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Purificaciones de Iom Kipur Imprimir E-Mail
martes, 29 de septiembre de 2009
Por Isaías Leo Kremer
¿Ante quién nos purificamos, quién nos purifica?

El famoso poeta alemán, Henrich Heine, que nació de padres judíos, guardaba cama por su prolongada enfermedad.

Una vez, en la noche de Kol Nidre, su más intimo amigo, el compositor y músico Mendelsohn Bertoldi, vino a visitarlo y lo encontró deprimido y triste.

Al preguntarle el motivo, el poeta contestó ¿acaso no sabes que hoy es noche de Kol Nidre?


Tócame por favor la melodía de Kol Nidre, le pidió Heine a Mendelsohn, el famoso compositor (también judío converso), empezó a ejecutar la melodía, rompiendo ambos a llorar desconsoladamente por lo perdido al abandonar su fe.

Nobles sentimientos judíos, profundamente ocultos en el fondo de sus corazones, de repente surgieron de sus escondites, donde habían estado olvidados desde hace muchos       años.

Los corazones de los dos judíos conversos, empezaron a vibrar fuertemente, al oír los tonos de la misteriosa melodía de kol Nidre.

En Kipur el judío llega al templo muy humilde, es consciente de lo dura que es la existencia material (más para unos que para otros), pero intuye que la felicidad no depende sólo de los eventuales logros materiales.

Tiene conciencia que la vida en sí, significa algo distinto, para vivir, hace falta pensar, sentir y tener un ideal, ya que si se carece de ideas o de un ideal, ¿qué diferencia tenemos en la escala  zoológica con los demás integrantes?.

Por tanto el judío llega al templo y se inclina diciendo “D” mío, no merecí yo ser creado y ahora que ya fui creado, me parece como si no lo hubiera sido”.

Cuánta idea, cuántos ideales y cuán profunda fuerza moral y ética encierran estas palabras.

Feliz del hombre, que puede llegar a una casa de oración y enunciar esos terminos con fe sincera y con toda la humildad que esta declaración  implica para el ser humano, tan lleno de soberbia vana.

.Inclinar la cabeza frente a una fuerza superior en la que se cree, más allá de las distintas percepciones, es un acto de contrita humildad que, por lo general, no acompaña nuestro diario vivir.

Quizás, en esos momentos, junto a otros hombres, unidos todos en una plegaria común, comprendemos que, aislados somos notas sueltas de una perdida melodía, que sólo puede ser ejecutada cuando aunamos nuestros sentimientos, más allá de intereses particulares.

Tal vez en ese momento, percibimos que para el judío, es importante vivir rodeado por sus propios valores judaicos y considerarse a sí mismo como parte integrante de nuestra    tradición y nuestra historia.

Tomar conciencia de nuestra propia finitud y de la gran maravilla que el supremo ha creado a nuestro alrededor, nos hace propiamente pensantes y conscientes de nuestras limitaciones..

Leemos ”Que es el hombre, o el hijo del hombre

                Que es el hombre, o D”, que es el hombre

          ¡ D”que es el hombre para que goce de tu amor

          o el hijo del hombre para que merezca tu atención

         El hombre se asemeja al hálito que se exhala

         Sus días son efímeros cual sombra que se esfuma”.

El ser judío, en estos días sagrados para la liturgia, tiene la posibilidad, quizá por vía del milagro de la plegaria, de instalarse frente a categorías superiores del pensamiento, como no lo hace en su vida diaria.

Oír la melodía del Kol Nidre o el clamor angustioso del shofar, no deben servir para aturdirnos aún más, sino para recobrar esa lucidez que creímos perdida y que es necesaria, para insertarnos en armonía con los hombres y las circunstancias que nos rodean.

Nuestros sabios, han tenido éxito al separar los sacrificios de las plegarias que los acompañaban, lo que no sé es si nosotros sabremos separar de las mismas la intencionalidad espiritual que conllevan.

Si cada feligrés en un templo, o en su hogar, puede llegar a captar la profundidad de la intención presente en las oraciones, habrá captado ese resplandor de la chispa divina, que animara a nuestros padres durante tantas y tantas generaciones.

El problema radica, por mucho que nos emocionemos frente a un Kol Nidre (u otro párrafo litúrgico), en que sabemos que nuestros hábitos de hoy, no nos predisponen para vivir vidas más significativas en un futuro inmediato.

Es más aún, podemos tomar esos momentos, como un tipo “service” que hacemos a nuestras conciencias, una vez al año, con ello quedamos “puros y limpios” para seguir con nuestra vida habitual..

Nadie puede ser juez de otro y eso es una terrible responsabilidad, ya que debemos ser jueces de nuestra propia conducta, si es posible, sin auto indulgencias.

¿Es que realmente, alguno de nosotros, cambia de hábitos después de la noche de Neilah (cierre del Día del Perdón), creo que no es así, aunque no puedo opinar por los demás

A nivel personal, habiendo dejado de ser observante, creo que mi conducta debe pasar por un mayor acercamiento a los demás, mi día del perdón tendrá sentido si logro ponerme en el lugar de aquel hermano que, a mi lado, está sufriendo y yo, pudiendo ayudarlo, no lo he hecho hasta hoy.

 Mi Kol Nidre tendrá sentido sólo cuando mi ser esté abierto a los requerimientos de mis semejantes, cuando mis hijos encuentren en mí, nuevos diálogos  para recrear, cuando mi esposa halle en mi, motivos para renovar su amor, cuando cualquier semejante, de cualquier color, raza o religión, pueda encontrar en mí un apoyo, después de estas plegarias que hoy mis labios pronunciarán.

Es de esperar que el espíritu de este Día del  Perdón, llegue a los corazones de los que, con mayor o menor apego, se aferran a las plegarias milenarias con fe sincera.

De ese modo, comprenderemos que la melodía debe ser ejecutada entre todos, pero que cada uno de nosotros es, a su vez una melodía a ejecutar y que es nuestra responsabilidad, si ésta quedara inconclusa.

El milagro de la vida es demasiado importante para que lo desperdiciemos sin tener un objetivo moral; a nosotros, seres supremos del siglo 21, que todo lo podemos, algo o alguien, debe recordárnoslo permanentemente.

Hay un suave murmullo que se percibe entre el sonido del shofar y la melódica entonación del Kol Nidre; deseo que todos seamos capaces de percibirlo; esa voz queda y suave trae un mensaje, no lo desperdiciemos.

¡Qué estemos inscriptos en el libro de una vida plena!
 
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