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Mundo Israelita Premiado

 La Dra. Corina Schwartzapel ha sido distinguida con una mención especial por el jurado de los Premios Dr. Héctor Bergier que otorga la Asociación Médica Argentina, por el importante aporte a la difusión de los temas de salud que realiza por medio de su columna "Ciencia / Salud - Una puerta abierta al conocimiento".
El acto de entrega de los diplomas, se llevó a cabo el día 10 de Diciembre a las 19 hs. en la sede de la AMA, Santa Fe 1171, 1º piso.
Compartimos este premio con todos nuestros lectores.


Elisafan de Samarcanda Imprimir E-Mail
jueves, 03 de septiembre de 2009
Por Isaías Leo Kremer

 Entre las aficiones o defectos que he adquirido a lo largo de mi vida figura el de ser un obsesivo lector y compulsivo comprador de libros.

No siempre leo lo que compro y cada vez la distancia entre las dos actitudes es mayor, o sea, compro más y leo menos.

Junto a esas tendencias sumo otras más o menos convergentes o no, según la época de mi vida, como ser escribir, enseñar, publicar o tomar cursos de disciplinas totalmente ajenas al quehacer intelectual.
Por lo antedicho es que soy habitué a cuanto lugar se expongan o vendan libros, llámense librerías, editoriales o ferias de antigüedades en que, muchas veces, capta mi atención algún viejo volumen que me atrapa deliciosamente entre sus páginas.

Fue en una de esas ferias de antigüedades o vanidades en que viejos libros lloraban amarguras junto a sifones rotos y cristales empañados, en que un tomo del montón atrajo mi atención.

Encuadernado en cuero rústico, hojas amarillentas, olores rancios, bailaban sobre sus páginas mis queridos caracteres hebraicos, pero para mi desazón no podía entender el significado de las palabras.

Asustado por lo que creí repentina falla de mi vista o desconexión neuronal, lo acerqué a mis ojos, tratando de descifrar el texto, leía las letras pero no comprendía el significado de las palabras.

En eso estaba cuando el vendedor que observaba desde su puesto y veía las letras al revés, recitó algo, según creí, pero su dedo siguió la línea y aparentemente leía las letras en hebreo en espejo, aunque lo que decía era totalmente incomprensible para mi.

Levanté mi vista del texto para ver “al lector” y grande fue mi sorpresa al verlo.

Un hombretón gordo con rasgos mogoles, pómulos altos, piel amarillenta y blanco bigote manchado de viejos tabacos, cabeza rapada, ojos oscuros, profundos y achinados.

Su vestimenta vulgar, con los pantalones terminados dentro de gruesos borceguíes y un cordel sobre su camisa que ondeaba fuera del pantalón de color indefinido.

Mis preconceptos actuaron, llevándome a pensar en un atuendo para atraer curiosos o compradores y mi prejuicio me hizo creer que sería otro vendedor bruto o ignorante, pero estaba el tema de su lectura inversa que daba al traste con mis prejuicios y preconceptos.

El vendedor me miró sonriendo y me espetó un:”¿eres yahudi?”(¿eres judío?), le respondí afirmativamente y me apresté a oír algunas mentiras sobre su amor a los hebreos, pero en cambio oí un,”yo también, soy Elisafan de Samarcanda”.

Asombrado, atiné a preguntar: ¿cómo leía usted en hebreo al revés?, ¿qué palabras pronunciaba que yo no lo comprendía? Su risotada, su aliento a alcohol y tabaco golpearon mi rostro, me percaté de lo surrealista que para mí era toda la situación.

Menos mal que un transeúnte lo distrajo un momento para comprarle un viejo reloj Cu-Cu sin funcionar, eso me dio tiempo a recomponerme e iniciar una nueva ronda de preguntas al vendedor parecido a Taras Bulba

-¿Eres judío?, pregunté. -Si lo soy. -¿De dónde provienes?- De Samarcanda. -¿Por qué lees al revés. -Así lo aprendí.  -¿Qué idioma es el que lees en letras hebreas”.-El tadji. -¿Tu nombre?-Elisafan Ibn Daud..

Eran muchos elementos nuevos para incorporar de golpe en mi mente, decidí invitar al hombre calvo a cenar cuando cerrara su puesto.

Quise adquirir el libro en hebreo al precio que dijera, mas ante mi sorpresa me dijo que no estaba a la venta y que luego me explicaría el porqué.

Volví a la feria a la hora del crepúsculo, mi nuevo amigo estaba acomodando sus bártulos en canastos que, a su vez, eran guardados en un remolque hasta el próximo fin de semana en que reabriría la feria de antigüedades.

