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A la religìón por la alegría Imprimir E-Mail
lunes, 06 de abril de 2009

Con este texto para la celebración del Pesaj de 5769 he de evocar a un nobilísimo espíritu judío y a una de las salvaciones que el judaísmo aplica para la mitigación de las criaturas alicaídas por la mesticia y los pesares. Israel ben Eliezer, por mejor nombre Baal Schem Tov y por excelentísima, jocunta y feliz gracia el Rabí de la Buena Fama (o del Buen Nombre), generoso amigo del género humano y emoliente cicatrizador de esta vida en tantos casos corrosiva como el ferroprusiato (quien quiera saber si la existencia produce tal efecto en las criaturas, que lea en el Diccionario el significado del verbo corroer, incluyendo su acepción figurada), y también balsámico desagraviador de contritos y desdichados, y procurador de que, aun en caso de liquidación, ésta se produzca sin quiebra, como se dice en lenguaje jurídico, idioma y profesión que el alelúyico Rabí de la Buena Fama no habló ni ejerció jamás, pero que en tratándose de este valle en el que vivimos y sus adversidades, se propuso que nadie quedara ejecutado en el comercio de la vida con el pasivo y la deuda acogotado hasta la golilla, como hacían con el aro de hierro en la tan cariñosa y caritativa España, pena llamada del garrote, denominación no creada precisamente ni por Antonio Machado ni por García Lorca. ¡Afuera el síndico liquidador y adentro la esperanza y la alegría de vivir sin miedo y sin tristeza!


Este era el santo y seña con que el desmelancolizador Rabí se abría paso ante los centinelas del ascetismo que seca el alma, la abstinencia que reseca el cuerpo, la continencia que nos pudre en nuestros propios jugos y humores (si no los consumimos y no los desagotamos nos sucede lo peor, pues lo que no se usa se enmohece); el cenobitismo, que ennegrece la felicidad de la comunicación, el insípido e inodoro ayuno por cuyo cumplimiento no podemos mimar el paladar y acariciar el esófago con bocados gloriosos, desde un aromático tzimes y paladeables blintses de queso hasta un sabroso guefilte fish o un ambrosíaco knisch; y, en suma, ante los guardianes de la mortificación y los guardias del puritanismo y los carabineros de los ejercicios de la horrísona, enflaquecedora y demacradora supuesta virtud.

Todos los días, a la hora del alba, cuando se comprueba que la primera luz es lo más bello que la naturaleza y el amor han creado, levanto la vista para ver si aparece el nombre de Israel Baal Schem Tov escrito en el firmamento, y siempre lo está: acompañado de heterodoxas dulces palabras que aventan las ortodoxas del tenebroso predicador judío, católico, protestante, mazdeísta, vedanta, tabuísta, zoroástrico, islamista y demás oradores petrificados que lo corrompen todo con su incorruptibilidad: Gozando del mundo de Dios se puede también elevarse y ser elevado. Comiendo y bebiendo también se puede servir a Dios . La diferencia que hay entre mí y los que abogan a favor de los ayunos es la siguiente: médicos amargados y disconformes recetan medicinas amargas, pero el médico cordial y amistoso prescribe una medicina dulce como la miel... No tengas temor y tu alma se elevará.. ¿Y las culpas, los pecados y las caídas que ofenden a Dios y dañan a los hombres? Pues también para las infracciones morales tiene el Rabí de la Buena Fama su mitigación y su recomendación que, de haberlas conocido, hasta el quebrantado Raskólvikov y la desespera-Sonia habrían curado con ellas las terebrantes heridas de sus clavos: También hay posibilidades de redención y de arrepentimiento después de la caída... También en el abismo se puede buscar a Dios... Al arrepentimiento se llega sólo cuando se tiene alegría en el alma.

