Discurso al recibir el Gran Premio de Honor de la SADE Imprimir E-Mail
martes, 19 de enero de 2010
Reproducimos a continuación, íntegramente, el discurso que pronunció el destacado hombre de letras Bernardo Ezequiel Koremblit, el 17 de noviembre pasado, tras recibir –como lo informó Mundo Israelita oportunamente- el  Gran Premio de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE),  en la sede de la citada institución:
“No quiero repetir lugares comunes ni frases de confección (yo las uso siempre de medida), frases y lugares comunes de las que se usan en circunstancias como la presente. Diré entonces, con gran originalidad, que estoy muy emocionado y, para decirlo de modo más original todavía, que estoy muy agradecido por este inmerecido homenaje.

En esta literaria reunión, parnasiana por su categoría y significado, de este 17 de noviembre, aniversario de la muerte del siemprevivo Marcel Proust, se ratifica cuánta verdad contiene la declaración de Nuestro Señor Baudelaire, según la cual la honorabilidad y los bienes de un hombre de letras residen en la estimación de sus pares y en la honesta liquidación del editor. Pues es así; ahora se me concede el mayor laurel a que puede aspirar un escritor argentino: el Gran Premio de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores, la benemérita SADE que me lo otorga con una generosidad e inconsciencia que ya no son de este mundo.

¿Qué es un premio, qué significa un homenaje, qué es una medalla o un diploma o, como la de ahora, una consagración? Pues un acuerdo entre personas de una institución que han decidido equivocarse.

He nacido en 1916, después de Cristo, y desde entonces me he dedicado a la literatura y mi existencia y mi obra intelectual están fecundadas por un humanismo a prueba de todas las declinaciones. Sé que en la literatura todo está permitido, menos lo que vaya contra la profundidad, esto es idea, concepto, filosofía, estética; y contra la belleza, quiero decir la originalidad, la despótica exclusión de la vulgaridad y la banalidad, y de lo que es de veras significativo. Y mi convicción humanística radica en una situación muy simple: Que todo puede faltar en una pieza literaria, puesto que somos criaturas imperfectas e imperfectibles, todo puede faltar a condición que no falte lo esencial. Si al rompecabezas le falta una pieza, si en el puzzle no se encuentra un cartón, la figura buscada podrá componerse con el desvelo del escritor y la indulgencia del lector, que reconoce la natural condición humana imperfecta del creador. Así es todo en la vida, así es en el amor, la amistad, los entusiasmos, las decepciones, el trabajo, las esperanzas, las medallas, los homenajes y los grandes premios dee honor. Si me quieres, te quiero; / si me amas, te amo; / si me olvidas, te olvido. / Yo a todo me allano. Los demás observan cómo actúo yo ante los hechos y yo observo cómo me tratan los hechos a mí.

En este turno del Gran Premio de Honor que con indulgencia y benevolencia me ofrece la Sociedad Argentina de Escritores de mi país, es evidente que mi bienquerido (y bienoído) amigo Alejandro Vaccaro y quienes lo acompañan han puesto su atención en el recorrido y dirección (digo así para no emplear el áspero substantivo trayectoria) de mi vida intelectual y de mi obra con gran perdón y largo olvido de mis faltas, y yo estoy conmovido por el indulto y la amnistía. Ahora ha de comprenderse por qué  siempre he dicho, ante los laureles recibidos, que los homenajes, que son premios, compensan los apremios (de la inspiración, quiero decir). También es la verdad que mi edad provecta y mi condición de criatura antediluviana que se ha puesto flaca como un silbido hayan sido manantial de sugerencia (ya se advierte que eludí el lugar común “fuente de inspiración”) para la concesión de este Gran Premio. Tanto es verdadero lo que expreso respecto de mi matusalénica gerontología que en la reedición del famoso libro de Florentino Ameghino Antigüedad del hombre en el Plata irá mi fotografía en la tapa.