Elisafan subió a mi vehículo, haciendo crujir la butaca con su corpachón, pude observar su talla y corpulencia, así como sus manos enormes y endurecidas por arduos y prolongados trabajos de campo.

A su pedido, fuimos a una fonda bastante sucia con mesas en la vereda, agradecí el hecho pues en el interior, el olor a fritanga me hubiera descompuesto.

Era hora de dejar hablar a Elisafan, quien había traído el libro que tanto llamara mi atención en un principio.

Relato de Elisafan: nacido en Samarcanda, en el seno de la comunidad judía a quienes se llamaba”djedides” (judíos), su origen se remontaba según él a los judíos “áfridas” (de Efraím) que poblaran Afganistán, pero su familia residía en Samarcanda y conservaban usos y costumbres de la época musulmana, pese a haber nacido él bajo el imperio del gobierno ruso, después de que éstos sometieran al reino musulmán.

Según Elisafan, en su ciudad vestían aún con cordel a la cintura, pues así estaba establecido para los judíos por los musulmanes que los obligaban a vivir disminuidos y discriminados anteriormente a la llegada del gobierno comunista a la región.

Elisafan pidió al mozo una botella de vodka, tomó un vaso cual si fuera agua, me convidó una copita y me quemé la garganta, cuando recuperé el aliento ante sus carcajadas, supe que no bebería más por varios días gracias a ese ardor.

La educación de los “djedides” era estricta, con un único ejemplar de las escrituras para muchos alumnos, al ser Elisafan el más alto de su grupo, le tocaba estar frente a los más pequeños que tenían el libro ante si, por tanto él debió aprender las letras “vistas de frente”, así como otros niños las veían desde los laterales y las contemplaban de otro modo.

De todas maneras era elemental el aprendizaje que tuvo en idioma “tadjik”, pero según él, salieron de esas aulas grandes sabios del judaísmo que brillaron en Bukara y aun en Jerusalem.

El libro que yo había observado era un tomo de poesías  de Yosef Yahudi de quien Elisafan me leyó algo que no entendí, pues el idioma tiene componentes persas, uzbecos, turcos etc, pero me apasionó que estuviera escrito en caracteres hebraicos, tal como se escribiera el idish,el dzhudezmo o el romaniota.

Elisafan era un niño cuando fue llevado por la familia a otra región debido a la presión de los “yevseks” (judíos asimilacionistas del partido comunista ruso), con la mala suerte de llegar después de largo trayecto a Sebastopol en Crimea, donde tenían parientes crimchakis (judíos tártaros) que les darían asilo y protección.

Llegaron en el peor momento, los nazis habían tomado la ciudad y prontos a eliminar a los judíos, comenzaron los fusilamientos, ayudados por los pobladores locales.

Los germanos distinguían entre crimchakis y karaítas, considerando a unos como judíos y a otros como  no judíos de fe mosaica.

La familia de Elisafan no era ni de uno ni de otro grupo, en el desbande perdieron los niños contacto con sus padres.

Elisafan y su hermano Bezalel quedaron solos en medio de la gran devastación.

Ambos niños fueron arrastrados a graneros, pozos, aljibes, muelles, casas de citas y demás hasta un puerto que Elisafan no recuerda.

Solo sabe que su hermano le pidió ocultara su origen “djedid” (judío).

Un carbonero de buque accedió a llevar a Elisafan y un pesquero turco a Bezalel, no valieron las lágrimas de los pequeños y fueron separados en la vida, no volvieron a encontrarse, ni ellos ni miembro alguno de su familia.

Habían traído la comida, Elisafan no comía, devoraba, sus manos llenas de grasa, la ropa salpicada con el vino, hablaba con la boca llena y sus modales eran inexistentes, reconozco que me sentí avergonzado que me vieran en tal compañía

Me relató muchas cosas más, algunas trascendentes, otras no. Al término de la cena, mientras fumaba un maloliente cigarro, ofrecí llevarlo a su casa, sin tener idea de dónde se encontraba ésta.

Fue un largo viaje, durante el cual me contó de su llegada al puerto de Buenos Aires y los innumerables pesares sufridos por el niño, cuyo único idioma era el tadjik y algo de ruso.

Por fin llegó al Chaco y una mujer indígena se conmovió de su desamparo, lo incorporó a su prole y Elisafan pasó a ser parte de la humilde familia, también sometida y humillada por los poderosos del lugar.

Así se hizo Elisafan hachero, recolector de algodón, domador y tantos otros oficios que le permitieran conseguir el plato de comida diaria.

