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De Bernardo Treister: Imprimir E-Mail
domingo, 13 de diciembre de 2009
“Cuarenta Ventanas y mil flores”
Por Moshé Korin

Corría el mes de noviembre de 2008, cuando íbamos a presentar “Cuarenta ventanas y mil flores” en la AMIA con la presencia de su autor, Bernardo Treister. Días antes de que ocurriera, nos llegó la no grata noticia de que había sufrido un accidente y que la presentación debía postergarse por unos meses. Lamentablemente, el 25 de diciembre de 2008, recibimos otra noticiaa que ya no era solamente no grata, sino desgarradora: Bernardo había fallecido.

En el transcurso de este año, Enny Rachel Malachi, quien fuera su compañera durante los últimos años, en un acto de pesar, pero a la vez con la vitalidad de quien obra “in memoriam”, vino a Buenos Aires trayendo ejemplares del libro editado en Israel, para compartirlo con los amigos y conocidos de Bernardo, para que ellos y otros, aún no conocidos pudieran deleitarse con la primera parte de su obra terminada.

Junto al público en general, su compañera y algunos de sus amigos que lo apreciábamos en lo humano y por su talento, le rendimos hoy, el merecido homenaje, intentando familiarizarlo con quienes no han podido conocerlo, para que así se compenetren con un ejemplo de una generación judeoargentina que partió a Israel, hace décadas.

“Cuarenta ventanas y mil flores” venía gestándose hace tiempo en el semanario israelí “Aurora” dirigido, en aquel entonces, por Mario Wainstein, donde Bernardo Treister escribía una columna llamada precisamente “Desde la ventana”.

La esencia de su escritura es más bien la de una conversación, pues es ésta el sello que la caracteriza, es su modo constante de incluir al lector, de contarle anécdotas, de reflexionar con él.

“Hoy no me propongo hablarles de personajes famosos sino insuflar un poco de aire caliente en nuestras achuchadas almas y cuerpos, debido a las corrientes frías que nos invaden estos días por más que mantengamos cerradas las ventanas.”

De esta manera, comenzaba una de sus ya clásicas columnas. Con ese tono amigable y cálido abriendo su ventana e invitando a algo similar a una charla de café entre amigos, práctica que conservaba en su memoria de la Argentina, de la que debió partir durante la infame dictadura militar, encabezada por el Gral. Juan Carlos Onganía. Práctica que además supo, tal como demuestra su pluma, recrear en el semanario “Aurora”.

Las frases con las que comienza sus líneas pintan por sí solas su estilo coloquial: “¡Hola contertulios!”, es emblemática en este aspecto.

Las temáticas sobre las que versa son por demás variadas, tal y como fue Treister, pues además de poseer dotes de escritor, fue abogado y, además de israelí, argentino, por lo cual las distintas pertenencias culturales y de profesión, lo hacen sumamente versátil a la hora de escribir. Leemos entonces interesantes contrapuntos culturales entre uno y otro lado del océano, anécdotas de personajes que ha conocido aquí y allá.

Por otra parte, habiendo sido locutor radial, periodista, publicitario, funcionario de la DAIA en Buenos Aires, del Beth Hatfutzot (Museo de Las Diásporas), en Israel, y siendo portador de una prodigiosa memoria, la combinación de todos estos elementos confluyen en una exquisitez que combina los atributos de los diversos roles ejercidos y la gran cantidad de personas que conoció en su andar, siempre vivaz.

De su letra emergen relatos de encuentros con célebres del mundo judío, o también anónimos para el lector, pero que en sus manos se nos vuelven cercanos, brindándonos historias que son estampas de vivencias. Todo ello hace que sea sumamente cautivante y ágil su lectura.


Moshé Tov

Voy a mencionar una de ellas por su valor histórico, se titula “Tov haiá tov” (Tov estuvo bien) -haciendo un evidente juego de palabras en hebreo. Allí versa sobre los tiempos del legendario, para nosotros, año 1947 cuando al joven Bernardo le habían encargado que llevara su máquina de escribir, y se pusiera a disposición nada menos que de Moshé Tov, quien se alojaba por unos días en un hotel en Buenos Aires. Tov estaba por estos lares haciendo visitas veloces para lograr el gran objetivo, que Eretz Israel viese la luz nuevamente.

Para ello era necesario que las Naciones Unidas hicieran sentir su peso y el tiempo apremiaba constantemente. Bernardo nos relata con destreza, el vértigo de esos tres días con sus noches. Así como su profundo respeto por Tov, a quien infatigablemente vio trabajar en pos de nuestro pueblo. Cuando surge el Estado Judío, él es nombrado Director del Departamento Latinoamericano de La Cancillería Israelí.


