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La guerra de los alemanes Imprimir E-Mail
domingo, 13 de diciembre de 2009
1939: cuando un pueblo ataca al mundo
Por Rodolfo Jacobi (Especial, desde Jerusalem)

El título y subtítulo, tal cual -en idioma alemán-, encabezan un largo tratado histórico del nazismo y la desgracia que trajo al mundo, publicado en la revista alemana Der Spiegel (El espejo) en recuerdo de los 70 años del estallido de la Segunda Guerra Mundial, entre el 1º y 3 de setiembre de 1939. Son pocos los historiadores en Alemania –pero los hay- que describieron los acontecimientos con tanto realismo y fidelidad. No sólo admiten los errores y las barbaridades de un Hitler, sino el casi incondicional sometimiento de la mayoría del pueblo alemán por lo menos a partir de los éxitos políticos y los triunfos en los conflictos bélicos.  Aisladas voces salieron entonces de la boca de contados hombres honestos que llaman las cosas por su nombre y no tratan de disimular las actuaciones de millones que siguieron con pasión el camino elegido por el Führer, y que no es otro que la guerra que, el 24 de agosto de 2009 la revista alemana Der Spiegel, de la ciudad de Hamburgo (la segunda ciudad alemana), que creemos tiene una tirada semanal de casi tres millones de ejemplares, recordó en el 70 aniversario de la invasión de Polonia por las tropas alemanas.
Der Spiegell no deja de mencionar el papel que los alemanes obligaron a jugar a presos de un campo de concentración que tuvieron que vestirse de soldados polacos y asaltaron una emisora de radio de la ciudad de Gleiwitz en la Silesia alemana. Pero Hitler anunció el 1º de setiembre de 1939 en el Reichstag (Parlamento), con voz ronca, que desde las 5.45 horas de la mañana el fuego fue respondido. No se respondió nada, porque los polacos no efectuaron un solo disparo; tampoco es cierto que el fuego se inició a las 5.45 horas; fue abierto por los alemanes sin ser provocados y además una hora antes de la señalada por el dictador. Como indica Der Spiegel, Hitler pudo tener varias opciones pero nunca la de una paz definitiva. Quería la guerra y lo dijo: durará dos u ocho años. Los que como el autor de esta nota vivimos los primeros días de la guerra en Montevideo conocimos la versión del papel que tuvieron que desempeñar presos del campo de concentración como polacos que atacaron una emisora en territorio alemán y luego fueron asesinados por los guardias de la SS.
Hitler deseó conquistar Polonia pero a toda costa quiso que la culpa cayera sobre este país. A ese efecto hizo poner en escena un ataque de soldados polacos en territorio alemán.

La revista alemana no deja lugar a dudas de que toda la culpa de la Segunda Guerra Mundial es exclusivamente de Alemania y que todos los demás países, inclusive Italia, no tuvieron la intención de hacer estallar una guerra mundial. El Führer estuvo de pésimo humor cuando los primeros días de septiembre recibió una misiva de Mussolini donde el Duce le comunicaba que se veía imposibilitado de entrar en la guerra ahora. Hitler se quedó helado. Evidentemente, no esperaba semejante noticia de su aliado. (Cuando Francia estaba prácticamente vencida, Mussolini cambió de opinión). No obstante la insistencia de los nazis alemanes, la cifra de judíos perseguidos en Igtalia fue mucho más reducida durante toda la guerra, también en países ocupados por Italia.. Congtrariamente a los alemanes fueron muchos los italianos que ayudaron a judíos a refugiarse. (Nota del comentarista).

Der Spiegel se expresa con claridad y honestidad. El infierno desencadenado por Hitler, trajo consigo una escalada de brutalidad jamás vista. Sesenta millones de muertos, más de la mitad mujeres, niños y ancianos; seis millones en el Holocausto judío. Como en un tremendo terremoto, la guerra de Hitler destruyó para siempre el orden del mundo cuyo centro era Europa. Desde 1945, los Esados Unidos determinaron el pulso del organismo global. El cambio de las fronteras polacas, el dominio de la Unión Soviética en Europa oriental, la partición alemana; sin la Segunda Guerra Mundial, todo ello no hubiera ocurrido. ¡Qué balance!