Un intelectual es un hombre como todos los demás hombres, un hombre como todos los hombres del mundo (aunque a veces suele ser peor, pero ésta es ya otra historia). Un intelectual, un humanista que ha hecho todo lo que he hecho yo y significa todo lo que se ha dicho de mí, de veras no puede irse sin dar una explicación. Yo intentaré darla. Será muy sencilla, como una oración, pero, como una oración, profunda y sentida: Vivo el presente, pero lo peor que tiene el presente es el porvenir, así que de él no diré nada para no enturbiar el agua cristalina de esta noche en la transparente SADE que me premia con su nobilísimo otorgamiento. Quien no espera nada de la vida se conforma con lo que tiene, pues sólo con eso le basta para llevar la vida adelante. Mi caso y mi situación no es esa. Yo, a pesar de ser ya un individuo que se acuesta temprano para poder así levantarse tarde, vivo no sólo de recuerdos –por cierto que de intensos e imborrables recuerdos vivo-, pero no sólo de ellos, sino del presente activo (aunque en algunos aspectos que no he de nombrar sea una criatura pasiva), un presente diligente, empeñoso, atrevido, aunque ya no me sea dado tocar todos los registros ni me son dadas las fuerzas para sacudir la pereza, y reconozco que en todo soy como las pirámides: demostrativas de que el hombre tiene por naturaleza trabajar cada vez menos, menos, menos...

Tengo en funcionamiento los cinco sentidos y si no hablo de un sexo sentido es porque no es pertinente hacerlo ahora. En el campo jurídico hay circunstancias agravantes, las hay atenuantes y algunas eximentes. Pues yo en ciertas circunstancias cumplo mi edad en castellano, en el idioma del demiúrgico Borges: noventa y tres, y en otras la cumplo en el lenguaje de mis amados Proust y Baudelaire; quatre-vingts treize, apenas cuatro veces veinte más trece. Si al andar uso el bastón que me regalaron mi hijo adoptivo Javier  y mi nieta Marina no es porque, según se cree, tenga un esguince en el pie, sino porque padezco otros noventa y dos en todas partes.

Creo que debo dejar ya la cuestión física para atenerme a la metafísica, a la intelectual, a la humanística en todas sus dimensiones, pues es por ella que se me concede el laurel mayor de la literatura nacional. He de decir entonces, entre otras cuestiones relacionadas con el espíritu y las percepciones de la conciencia y las llamadas de la sensibilidad más las muchas otras del apolíneo y dionisiaco fuero interno, que sigo, contra y sobrellevando las imposiciones negativas de la vejentud, buscando la verdad, pero habiendo descubierto que lo terrible de pasársela buscando la verdad es que uno acaba encontrándola. Y así es como aprendiendo a vivir se va la vida.

En esta agresión oral que estoy infligiendo a ustedes, en este acto en que tomo el atril de la Sociedad Argentina de Escritores para agradecer una excepcional distinción, en esta suerte de confesonario daré algunas respuestas a objeciones que suelen hacérseme. Se dice de mí (lo digo sin el encanto de la voz de la siempreviva Tita Merello) que rechazo todos los razonamientos. Eso ha dicho un vistoso analfabeto por quien rezo para que el Señor lo perdone. Pues el reproche está mal planteado, la reconvención no está bien expuesta: rechazo razonamientos, es lo cierto, pero empleo razonamientos para rechazarlos. La acusación de que en materia política soy de derecha es tan injusta como prejuiciosa y hasta iniquísima: lo que ocurre conmigo es muy sencillo: que no soy de izquierda, que no soy siniestro. ¿Usted es radical o conservador o socialista o peronista o demócrata progresista o republicano o anarquista o sindicalista o borocotista o fascista o comunista o qué? Mi respuesta es siempre la misma: Soy o qué. Para mí, que estoy en la maternal torre de marfil, todas las banderas están desteñidas. Sé cuando el buen Dios me puso en órbita, en la curva de traslación de la vida pero no sé cuándo me sacará de circulación, pero hasta cuando sea, si alguna vez es, seguiré en la torre a pesar de las objeciones, a pesar de las invitaciones, a pesar de los señuelos, a pesar de las incitaciones, los reproches y a pesar de todos los pesares. La vida, la órbita, la circulación... No sé... No sé... Cuando mi entrañable amiga Enriqueta Muñiz, autora de la mayor novela de ciencia-ficción argentina, me preguntó qué daría por no morir, contesté: Por no morir daría... no sé, todo, ¡la vida!

