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Claude Levi-Strauss y la etnología Imprimir E-Mail
sábado, 05 de diciembre de 2009
Diálogo con un periodista, en 1972

Levi-Strauss renovó la etnología por completo aplicando el análisis estructural a partir del modelo lingüístico, fundando así el estructuralismo que fue, en los años 60, un amplio movimiento científico, filosófico y literario.

Nacido en Bruselas, en 1908, cursa sus estudios principales en París hasta la cátedra de Filosofía en 1931.

-¿Por qué motivo eligió los estudios de Filosofía?

-Debo decir que por un cierto gusto por las ideas, aunque reconozco que probablemente era lo que menos dificultades me planteaba o bien que tenía la sensación, con razón o no, de que me sería fácil y de que al mismo tiempo me permitiría seguir interesándome por todas esas cosas, y había muchas, en realidad eran demasiadas las que me interesaban muchísimo; me gustaba la pintura, la música, las antigüedades. Todo eso podía congeniar más o menos con el estudio de la Filosofía, probablemente con más facilidad que con otra especialidad que me habría obligado a compartimentar mi existencia y mis curiosidades. Pero durante la época de la que hablamos lo que me llevaba más tiempo, sin duda, era la política. Me inicié en el socialismo por un joven socialista que conocí en unas vacaciones y que me hizo leer a Marx y a Engels, y me llevó al socialismo militante. Esta militancia me tuvo ocupado en mis años de estudiante y durante mis primeros años de profesor, por lo menos hasta que me marché a Brasil; desempeñó también un papel intelectual esencial, filosófico, si usted quiere, en mi pensamiento.

-¿Conocía usted a Freud?

-Me inicié con Freud o empecé a leerlo en clase de Filosofía por el padre de uno de mis compañeros, que se llamaba Dr. Marcel Nathan, era cercano a Marie Bonaparte y había contribuido junto con ella a dar a conocer a Freud en Francia. Freud fue una de las tantas revelaciones en mi vida porque me enseñaba que incluso lo que se presentaba bajo los aspectos más irracionales, los más absurdos, los más chocantes podían ocultar una racionalidad secreta. Y creo que aquí hay un paralelismo llamativo entre este tipo de actitud para los hechos y el que llegaría a conocer más tarde con la etnología

-¿Cómo se interesó usted en la etnología?

-Por Paul Nizan, que me planteó la etnología como salida posible para un profesor de Filosofía. Por entonces, la enseñanza de la etnología era prácticamente inexistente en Francia, por no decir reducida a muy poca cosa y, por consiguiente, la etnología que estaba en pañales recogía de disciplinas cercanas, como lo demuestra el ejemplo de Jacques Soustelle. Era en el campo de la Filosofía que podía encontrar a esos estudiosos. El mismo Nizan fue tentado por un momento y cuando me lo contó, enseguida tuve la sensación de que era aquello hacia lo que quería orientarme, si quería, no sólo desarrollar un curso sobre Filosofía para el resto de mi vida sino también ver mundo, puesto que me apasionaba el camping, caminar, un poco de alpinismo y, por lo tanto, satisfacer mi deseo de conocer otros territorios.

En 1935 tuve mi nombramiento en la Universidad de San Pablo, Brasil .

Descubrí la etnología in situ con los indios bororo, con quienes desafortunadamente pude quedarme unas pocas semanas porque se trataba de vacaciones universitarias. Pero tuve en mente volver a dedicarle el mayor tiempo posible. Es una sociedad en la que la cultura material seguía ampliamente inalterada, y en la que el arte de la pluma es tan excepcional o sea que la forma de arte por la que los indios americanos del norte y sur han logrado expresarse, era muy viva.

Pero una sociedad cuya organización social era de una complejidad y de una sutileza tal que seguimos trabajando en ella y escribiendo sobre ella, y aún nos falta mucho por conocer sus riquezas. Pues pasé de largo a esta sociedad porque diré que, muy ingenua y estupidamente, pensé que quería ver a gente mucho más salvaje, menos tocada por la civilización que los bororo, y por lo tanto busqué en esa región del Brasil, prácticamente desconocida por entonces, y en la que pensé encontrar a salvajes más intactos, aún más intrinsecamente salvajes, por así decirlo, y me topé con la sociedad más calamitosa, más piojosa que se pueda imaginar. Fue en 1938 con los nambikwara. Había que intentar entonces encontrar un ángulo de enfoque, una forma de acercamiento a sus vidas, que no fuera tanto una descripción de las técnicas o una descripción de la institución, puesto que todo ello quedaba reducido a muy poca cosa, sino intentar entender lo que podía ser una sociedad humana reducida, a su vez, en tanto que sociedad, también a muy poca cosa.

¿Qué es una sociedad mínima? En resumidas cuentas era un problema muy parecido si no fuera porque era experimental, en lo ideológico al que Rousseau se había planteado al escribir Ensayo sobre el origen de la desigualdad o el Contrato Social. Es decir, ¿cuáles son las condiciones mínimas a partir de las cuales podemos decir que una sociedad humana existe, y me di frente a un problema de este tipo, a lo mejor porque no quiero decir ni mucho menos que no lo piensen, los que me están escuchando, que los nambikwara eran una especie de vestigio de la Edad de Piedra o de tiempos prehistóricos y que nos retrotraían a lo que podía ser una sociedad humana a principios de la humanidad. No se trata de eso, en absoluto. No cabe duda de que en América toda las sociedades tienen una historia en común, como en cualquier otro sitio del mundo, y que esa historia ha sido profundamente incluida y modificada por todos los cataclismos que se han producido, y el descubrimiento de América fue el más grave, el más irreparable para estas sociedades. Los nambikwara no eran Primitivos, con la P mayúscula. Eran personas que a causa del debilitamiento de la disminución de su efectivo demográfico, a causa de la venida abajo de la técnica que pudieron llegar a tener tras el choque con la civilización, eran personas deformadas, mutiladas, sobrecogidas por toda una historia; por lo tanto, de ninguna manera eran primitivos. Pero de todas formas era una sociedad incluso reducida, por todas las condiciones que acabo de definir, a muy poca cosa; ofrecía en un terreno experimental la imagen de una sociedad casi tan simple como se puede concebir.
 
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