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Geografía y familia Imprimir E-Mail
miércoles, 05 de agosto de 2009
Por Ricardo Feierstein

En estas semanas se distribuye en librerías el último título de la Editorial Acervo Cultural: “Desde adentro y desde afuera: dos excursiones por la cultura judeoargentina”, del norteamericano Stephen Sadow (“Memoria de la cultura judía latinoamericana”) y Ricardo Feierstein (“Memoria personal de Buenos Aires”). La cuidada edición incluye dos suplementos de ilustraciones en color: uno despliega obras de artistas judíos latinoamericanos y el otro una serie de “Imágenes para porteños nostálgicos”.

Reproducimos a continuación uno de los textos de Feierstein, de carácter narrativo-antropológico, sobre la identidad barrial y judía de una familia. Forma parte de una veintena de textos que, divididos por décadas, trazan un retrato abarcativo de los últimos sesenta años de una experiencia judeoargentina que puede resultar arquetípica para muchos lectores.

El grueso de mi familia de sangre estaba concentrada en treinta cuadras de Villa Pueyrredón y sus alrededores. Ahora, se desparraman -como “judíos errantes” o, más precisamente, personas posmodernas y globalizadas- por alrededor de veinte mil kilómetros. Lo que va de ayer a hoy.

Con los tíos y paisanos, entonces, las reuniones eran de otro tipo. Melancólicas, diría. Comenzaban a hablar varios a la vez, generalmente en idish. De a poco, luego de bromas y novedades, la botella de guindado o licor fuerte pasaba de mano en mano, así como galletitas que acercaban las solícitas mujeres. Un cierto silencio invadía el lugar. Alguien mencionaba el nuevo dato, terrible, sobre una persona que yo desconocía. Otro agregaba un comentario. De pronto, en cierto momento, uno de los presentes se quebraba y comenzaba a gemir. El que estaba hablando en ese momento, impresionado, tenía también un ataque de llanto.

Sentado en un rincón, ajeno a la evocación y a una parte del idioma, yo miraba sin entender ese dolor ajeno, intransferible, machacado una y otra vez sobre el pueblito desaparecido bajo los nazis, la sinagoga incendiada, los cuerpos de tías y primos y amigos, niños y mujeres y ancianos, transformados en cenizas. Un mundo desaparecido entre la bruma y el horror de la distancia. “Mendl pasó por allí el año pasado -dijo una vez el tío Abrumche- y contó que nuestro shtetl ha desaparecido. No quedó nada ni nadie. Ruinas, polacos y barro. Nada más.” Y era otra vez el silencio, sólo interrumpido por un sollozo ahogado, como si alguien se estuviera asfixiando en esa triste habitación de mi casa.

Las treinta cuadras se desarrollaban sobre el eje de la Avenida Mosconi (y pasan los años y pasan los libros y no puedo desprenderme de ese territorio de mi infancia, la patria del corazón). Nosotros vivíamos casi en la esquina del cruce con la calle Cuenca, en uno de tres terrenos iguales que una familia entonces aristocrática -Dubarry, o algo así- construyó, junto a decenas de inmuebles similares en los barrios humildes de Buenos Aires, para alquilarlas a miles de nuevos inmigrantes que llegaban a la Argentina. Por la misma dirección y cruzando la Avenida San Martín se llegaba rápidamente a la maravillosa Plaza Devoto, en uno de cuyos costados un venerable edificio albergaba la gran biblioteca donde pasé muchas de mis tardes, enfrascado en el placer de la lectura que sólo atraviesan quienes vislumbran la esencia de ese goce: encontrar, en las páginas de un texto, lo que no sabíamos que estábamos buscando.

A unos sesenta metros de mi casa, cruzando la esquina y sobre la misma avenida, se levantaba la Galería Aconcagua, un proyecto faraónico para este barrio y cuyos locales nunca pudieron progresar pero que, en lo que hace al sector de viviendas, logró vender los cincuenta departamentos del edificio que construyeron encima. En el segundo piso habitaba uno de mis tíos paternos, con esposa e hijos. Dos pisos más arriba una tía materna, también con su familia. Ambos, llegados a esa geografía urbana por recomendación de mis padres, los más antiguos en aquella zona tranquila y de casas bajas, con algunas calles todavía sin asfaltar.

También vivió allí, en un departamento del sexto piso y durante algunos años, otra tía materna pero, por razones dolorosas que no viene al caso mencionar, decidió mudarse a otro inmueble sobre la misma avenida, pero veinte cuadras más allá, cuando ya la avenida se llama Olazábal y estaba casi, casi llegando a Triunvirato. Antes aún, en la época de niñez compartida con primos y domingos con partidos de fútbol en la única casa que poseía televisión (en blanco y negro, por cierto), ellos vivieron un tiempo en la calle Burela -a mitad de camino-, es decir, más cerca aún. Una casa de bajos, en los fondos de un largo terreno, que cerraba la medianera con un galpón donde mi tío fabricaba grampas para amurar cables telefónicos.

Otro tío materno, con mujer e hijos, volvió en esa época de una experiencia de vida en San Pablo, Brasil, y se instaló en un departamento al frente, planta baja, en el pasaje Juan Pablo Duarte. Estaba a una cuadra de la Avenida Mosconi y a dos de mi casa.

Mi hermana Susy, en cambio, fue algo más audaz: al casarse, fijó nuevo domicilio en Helguera y Francisco Beiró, algo así como quince cuadras del domicilio paterno, invadiendo los límites de Villa del Parque. También en Villa del Parque vivía mi tío paterno menor y su familia -en Nazca y César Díaz- y allí se realizaban las reuniones tribales, cada sábado, sin falta. Otro tío mayor se había instalado -audazmente- en Condarco y César Díaz, a dos cuadras de distancia.

La distancia geográfica -o la falta de ella- modificó también la relación familiar. O quizá fue su consecuencia. Ya no sólo fuimos dueños de las calles del barrio, sino de todo el radio comprendido por nuestras viviendas, sumando el eje de influencia de cada primo, en nuestro caso, y de sus correspondientes amigos. Como efímeros terratenientes, nos sentimos patrones de toda una zona de Buenos Aires bajo nuestras correrías. Así como dicen del bebé bien amamantado durante mucho tiempo por su madre,  si había algo que nos sobraba a nosotros, en esos tiempos, era seguridad.

Mi pasado no tiene futuro, es sólo eso: pasado. Extraño a mi avenida Mosconi de infancia y juventud, pero ya soy otro. No puedo realmente volver a esos vecinos, casas y veredas que cobijaron mi etapa formativa porteña y a los que no quiero olvidar.

¿Cómo conciliar esa certeza infantil que proporcionaban geografía y familia en mi Villa Pueyrredón natal y sus alrededores, hasta la Plaza de Villa Devoto por un lado y la fraterna Villa del Parque por el otro, con la seguridad buscada de adulto, en un lugar del instante actual, sin que una anule a la otra? Quizás se trate sólo de una regresión a la infancia, para refugiarme del pavor de haber madurado.
 
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