Dos palabras más, no más, o tres, porque, según el dulce Virgilio, Número impare Deus gaudet, a Dios le place el número impar. Pero antes otra respuesta que he de dar a propósito de las llamadas al orden (llamémolas así) de algunos muy queridos amigos que son insensatos ateos respecto de si creo en Dios o si soy ateo o si soy agnóstico o, por una vez más, si soy o qué. Pues respondo que soy teísta, que creo en la existencia de Dios, y la demostración, la de-mos-tra-ci-ón de su inexistencia no cambiaría mi credulidad, porque importa y cuenta más creer en Dios que saber si Dios existe.

Una tercera serpiente del signo de interrogación suele silbar entre el boscaje intelectual, estético y filosófico, el bosque humanístico por el que camino entre hierbas y matorrales de fecunda y jocunda espesura. ¿Qué es la belleza, qué es la literatura, qué es la filosofía, qué es el mundo? Pues belleza es a veces aquello que el burgués llama feo; pero, eso aparte, es aquello que produciendo deleite espiritual y sensual esto es arte, justifica la existencia del planeta, aunque la ciencia le dispute la supremacía y la tecnología le discuta la preeminencia. La última cena de Leonardo y La Piedad de Miguel Ángel y la Novena sinfonía de Beethoven no se hicieron en un solo día, pues por los efectos que producen en nuestra alma pareciera seguir haciéndose, como si estuvieran inconclusas y bien se sabe que son la consumación concluidora del arte.

La literatura es... ustedes perdonen, la razón de mi vida, y creo que el cisne Shakespeare, el teólogo y político Dante, el abismal Dostoievski, el quintaesenciado Flaubert, el impecable Proust y el panhumano poeta Baudelaire constituyen la cima con ce y también la sima con ese de todas las literaturas. La filosofía es, de una parte, lo que trata de la esencia, los efectos y las causas de cuanto zangolotea el entendimiento y la sensibilidad humanos, y de otra, lo que da paciencia y alcanza entereza de ánimo para soportar las vicisitudes de la existencia y sobrellevar, perdonándolas, las perversiones del prójimo. (Otra vez he de hablar en voz baja, quiero decir entre paréntesis. La signora Gina Lollobrigida, la escuálida Gina, me ha enseñado qué es la filosofía, en tres versos impecables e implacables: La filosofía e una cosa tale, / con la quale e senza la quale / el mondo resta tale quale Cierro el paréntesis y vuelvo a hablar en alta voz). Para concluir contestando la última pregunta: ¿Qué es el mundo? Lo diré con las misma palabras y el mismo concepto con que lo he definido siempre: El mundo es el Infierno de otro planeta. La culpa de que así sea y el pecado de que sea así no la tienen ni la impotencia del Bien para imponer la bondad ni las potestades del Mal para ejercer su reinado con el dominio del demonio ni nada ni nadie físico o metafísico ni entelequia alguna ni teológica ni filosófica de ninguna naturaleza ni de índole alguna. Acaso la respuesta se halle en el pasaje más estremecedor de Los hermanos Karamázov escrito por un Dosto (así llamamos sus íntimos a Dostoievski) iniciado, un Fiodor Mijalovich Dostoievski iluminado, reflexivo, dolorido, estremecido de pasión extraña: Dios lucha permanentemente con el

D iablo, y el campo de batalla es el corazón del hombre.

Amigas, amigos, compañeros de remo en las galeras de la novela, en el bergantín del ensayo, en la nave de la crítica,  en el buque de la poesía, en la ballenera del cuento, en el carguero de la filosofía, embarcados todos al margen de la bulliciosa vulgaridad pretendiendo encaramarnos a la posteridad: les digo que la sombra siempre es negra aunque sea la sombra de cisnes blancos. Por mi parte, yo, ni hebreo ni dormido, pretendo excluirme de la caravana: lo mismo que ustedes, sé de las angustias, los padecimientos, las frustraciones, las rebeldías y también las esperanzas de la conflagrada vida literaria. Y respecto a todo ello me digo y les digo: así debe ser, así debía haber sido: un sino inexorable y un signo fatal lo tiene dispuesto. Pero tenemos la respuesta: Nuestra actitud ha de ser como en el amor: hay que amar hasta el delirio y la locura: he ahí la medida prudente y equilibrada del amor. En lo personal, no debo quejarme: un antepasado mío escribió el primer best-seller: Los Diez Mandamientos. Como se sabe, yo desciendo de Moisés pero no hago ninguna alharaca por eso. En los Estatutos de la Sociedad Argentina de Escritores que hoy me honra con su valiosísima distinción no hay ningún artículo que determine la obligación de escribir una Divina Comedia ni un Fausto a semejanza del olímpico Goethe ni poemas como los baudelerianos de Las Flores del Mal.  No porque otros hayan tenido mejores pulmones nosotros vamos a dejar de respirar.

