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Zulem Imprimir E-Mail
lunes, 25 de mayo de 2009
Por Isaías Leo Kremer

Supongo que desde siempre , el hombre ha tratado de evocar y trasmitir el recuerdo de una persona, de un evento, o de una sensación, en el intento por traducirlo en palabras, nacería en unos el lenguaje poético, la melodía, el cuadro o la escultura en otros.

Desde ya que es imposible la evocación y trasmisión plena, ¿cómo se hace para evocar con exactitud a Moisés bajando de la montaña sagrada, o tal vez a Jesús en la cruz?.
Sin embargo,  la impronta o el impacto que algunas personas o hechos  provocan, han dado a luz las más bellas obras que el ser humano ha creado, a veces. Trascendiendo el hecho que le dio origen y logrando objetivos sublimes.

Trataré de trasmitir sobre alguien que no conocí, ni siquiera  oí  hablar, ni vi su rostro, pero de algún modo, tal vez inusual, llegó hasta mí.

Fue en la década del 60/70, estaba haciendo una pasantía universitaria que consistía  en determinar presencia de festuca patagónica (pastura útil) en la provincia de Río Negro, era más que aburrido, pero mis ansias de aventura me llevaron a aceptar, ya que la elaboración del informe posterior sería mi trabajo de promoción para la materia en curso.

Por otra parte, cada vez que se planteaba la posibilidad de viajar, fantaseaba con mil aventuras amorosas y exóticas féminas aguardando por mí, casi siempre me he visto frustrado, pero insistía una y otra vez hasta que mi matrimonio me sosegara poco tiempo después de estos hechos.

A la sazón había llegado a San Antonio, para colmo era después de Pascua y pese  a que yo no hacía festejos, era una semana en que yo no comía pan ni derivados de harina o leudados.

No era eso mayor problema, mi madre me había provisto de matzah (pan ácimo) con el que acompañaba mis mateadas y comidas.

Al llegar a San Antonio, por un concurso de pesca o algo así, no había alojamiento disponible, sólo encontré una posada en la que me ofrecieron cama en una habitación que disponía de dos, una de las cuales ya estaba tomada por otro muchacho joven como yo.

La alternativa era dormir en la camioneta, opción no muy agradable dados mi agotamiento y la temperatura exterior ,por eso acepté lo que me ofrecían.

A la hora de la cena,  me sirvieron carne asada (único menú), saque mis tabletas de matzah en reemplazo del pan y disfruté la comida.

En una mesa vecina departía con otros el joven que tomara la cama vecina a la mía. Apenas lo observé, rostro mestizo, de sangre mapuche pero extrañamente con ojos claros y nariz prominente, de todos modos mucho no me interesó, no era objeto de mi interés.

Di las buenas noches a todos como se acostumbra en el interior del país y me fui a dormir.

Estaba absolutamente dormido, cuando sentí unos ruidos y curiosamente entró en mi sueño o semi vigilia una melodía jasídica que mi padre solía cantar cuando regresaba del templo los viernes por la noche, la rememoré y con ella la figura de mi papá, a quien había perdido siendo niño unos años atrás.

Dormí profundamente, al levantarme, mi compañero de cuarto estaba en el baño, pared por medio, aparentemente se estaba afeitando y tarareaba una melodía que era la misma que había entrado en mi sueño y cuyo origen conocía.

Me levanté, fui al comedor, pedí agua caliente para hacerme el mate, también pedí manteca, unté una tableta de matzah y comencé a desayunar.

En la mesa vecina estaba mi compañero de cuarto observándome, después de un rato, se acercó a mí y amablemente me preguntó por el matzah que yo comía, yo haciéndome el interesante respondí:”es una larga historia”.

Di por terminado el diálogo, pero me pareció haber estado descortés y ofrecí al joven degustar la matzáh, insólitamente aceptó y me dijo:”a mi me gusta agregarle sal”.

Quedé atónito, quería decir que había comido matzah antes, aproveché y le pregunté sobre la melodía que tarareaba al afeitarse, se rió con una sonrisa amable y  me dijo:”es una larga historia”

Ya la festuca patagónica podía esperar, acerqué el mate y la matzah a su mesa y tratándolo de vos le relaté el origen y costumbres sobre la ingesta del pan ácimo, él me dijo que algo sabía por relatos de su padre quien una vez al año hacía matzah y le daba a él y a su hermana.

