían unas 300”. Madrid respondió con un silencio criminal.

Contribución de Mario E. Cohen
 
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