Hombre de la cultura

Hombre de evidente gran cultura, Treister también aborda problemáticas de política actual. Poseía la extraña cualidad de acercarse con seriedad, con humor y con calidez al tema que elegía.

Tal y como dice Toker en las páginas preliminares de este libro, haciendo referencia al tiempo anterior a que nacieran las “ventanas”, el tiempo en el cual Toker y Wainstein lo impulsaran en una cena de amigos a que sus vivencias se tornaran una realidad escrita:

“Evocaba con gracia y en primera persona aspectos o hechos poco conocidos de gente que yo conocía bien. Yo lo escuchaba arrobado, y de pronto comencé a sentir que era un crimen de lesa memoria permitir que esos testimonios suyos se evaporasen (...)”

Luego relata las circunstancias en las que fue posible que deviniera primero la columna semanal, y luego este libro que hoy nos convoca, creaciones de un creador que ya evidentemente existía de antemano.

Uno de los primeros mojones que había dejado con su escritura, había sido como co-redactor de la revista en ídish “Pach” -sobre la cual se asoma en una de las presentes ventanas- junto con los ya desaparecidos: el escritor Dov Segal y el actor y monologuista Norman Erlich.


Otros escritos

En el escrito de despedida, luego de la muerte de Erlich escribía: “Lamentablemente, lo que Norman Erlich dejó sin hacer, ya no lo podemos ver, oír, ni reír con él.”

Tomo estas palabras, para, a modo de despedida, decir que aún si lamentablemente Bernardo ya no está entre nosotros, mucho fue lo que dejó hecho en su escritura, y “Cuarenta ventanas y mil flores” nos permite oirlo, reír y reflexionar con él.

Jugando con el título del poema consagratorio de Baldomero Fernández Moreno, “Setenta balcones y ninguna flor”, tituló este libro “Cuarenta ventanas y mil flores”. El título es un claro homenaje y evoca en nuestra memoria al genial poeta; y creo además que logra sintetizar algo nodal en sus ventanas: evocar, desempolvar la memoria, principalmente histórica y personal; recrearla, volverla al presente y cuando se trata de un suceso o alguien desconocido para los lectores, crear frente a sus ojos su presencia.

Por otro lado, en las primeras páginas, encontramos a José Alberto Itzigson, quien nos cuenta que han pasado 41 años desde que junto a Bernardo y sus respectivas esposas, partieran a Israel.

Itzigson, amigo y lector de las ventanas de “Aurora”, siente el perfume de los aires de aquella generación a la cual ambos pertenecen. Esa generación que debió vivir los años de dictadura argentina y partir llenos de esperanza, pero sin dudas, con nostalgia, y que luego fueron forjándose en esa doble pertenencia, cuya singularidad de generación ha sido el haber vivenciado los tiempos negros de la Argentina y labrado los cimientos de Israel.

“Las ventanas (...) despierta[n] también la curiosidad de las generaciones que nos siguen y que quieren saber de dónde venimos.”

De este modo, el libro se constituye además en un puente generacional; ofreciendo una serie de testimonios literarios de una vida que se ha entrelazado con otras y que ha sido testigo presencial y de pensamiento de distintos momentos históricos.

Pareciera ser ésta, una compilación de las columnas del semanario “Aurora”, pero sin embargo no es así.

Su concepción primigenia ha sido un formato de libro en capítulos, es decir en entregas o como dice Mario Wainstein (director de “Aurora”): “le ofrecí que en lugar de hacer de golpe un libro, lo haga como aconsejaba el ‘cuentenik’ (especie de vendedor en cuotas, ambulante): en cuotas, es decir en episodios, uno por semana”

En las palabras preliminares, Bernardo Treister redoblaba la apuesta y en el final de ellas nos dice: “Ahora que están a su alcance y en la medida en que hagan agotar la edición, se volverá a hacer una nueva edición, se hará una nueva, se compilarán otras cuarenta. Ojalá ustedes y yo podamos llegar a las 120... No por nada, sino para que cumplamos con la tradicional fórmula, lo que indicaría que vivimos lo que debíamos vivir...LEJAIM!”

Con su característica calidez, humor y pertenencia judía, así saluda y nos saluda brindando por la vida, casi un gesto de adiós anticipado, pero con el cual nos advierte que su reservorio de escritos rebasa este libro, así como también rebasó su existencia física. El tradicional saludo refleja el eje de su escribir, porque es precisamente de ello, de lo que nos estuvo hablando en su obra: nada más ni nada menos que de vida.

Aunque él ya no esté físicamente con nosotros, nos despediremos como a Bernardo, seguramente, le hubiera agradado; con un “Lejaím Uleshalom! “ ¡Por la vida y por la paz!.
 
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