La pregunta de rigor: ¿eres judío?, no lo era pero si lo había sido su padre , el se llamaba José Weche Zak, me aclaró que tenía el apellido paterno y materno.

Pregunté por la melodía y evidentemente era una letanía que su padre entonaba y que su hijo había aprendido y repetía.

Pregunté por su papá, me dijo que era fallecido ya que su nombre era Zulem Zack,lo cual me desorientó más aún, pues no me pareció nombre judío ni por asomo.

Visto en detalle, mi contertulio tenía predominantes rasgos mapuches, excepto ojos claros, nariz prominente y manos con dedos largos y finos junto a una manera de gesticular muy particular, aparte su talla muy superior a la media de los mapuches, pero la mezcla de sangres puede provenir de otros orígenes, no necesariamente judíos.

Cuando le comenté que seguía viaje hacia Valcheta y Makinchao me insistió en que cerca del desvío desde el mar hacia el continente, estaba la morada de su madre y que allí quedaban cosas de su padre que podrían resultarme de interés.

No le hice caso, fui a los lugares que debía recorrer, el panorama era desolador, viento, tierra, pedregullo y desierto, me cansé buscando entre chivos y ovejas flacas algún pasto interesante, pero si lo hubo alguna vez, se lo habrían comido ya, igual arranqué yuyos que desconocía y los coloqué delicadamente en el herbario que estaba preparando, para testimoniar que había cumplido con los términos de mi pasantía.

De regreso a San Antonio, recordé la charla matutina y al llegar al recodo que vuelca hacia el mar, me aparté unos pocos kilómetros hasta un caserío de pocas viviendas, que si tenía un nombre, estaba borrado en un cartel que hacía equilibrio para no ser arrastrado por el fuerte viento patagónico.

No fue difícil dar con la casa de María Weche Zack, de adobe grueso, blanqueada a la cal, corral  de espinos con unos chivos adentro, aves de corral dispersas, unos cuantos perros flacos y una impresión de miseria general, que a punto estuvieron de hacerme desistir de la visita, pero la melodía jasídica sonaba en mis oídos y en mi mente, la curiosidad pudo más.

Me atendió una mujer mapuche muy bajita, joven aún y tal vez agraciada, estaba cocinando un guiso o equivalente en un caldero, sobre brasas que cantaban su crepitante canción en medio del patio con sillas de palo burdamente cortadas.

La puse en antecedentes de mi charla con su hijo y mi curiosidad por el padre, la señora me invitó a sacarme el polvo del camino en la bomba de agua, mientras me ensillaba unos mates.

Poco podía decirme, era oriunda de Ingeniero Jacobacci, en donde hacía una punta de años se presentara a su padre un extraño que solicitaba una mujer para formar pareja.

El padre de María quedó bien impresionado por el forastero, creyó en sus buenas intenciones, recibió una serie de regalos y María llegó en ancas de caballo a la casa en que ahora yo la visitaba.

Me contó de la bondad de su marido, que nunca se emborrachaba ni la castigaba como los demás hombres hacían con sus compañeras.

Habló sobre sus hijos que ya habían hecho rancho aparte pero que amaban a Zulem, su padre, y éste siempre los trató delicadamente hasta el día de su muerte.

De su origen, poco sabía, sólo que había llegado de Europa, sólo sin idioma y que su trabajo era con los chivos, las ovejas, venta de lanas, cueros etc. y que también solía ir al mar a pescar y salar pescado para el sustento.

Objetos de él no quedaban, excepto pilchas, herramientas y un libro del que no se separaba.

Me disponía a retirarme cuando María pasó a otra habitación y volvió con un manto ritual y un libro , en cuya tapa estaba grabado con letras hebreas la palabra “Sidur” (oraciones de todo el año).

Ya no pude moverme, quise observar el libro, al hacerlo vi que estaba escrito  en la contratapa así como en hojas interiores.

La escritura manuscrita era en idish, con letra prolija y ordenadamente. Al ver que lo estaba leyendo. María me ofreció lo llevara, pues nadie allí podía leerlo, acepté llevarlo a condición de devolverlo al día siguiente,   María creyó en mi buena fe y me lo cedió.

El libro había sido publicado en Shedlitze (Polonia) en 1889 y las acotaciones del tal Zulem me impidieron conciliar el sueño hasta altas horas de la noche.

