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Torpezas y miserias de la nueva izquierda latinoamericana Imprimir E-Mail
lunes, 24 de agosto de 2009
La reciente visita del canciller israelí, Avigdor Lieberman, otorgó una renovada oportunidad para ver en acción a la miopía de la denominada nueva izquierda latinoamericana, esta vez en su versión argentina.

Grupúsculos de izquierda, como Convergencia Socialista, pero también sectores afines al Gobierno y hasta diputados del denominado centro progresista aprovecharon la visita del canciller para criticar en duros términos a Israel, acusado de “Estado genocida” y de “imperialista” por sus políticas frente al problema palestino.
Increíblemente, el propio Gobierno nacional se sumó a la ola de críticas o, al menos, no recibió a un dignatario del Estado de Israel con los honores que merecía, más allá de las conocidas posiciones de halcón de Lieberman en el contexto de la difícil y siempre volátil política israelí.

Primer y fundamental dato: La presidenta Cristina Kirchner no recibió en su despacho a Lieberman, la visita del gobierno israelí hacia América latina más importante en más de una década, sin duda influenciada por sus convicciones y el consejo que nunca falta de algún asesor sin visión internacional de largo plazo.

El canciller Jorge Taiana sí recibió a su par israelí, pero, luego del encuentro, sus voceros afirmaron que le había transmitido al miembro del gobierno de Biniamín Netanyahu su “preocupación por la situación de los palestinos en la Franja de Gaza”, que, dicho sea de paso, está siendo gobernada por el fundamentalismo terrorista de Hamas desde hace tiempo.

El desaire presidencial no impidió que Lieberman firmara un importante convenio de inversiones con el gobernador bonaerense Daniel Scioli y que se reuniera con industriales nacionales, pero desde la máxima jerarquía del país surgieron voces al menos discordantes.

Al margen del episodio argentino, cabe preguntarse, como cada vez que ocurren estos hechos, cuánto antisemitismo larvado se esconde detrás de las críticas a Israel. En Argentina es difícil diferenciar antisemitismo de antisionismo: las marchas contra Israel de los grupos de izquierda incluyeron ataques personales a empresarios judíos, como Eduardo Elsztain, y quienes fueron atacados en plaza de Mayo por manifestantes de izquierda, durante un acto por Israel eran, en definitiva, judíos.

Ciertamente, no es un odio o un prejuicio privativo de la Argentina. El venezolano Hugo Chávez hace gala, cada vez que puede, de su agresividad contra las instituciones judías de Venezuela, que muchas veces no denuncian los agravios por temor a una represalia mayor. Mientras tanto, Chávez sigue sosteniendo su alianza con Irán, encargado de esparcir el veneno antisemita en el mundo y, últimamente, en el continente.

A gobernantes se suma la inestimable colaboración de los intelectuales, que no pierden oportunidad de criticar a Israel para ganar puntos en el espacio del supuesto progresismo.

El fallecido Mario Benedetti era uno de los ejemplos, y José Saramago es quizá hoy uno de los máximos exponentes de ese odio ancestral disfrazado con palabras rebuscadas. A ellos, y a muchos otros, podría aplicarse la certera definición que Osvaldo Bayer dio alguna vez sobre Jorge Luis Borges: “Fue un genio, pero no un sabio”.

Es decir, no porque lo diga Saramago podemos aceptar que se compare al ejército de Israel con el nazismo. No porque Chávez, el presidente ecuatoriano Correa o el boliviano Evo Morales se autodenominen de izquierda y ataquen a Israel, debemos aceptar que los valores humanos, de solidaridad y desarrollo en paz, queden en sus manos y no en la de miles de israelíes y judíos que cada día trabajan por un mundo mejor.

Tampoco es aceptable negar que hay en el pueblo palestino centenares de dirigentes terroristas que sólo desean su destrucción, y que utilizan la violencia asesina como método para obtener rédito político.

Decía Jean Paul Sartre que el antisemitismo era un problema de los antisemitas, no de los judíos. Y tenía, como casi siempre, mucha razón.

Tal vez este ícono del mayo francés y las revueltas juveniles de los años sesenta deberían ser releídos por la izquierda boba que tiene tantos adherentes en Latinoamérica, y que sigue enarbolando banderas de odio sin entender el multifacético fenómeno israelí. Un país con lugar para judíos y no judíos, la izquierda y la derecha, laicos y religiosos.

Pero tal vez pedirles ese análisis sería demasiado.

A la izquierda latinoamericana, por cierto, siempre le ha servido dividir al mundo entre buenos y malos. Así le ha ido, y así le irá en el futuro.
 
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