Pregunta la revista: ¿Puede un hombre, por más poderoso que sea, completamente solo, hacer estallar el mundo en llamas?

Desde hace un tiempo la cuestión se presenta más compleja que originalmente. Si bien sin Hitler no hubiera habido una Segunda Guerra Mundial, es seguro que varios factores contribuyeron a que las fantasías de guerra del Führer pudieran hacerse realidad. La elite conservadora de los militares y los capos de la industtria pesada y de la economía en general no compartieron las ideas de un imperio racial y muchos temieron una guerra con Occidente, pero sí soñaron con una gran Alemania y se sintieron superiores a los países eslavos de Europa oriental a los cuales hubieran querido dominar.

Con todas sus fuerza ayudó la mayoría de la población germana al desarrollo político. De ninguna manera Hitler fue el odiado déspota sino el portavoz de las masas nacionalistas. Él se embriagó de un entusiasmo que los propios alemanes le brindaron. En este juego entre el líder y el pueblo (Führer y Volk) se desenvolvió la criminal sobreestimación que llevó al desastre. En realidad, al comienzo de la guerra no hubo en Alemania una gran exaltación en las calles y en las estaciones de ferrocarril (y subtes) como en la Primera Guerra Mundial, mucha gente no olvidó aún las trágicas consecuencias.

La preocupación cambió rapidamente después de las primeras victorias, sobre todo en el Occidente europeo. Un periodista norteamericano en Berlín (los Estados Unidos entraron en la guerra en diciembre de 1941, después del ataque japonés a su flota en Pearl Harbour), escribió, después de la conquista de Polonia por las tropas alemanas, que él todavía no conoce un alemán, aunque sea adversario del régimen, que encuentre algo malo en la destrucción de Polonia, mientras no haya grandes pérdidas de vidas.

Mientras Hitler estuvo en la escena política, la guerra fue el centro de sus intenciones, sea para recuperar terrenos alguna vez en posesión de Alemania o para agregar “espacio vital” especialmente en el Este europeo. Contrariamente, las potencias occidentales temieron la guerra y particularmente Francia, sobre cuyo territorio se desarrollaron muchas de las principales batallas de la Primera Guerra Mundial. Aunque el francés quizás odiaba más al alemán que viceversa, las potencias occidentales temían mucho más una iniciación de las hostilidades que la mayoría de los alemanes. Las decisiones en Europa Central las tomó Hitler. Si en París en marzo de 1936 hubiera estado en manos del presidente del Consejo de Ministros Francés, Albert Sarraut, probablemente la ocupación de la Renania por tropas nazis hubiera fracasado, el mundo hubiera sido alertado a tiempo y el nazismo no hubiese podido sobrevivir semejante golpe contra el Tratado de Versalles (28/6/1919). Este Tratado fue desde muchos puntos de vista injusto y los aliados de la Primera Guerra Mundial estuvieron conscientes de ello y por ello no se opusieron a Hitler a militarizar la Renania.

Ya en 1936, Hitler hizo saber a sus generales que a más tardar entre 1943 y 1945 solucionaría el problema del “espacio vital” para el pueblo alemán.

Las potencias occidentales no comprendieron la seriedad de la situación hasta la crisis de Checoslovaquia de 1938-1939.

Der Spiegel describe la situación en Alemania desde que el nazismo se hizo cargo del poder, con una objetividad extraordinaria. Hasta hoy no son muchos los analistas y críticos que se expresaron con tanta claridad y objetividad. También respecto a Mussolini, a quien el apoderamiento de Austria por parte de Alemania en la primavera de 1938, no puede haberle agradado en absoluto.

En la enciclopedia alemana más importante (Brockhaus) después de la guerra no mencionan con una sola palabra la provocación de Polonia con un simulado ataque de presos de un campo de concentración vestidos de soldados polacos a una emisora de radio alemana. Inclusive, alrededor de 1960 todavía hablan de provocaciones polacas cosntra la minoría alemana en territorio polaco. Muchos años después de la guerra todavía les costó a los alemanes admitir la clara culpa de Alemania en la iniciación de la guerra, como ahora lo hizo la revista Der Spiegel, en un artículo de 12 páginas con abundante material fotográfico.
 
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