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La visita del Papa, entre la emoción y las cuentas pendientes Imprimir E-Mail
lunes, 25 de mayo de 2009
Ver al Papa Benedicto XVI caminar por las calles de Jerusalem, hablar con el presidente Shimon Peres o visitar el museo del Holocausto, Yad Va shem, ya es motivo suficiente para la alegría de millones de judíos en todo el mundo.

Pero su enérgica condena al antisemitismo y su homenaje a las seis millones de judíos asesinados en la Shoá, efectuada durante esta semana, representa un mensaje claro y concreto de reconciliación, luego de varios años de desencuentros y retrocesos en el camino ecuménico que tanto y tan bien transitara su antecesor, Juan Pablo II.
"Que los nombres de esas víctimas no mueran. Que sus sufrimientos nunca sean negados, olvidados o despreciados. Que toda persona de buena voluntad vigile para erradicar del corazón de los simples hombres todo aquello que pueda conducir a tragedias similares", dijo el Papa ante el imponente monumento a las vidas de aquellos que no pudieron ser, ni desarrollarse, ni crear familias, sólo por el arbitrario deseo de sangre del Tercer Reich.

Sus frases sonaron como música en los oídos de los escépticos de las comunidades judías en el mundo, que con razón desconfiaban de la sinceridad del llamado a la fraternidad del Papa, luego de que Richard Wiliamson, el lefebrista negador del Holocausto fuera perdonado por la Santa Sede.

Otra frase contra el antisemitismo llegó en el momento adecuado, cuando el antisionismo y el odio a los judíos parecen confluir en distintos representantes políticos del mundo, incluída la Argentina.

Benedicto XVI, que en su juventud perteneció a las juventudes hitlerianas, condenó en la ciudad sagrada al “repugnante antisemitismo que aún alza su cabeza en muchas partes del mundo" y lo consideró como algo "totalmente inaceptable" en su primer discurso. "Se deben concentrar esfuerzos para combatir el antisemistismo en cualquier lugar donde se encuentre", agregó el Papa, en el tercer viaje de un alto dignatario de la Iglesia en los últimos años (los anteriores habían sido Pablo VI y el mencionado Karol Wojtila).

La actitud del Papa frente al conflicto palestino-israelí fue cauta, diplomática, y menos enfática que en su condena al antisemitismo y en su homenaje a las víctimas de la Shoá.

"Junto con todos los hombres de buena voluntad suplico a todos aquellos con alguna responsabilidad que exploren toda vía posible para buscar una solución justa a las enormes dificultades, para que ambos pueblos puedan vivir en paz en una patria propia, dentro de fronteras seguras e internacionalmente reconocidas", afirmó el Papa, sosteniendo su apoyo a las iniciativas de paz que Israel y la Autoridad Nacional Palestina vienen desarrollando en los últimos años, siempre amenazadas por el terrorismo fundamentalista de grupos como Hamas y Hezbollah, apoyados y financiados por Irán.

Eso pareció interpretar el propio Peres, que elogió al Sumo Pontífice y su deseo de llegar a uno de los rincones más conflictivos del planeta.

"Su visita (...) es una misión para sembrar las semillas de la tolerancia y arrancar de raíz la mala hierba del fanatismo", dijo Peres, y elogió también las iniciativas del Papa para acabar "con el odio en todo el mundo".

Resulta más que obvio que la visita del Papa y sus palabras de paz y convivencia pueden ayudar a restañar heridas. Pero también es cierto que, como lo aclaró el rabino jefe de la comunidad judía de Roma,

Ricardo Di Segni, todavía hay “piedras que obstuyen el diálogo entre judíos y católicos”.

Uno de esos escollos es el deseo papal de beatificar a Pío XII, el Papa que fue al menos indiferente ante la matanza de judíos que se desarrollaba en Europa durante su período en el Vaticano. También el apoyo del Papa a la reciente conferencia “contra el racismo y la discriminación” que organizaron las Naciones Unidas en Ginebra resulta contradictoria con su discurso en la tierra dónde surgieron las grandes religiones monoteístas.

Al margen de los obstáculos, el gobierno israelí intentó explicar a Joseph Ratzinger acerca de la necesidad de conectar entre pasado y presente. Es decir: si se condena la Shoá, no se puede menos que condenar al gobierno fundamentalista de Teherán, cuyo presidente Mahmoud Ajmadinejad ha hecho público cada vez que ha podido su deseo de “borrar” a Israel del mapa. También queda clara la negativa del presidente iraní a aceptar que la Shoá como la monstruosa y real puesta en práctica de los deseos asesinos del pueblo alemán luego de su derrota en la primera guerra mundial.

Ojalá las frases emocionadas del Papa en Jerusalem sean el punto inicial de una nueva era de paz en el Medio Oriente. Una paz difícil, que necesitará de arrepentimiento sincero y vocación por el entendimiento de todos y cada uno de los protagonistas en esta historia.
 
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