Es lo cierto que tampoco está permitido escribir merengues tediosos y mamotretos estomagantes, como los que escriben ya se sabe quiénes y luego de publicarlos se quedan con la inconsciencia tranquila, y poemas perpetrados por poetisas entradas en años y salidas en carnes.

Confieso que no sé si tendré fuerzas para llegar al final de mis días.

Ahora, en la trascendencia y el significado de este acto en la significativa SADE, un viento de largas piernas me empuja al recuerdo de aquellos imborrables que fecundaron mi vida intelectual y no están presentes como tanta felicidad me daría que lo estuvieran y por quienes pido a ustedes me permitan evocarlos e invocarlos impacientando a ustedes con esta lata: César Tiempo, que tenía la alegría y la bondad de los santos; el unicaule Nicolás Olivari y el ángel Raúl González Tuñón, que bebían como una alcantarilla; José Luis Romero y Petit de Murat, abatidos en la plenitud del vuelo; Borges, Jorge D´Urbano, Escardó y Eugenio Pucciarelli, alto y delgado como las 6 en punto; y el inmenso Ceselli, siempre pobre como un alfiler, y Blackie y Carlos Grünberg y Discépolo, el más alto irredento filósofo de la noche porteña. Mis entrañables colactáneos bienqueridos, bienleídos y bienoídos que no están, aunque... a ustedes les extrañará ... están. Como sin duda ustedes lo han advertido, estas anotaciones y las anteriores de esta tediosa disertación han demostrado que yo he llegado a saber que la existencia es una serie de cuadros en los que contrastan el misterio de la infancia, la promesa de la juventud, el brillo de la madurez y la compleja e invendible riqueza de la vejez (conjugada con su pobreza, pero éste es otro paisaje). Ya no le tengo miedo a la muerte sino a la vida.

Los he abrumado porque entendí que quien recibe un Premio de la gran significación del que recibo hoy, y más aún si sin avergonzarse tiene la macrométrica edad que tengo, debía dar algún testimonio de lo aprendido, deducido, gozado y sufrido por el intelecto y la sensibilidad. Lo he expresado en el que acaso sea el último laurel (pero el más importante de todos) que reciba en mi laureada existencia. Están aquí quienes también deben recibir mi agradecimiento: mis nietos Marina y Alejandro, el paciente cuan estoico Javier, otro ser excepcional, y la mujer que amo, un ser que no es de este mundo pero está aquí, en éste. Siempre y desde que el mundo existe, para el amor vivimos a destiempo: antes, hubiera sido demasiado pronto; después, demasiado tarde. Pero el amor siempre quiere todo lo opuesto a las imposiciones del tiempo. Así ha sido siempre y así es desde toda la eternidad.

Señoras y señores, y también quienes no sean ni señores ni señoras: no tengo por qué hacer discriminaciones. Y también señoritas intactas. He de concluir con alusión a las vicisitudes de la vida y las perversiones del prójimo que quizás han impresionado a ustedes cuando me referí a ellas. Concluiré con los cuatro intensos, refinados, mitigadores octosílabos del siemprevivo poeta Conrado Nalé Roxlo, que el Señor lo tenga de la mano:

                                  Hay que ponerse risueño,
                                  vendar cantando la herida,
                                   y hacerle frente a la vida
                                   con lo que resta de un sueño.

Sé que mi agradecimiento a la Sociedad Argentina de Escritores es insuficiente, pobre, mezquino. Pero estoy de veras agradecido. Sé también que mi disertación no fue buena, no fue como debía haber sido. La culpa es mía, de Alejandro Vaccaro y de ustedes. Mía, porque la hice mal, y de ustedes y de Alejandro Vaccaro, porque esperaban que la hiciera bien”.
 
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