Los recuerdos de Samarcanda, Crimea, el tadjik que quedara en ese libro que ni él sabía por qué había quedado en sus manos, eran una nebulosa de recuerdos pertenecientes a otra vida, lejana y perdida.

Tuvo mujeres varias e hijos dispersos, hasta que ya anciano, recaló en Buenos Aires y la memoria le alcanzó una ristra de recuerdos respecto a su vida anterior.

En función de eso, canalizó su esfuerzo en pos de viajar a Israel, donde suponía estaría su hermano Bezalel, perdido en el tiempo, allá lejos en el oscuro puerto de embarque asiático.

Acudió a la comunidad judía, pero su caso no interesó, acaso fuera su aspecto lo que no convenció a los burócratas que estaban frente a un sobreviviente del tronco de Israel.

Lo llevé hasta donde moraba, un asentamiento sobre maloliente riacho en terrenos de basura compactada y hedionda, con la promesa de un pronto reencuentro.

En el viaje de retorno meditaba sobre él, ¿qué tenía en común conmigo?. ¿De qué podíamos hablar?. Era impresentable por su falta de modales y, en realidad, estábamos en órbitas diferentes y en mundos separados; no debería volver a verlo, excepto para saludarlo ocasionalmente, ésa fue mi decisión.

Pasaron días o semanas, no recuerdo, en una siesta me vino a la memoria un relato jasídico de mi padre, era sobre el Baal shem Tob y según recuerdo el santo pedía ver quién sería su compañero en el “OLAM habah” (mundo por venir).

Se le mostró a un hombre grandote y obeso que comía sin parar, su gordura excedía todos los límites, no sabía  las escrituras y sólo vivía para comer.

El Baal shem se sintió ofendido y clamó al Supremo; ”¿Qué mérito tiene este gordo para estar a mi lado en el mundo venidero?”

Una voz en las alturas comenzó a relatar el testimonio del hombre obeso: “Yo era niño, salí con mi padre, un judío trapero de baja talla y mirada buena que a nadie hacía daño alguno.

Nos encontraron dos cosacos, decidieron divertirse a costa del judihuelo, lo ataron a un árbol, mi padre clamaba: soy un trapero, no un trapo, ¡suéltenme!, los gritos acicatearon a los asesinos.

Decidieron prenderle fuego al judío, lo hicieron, sus risotadas herían al cielo y frente a mí, en pocos minutos, mi padre, pequeño y bueno, se hizo humo y cenizas.

Yo lo vi todo, por eso decidí ser un hombre grande y gordo; si alguna vez los cosacos decidieran prenderme fuego, será un fuego grande, las llamas harán nubes y en mucho tiempo arderá el judío..., ésa será mi plegaria y mi clamor al Altísimo”.

Terminada la voz de las alturas, el Baal shem cayó al suelo llorando e imploró: Amo del universo, ¿qué méritos tengo yo para estar junto a este hombre santo en el mundo venidero?

Creí que había un mensaje en este relato, lo relacioné con Elisafan a quien había decidido no ver por su aspecto y modales, dejando de evaluar sus cómos y porqués.

Volví a la feria, Elisafan estaba allí con sus cacharros y su apariencia de Taras Bulba, ya no me pareció desagradable, el cambio no había ocurrido en él sino en mi interior.

Le pedí todos los datos posibles sobre su terruño, sobre su hermano, padres etc.

Presuroso volví a mi casa, me senté frente a la computadora y envié mensajes electrónicos a Israel, al museo de las colectividades de Tel Aviv, al centro de documentación de Rehovot y a otros sitios en que pudiera hallar parientes de Elisafan o de Bezalel Ibn Daud.

En la semana me llegaron respuestas y preguntas diversas, hasta que el séptimo día un hijo de Bezalel Ibn Daud contestó mi correo electrónico.

No vale la pena contar lo que sobrevino, Elisafan y Bezalel pudieron hablar en tadjik desde el teléfono de mi casa ante la emoción de todos nosotros.

Combiné en hebreo con el hijo de Bezalel los pormenores de un viaje y como Bezalel tenía familia, decidimos que Elisafan viajara a Israel.

Conseguí ropa más decente para Taras Bulba y lo llevé al aeropuerto.

A punto de embarcar, el hombretón duro me miró emocionado, me dio un abrazo de oso que casi me descoyuntura. ¡Gracias hermano yahudi!, dijo con lágrimas impropias de ese  duro rostro mogol. Me dejó su libro en tadjik, él ya no lo precisaba y aunque no puedo comprenderlo, es mi recordatorio de ese hermano lejano Elisafan de Samarcanda, gajo perdido tanto tiempo, retoño tardío del viejo tronco de Jacob, del cual yo también soy un brote.
 
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