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La Semana Trágica Imprimir E-Mail
martes, 02 de febrero de 2010
Hace 91 años, en un caluroso enero como el de hoy, Buenos Aires vivía sus horas más trágicas. El gobierno del radical Hipólito Yrigoyen, impotente ante la creciente ola de conflictos sociales de la Argentina inmigrante, ordenó una feroz represión contra los obreros que el 7 de enero de 1919 habían tomado la metalúrgica Vasena y reclamaban en las calles por mejores condiciones de trabajo.

Los militares y la antisemita Liga Patriótica de Manuel Carlés, claro está, fueron más allá de aquel deseo de restaurar el orden y la ley por parte del primer gobierno elegido por la vía democrática del país. Fueron ellos quienes se encargaron de “ayudar” en la represión de la revuelta, y el resultado fue tan horroroso como previsible: durante doce días, el barrio de Once quedó convertido en un vendaval de odio, vidrios rotos, muerte, destrucción, con la entonces naciente comunidad judía como blanco principal.


Según datos de la embajada de los Estados Unidos en el país, el saldo de la represión fue de 1.356 muertos y 5.000 heridos, además de contabilizar 179 cadáveres de personas de religión judía en el Arsenal de Guerra.

“El gobierno creó, en su imaginación, la imagen de un levantamiento maximalista, de una república soviética, y lanzó un grito de alarma”, afirmó entonces Federico Pinedo, joven abogado del periodista judío Pinie Wald, acusado de ser uno de los promotores del levantamiento obrero. “Del mismo modo en que se declaró a Wald "dictador maximalista" así se acusó a todos los judíos, junto con sus esposas y niños, de ser "maximalistas", y comenzó una caza salvaje dirigida contra ellos", continúa Pinedo, que defendió a un Wald que luego escribiría sobre aquellos días terribles en su novela Pesadilla.

Escribió el ensayista David Viñas sobre esa novela que describía los hechos reales: "Sótanos, malentedidos, pliegues y encrucijadas de Buenos Aires parecen recuperar, a través de la versión de un judío acosado en la esquina trivial de Viamonte y Junín -o del Departamento de Policía- las calamidades de la Praga más sombría".

Pasaron 91 años de aquel horror, y las posibilidades para otro pogrom de características similares parecen absolutamente remotas. ¿ O no tanto? Las bombas terroristas de marzo de 1992 y julio de 1994, que destruyeron la embajada de Israel y la AMIA y causaron más de un centenar de muertos, fueron posibles por la siniestra combinación de antisemitas de afuera y de adentro, por ideólogos pragmáticos y perpetradores entusiastas de aquellos deseos ocultos de venganza contra la judeidad argentina.

Sigue en la sociedad argentina, mal que nos pese, el germen del odio antisemita, aunque con diversas y renovadas formas. En aquel momento, como lo describió de manera casi perfecta el escritor Andrés Rivera en su novela El Profundo Sur, ser “bolchevique” y “judío” eran sinónimos que sirvieron a los nacionalistas para masacrar y vejar sin complejos de culpa. En los años setenta, ese mismo argumento fue la base para el secuestro, la tortura y la desaparición de varios miles de judíos argentinos por obra de la sangrienta dictadura militar que culminó en 1983.


Hoy, el antisemitismo está apenas disfrazado de antisionismo militante. Pero sólo apenas disfrazado: ni bien se comienzan a oír los argumentos utilizados contra Israel por integrantes de la izquierda argentina, anti o pro kirchnerista, aflora ese antiguo sentimiento antijudío que Jean Paul Sartre definió como “un problema de los antisemitas”, pero que termina teniendo a los judíos como principales damnificados del odio irracional.


No se trata, por cierto, de un “privilegio” argentino. Desde la dictadura fundamentalista de Irán hasta los territorios dominados por Hamas y la Venezuela del polémico Hugo Chávez, distintos gobiernos o grupos con poder apelan al antisemitismo popular o lo promueven, con el pretendido objeto de ser más populares ante sus sociedades.


La cultura antisemita es hoy minoritaria en Europa, la Europa que alguna vez fue dominada por la esvástica, pero cada tanto aparecen muestras de ese odio, como en el reciente robo del cartel que reza “El trabajo libera” del campo de concentración de Auschwitz.


Por eso, se convierte en necesario recordar hoy aquella masacre de enero de 1919, cuando los judíos de Buenos Aires (muchos de ellos idish parlantes y recién llegados al país) perdieron sus derechos e igualdad ante la ley y pasaron a ser objetivos en la mira de los asesinos. Recordarlos es también recordar que aquel odio fue posible. Y que, si la ley no es pareja para todos, el horror puede volver a repetirse.
 
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