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Las escuchas ilegales a Sergio Burstein, un mensaje de miedo para la sociedad Imprimir E-Mail
domingo, 08 de noviembre de 2009
Parece un retorno a la década del setenta, cuando la vida de los ciudadanos argentinos era vigilada por los esbirros de una dictadura atroz, que espiaba en la intimidad buscando enemigos que, en la mayoría de los casos, eran producto de la imaginación.

En estos días, la sociedad argentina asiste a una insólita pelea entre el Gobierno nacional y la jefatura de Gobierno porteño, centrado en la “pinchadura” del teléfono de Sergio Burstein, una de las cabezas visibles de los familiares y amigos de las víctimas del cruel atentado que destrozara la antigua sede de la AMIA, en julio de 1994.
Como siempre ocurre en estos casos, la víctima suele ser el que tiene que dar explicaciones, y no los victimarios. Distintas versiones sobre actividades particulares de Burstein se echaron a rodar en las últimas semanas, para ocultar lo inocultable: se interceptaron las comunicaciones entrantes y salientes de uno de los símbolos del irrenunciable pedido de justicia que los familiares llevan adelante desde que la bomba terrorista se llevara la vida de 85 personas y dejara más de trescientos heridos.


¿ Quién llevó adelante estos procedimientos y para qué? Sólo se sabe que el presunto agente encubierto, Ciro James, interceptó las llamadas luego de obtener una autorización judicial de un juez federal misionero, en una causa sobre piratas del asfalto y otra vinculada a un homicidio. Aún se discute si lo hizo a pedido de la Policía Federal o de las nuevas autoridades de la flamante policía porteña.


El argumento de vincular a Burstein con esos delitos suena de por sí extraño y endeble, aunque el mensaje subyacente para toda la sociedad es, tal vez, más importante y aterrador.


Parece, más que nada, un mensaje intimidador hacia todo aquel que critique y sea incómodo hacia el poder o los poderes de turno. Burstein es, en sí mismo, un dirigente conocido, y sus posiciones críticas a los distintos gobiernos nacionales y distritales por su falta de compromiso con la investigación del atentado fueron difundidas largamente por los medios de comunicación.


¿ Para qué espiar los pensamientos de alguien a quien se conoce? La idea, aquí y siempre, es intimidar, generar miedo, dar la sensación de que todos estamos vigilados y, por ende, bajo sospecha.


La comunidad judía en la Argentina tiene una triste historia en ese sentido. Para muchos integrantes de las fuerzas de seguridad en el pasado, los judíos (sobre todo los empresarios o políticos que llegaron alto en la escala social y del poder) fueron vistos siempre como parte de un poder oculto destinado a obtener beneficios desde las sombras.


Durante la última dictadura militar, tanto centenares de jóvenes judíos que abrazaron las causas revolucionarias desde las organizaciones guerrilleras de izquierda, como aquellos estudiantes o trabajadores judíos que simplemente simpatizaban con un cambio social que trajera una sociedad más justa, fueron perseguidos y tratados con especial saña por militares, marinos y policías de distintos rincones del país.


La inteligencia interna del país también estaba, entonces, al servicio de la caza de seres humanos potencialmente peligrosos para el régimen vigente. Y los más de dos mil judíos desaparecidos en el período 1976-1983 son una muestra concreta de ese especial nivel de odio que partió desde los mandos militares y se centró en la comunidad judía de la Argentina.


Se trata, por suerte, de otra época, y hoy en día nadie paga (o nadie debería pagar) con su vida su disidencia con las ideas del poder. Pero es sin duda una mala señal para todos el saber que quien se expone de manera pública en representación de los familiares, muchos de los cuales no pueden salir a la calle para protestar porque el dolor o la desesperanza los paraliza, puede sufrir amenazas y ataques de este tipo.


Hacen falta, y con urgencia, las más extensas explicaciones oficiales que aclaren tanta oscuridad. Sobre todo porque en este especial momento del país no sólo Burstein está siendo espiado o vigilado.


Periodistas, políticos opositores y hasta oficialistas como la ex ministra de Salud, Graciela Ocaña, denunciaron en las últimas semanas que sus llamadas y hasta sus mails son espiados o intervenidos por manos anónimas.


Es fundamental esclarecer los hechos. Para que todos volvamos a sentir que vivimos en una sociedad libre, donde cada uno pueda pensar y decir lo que quiere. Lejos de las macabras especulaciones de quienes quieren controlar hasta los pensamientos de todos en una sociedad democrática.
 
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