El nombre del extinto era Scholem Zack hijo de Asher Zack (seguramente pronunciaba Schulem, de ahí el Zulem) y anotó en hebreo su genealogía remontándola hasta el rabino Najman de Bratislava, en ese momento comprendí el apellido, pues las letras hebraicas que dan origen a Zack, son las dos iniciales de “simiente sagrada” y eso era patrimonio de la familia de Zulem o Schulem.

Luego estaban anotados los nombres de sus hijos (cinco) y de su mujer, después de cada nombre, las letras Z L que son las que indican que su memoria sea bendita, pues están fallecidos

Hay un parrafo desgarrador donde lamenta el destino de su progenie, destinados a ser grandes sabios y conductores espirituales de la comunidad que ahora yacen en sus tumbas sin haber podido crecer y fructificar en vida.

Están mencionados lugares geográficos, muchos que desconozco como Kalushin, Tver, Lukyanova, Yolansk, Minsk, Lodz, Varsovia, , donde estuvo en prisión por comisarios zaristas, falangistas polacos, comunistas rusos y por último por los nazis.

No hay mención sobre las circunstancias en que fallecieron o son asesinados sus hijos ni sobre los sufrimientos o castigos recibidos a mano de sus perseguidores, es como que no quiso agraviar el texto sagrado con esas descripciones.

Sobre la oración fúnebre que se lee en el libro ritual, volvían a aparecer los nombres de su mujer e hijos, cual si temiera olvidarlos mencionar en cada oportunidad en que lo leía, o por si su memoria le fallara y no le trajera a sus labios el nombre de alguno de ellos.

No había más anotaciones trascendentes, excepto una pequeña columna con tres nombres más y uno al costado, el lateral era Miriam y los otros tres José, Eva y Benjamín, detrás de este último también siglas que indicaban fallecimiento. En realidad los nombres estaban en hebreo, transcribo una traducción probable de los mismos (Iosef, Javáh, Biniamín)

A la mañana siguiente decidí ir a devolver el libro a María Weche Zack, me convidó el mate de rigor, yo busqué matzáh y cuando lo vio, me contó que Zulem hacía uno muy parecido en la entrada de la primavera y que se iba por una semana a una especie de cueva excavada en los acantilados.

Ese era el lugar que usaba para salar el pescado que traía a su hogar, también era el sitio en que lo habían enterrado a su pedido, junto a la tumba del pequeño Benjamín, fallecido al nacer, a quien él llevara y sepultara.

Esto me confirmó los tres nombres encolumnados y supongo que Miriam lo había escrito por María, la mujer que lo acompañara en su segunda vida.

Era toda una situación irreal, tomando mate y comiendo matzah en medio de un paisaje árido, castigado por el fuerte viento del sur, rodeado de chivos y gallinas con una mujer mapuche a mi lado.

María insistió en que llevara el libro, acepté a condición que se quedara con mi paquete de matzah y una linterna muy bonita que ella admirara sobre el asiento de mi camioneta.

Pedí me indicara cómo llegar a la cueva en el acantilado, me llevó donde estaba su hija cosiendo un quillango (acolchado o alfombra de piel de guanaco), volví a oír tararear la melodía en labios de una joven mujer mapuche de ojos claros y manos de dedos largos y finos, seguía siendo todo muy irreal para mí.

Llegué hasta el risco, burdos peldaños tallados en la piedra por indios de generaciones antiguas me permitieron  arribar a una entrada a la cual, al aproximarme, divisé dos cruces hechas con palos de piquillín,

Fuerte olor a pescado en el interior, con sogas aún tendidas para colgarlos, restos de fogones viejos y aparentemente, nada más.

Abrí el libro frente a las tumbas y recité la oración por los muertos, una vez por cada hijo y una vez por Zulem, ¿qué menos podía hacer?

Antes de descender, mientras pensaba en ese extraño a quien no conocí, encerrado en esta cueva, sólo frente al mar, sin más compañía que sus recuerdos y seguramente su conciencia atormentada, decidí pegar un último vistazo al lugar.

Sobre la pared del fondo, con un buril o cortafierro, Zulem había tallado en hebreo.”Oye Israel, D´s nuestro, D´s único”, no pude contener mis lágrimas, y salí del lugar.

Nunca más volví a Valcheta ni a Makinchao, pero hay una melodía que me los recuerda y con ellos a Zulem Zack.
 
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