En tanto el feliz y dispensador de la felicidad Rabí bien afamado deambula por caminos y aldeas predicando su buena nueva de la salvación por el beethoveniano sendero de la alegría, en la sinagoga (la de Scharograd, aldea tan humilde como piadosa) el muy cejijunto y admonitorio y hasta calvinista (es un modo de decir) rabino Iaacov Iosef esperaba con la paciencia de un anillo en la vidriera la llegada de las siquiera diez personas indispensables para iniciar las oraciones. Pero el grave, solemne y tieso rabino Iaacov podía esperar hasta el día de las calendas marcianas y la era selenita: nadie vendría esa mañana, según se lo explicó el barbiespeso y patilludo shames: “Esta madrugada llegó a la aldea un judío extranjero que ahora está en la plaza hablando, platicando y contando cuentos”. “¿Pero quién es?”. “No lo sé: parece ser uno del campo, llevaba bastón y fuma una pipa humeante con la que sahuma con vahos agradables al auditorio. Los judíos lo escuchan arrobados y ya sienten cariño por él”.

El rabino mandó que le trajeran al extranjero, y el shames, diligente como una nutria, buscó al Rabí que acrecentaba su Buena Fama en la plaza y el mercado de Scharograd y lo llevó a la sinagoga solitaria con el rabino sin feligreses. “Por tu culpa nadie ha venido a decir las oraciones”· El Baal Schem contestó, sonriendo con naturalidad: Yo les infundí un poco de alma... No hay alma en la forma que ustedes estudian y en el modo como ustedes rezan. El jugoso y nutritivo Rabí explicó la filosofía de la alegría, el psicologismo del júbilo, los efectos de la jovialidad y el regocijo, contó historias coloridas de festiva policromía y empleó parábolas asombrosas, explicando con ellas cómo el amor a Dios y el acatamiento de la ética se desarrollan sin la rigidez que hiela el corazón y ensombrece el espíritu.


EL GENIO DE LIBERTAD Y ALEGRÍA

Al ríspido principio, sostenido con cara de juez y corazón de bronce por el predicador que nos sume en la servidumbre y nos desalienta con su inexorabilidad, de que el pecado es la inclinación natural del hombre y la vida y el mundo están fecundados por la irredimibilidad y la mala naturaleza humana, el Rabí de la Buena Fama opuso, con alborozo (de todo su cuerpo brotaban los efluvios del entusiasmo) y exaltación, su persuasivo y tautológico concepto (hablaba con gratos aforismos, venturosas enseñanzas morales y godibles ejemplos eticoestéticos de embriagadora convicción) según el cual la vida y el hombre son buenos y el espíritu rico en posibilidades dichosas como las de un próvido viñedo, el placer una bendición susceptible de alcanzarse gracias a la buena estrella con que ha sido anunciado nuestro nacimiento, y terminó la ansiosa y encendida réplica al formal-impertérrito-indeclinable rabino de la sinagoga de Scharograd con la exclamada declaración que define su jasídico amor a la alegría y al corazón que canta y baila su amor a Dios y la fe en la felicidad como camino de la Salvación: ¡Abrid los ojos! ¡El mundo está lleno de misterios radiantes y maravillosos! Seguidme a mí y os ayudaré a encontraros a vosotros mismos y a encontrar a Dios. ¡Oh, el mundo está pleno de luz y de sol: ¡Qué lástima que la pequeña mano humana nos cubra los ojos y no nos permita ver el sol!

Los poetas están aconsonantados por una rima que musicaliza y universaliza su vida y su poesía: un subjetivo, anímico y panhumano común denominador los comprende: 250 años después de la enfervorizada exclamación de Baal Schem Tov en la sinagoga de Schorograd, Paul Claudel, no sólo el más significativo poeta católico sino el apasionado de un catolicismo que ama antes la vida pánica que la acalambrada rigidez de los exorcismos eclesiásticos, dirá en Connaisance du temps con palabras que caen como espesas gotas de lacre sellando y resellando una jubilosa verdad: ¡Yo os digo: vosotros no habéis consumido en nada el genio de libertad y alegría! ¡Abrid los ojos, el mundo está intacto todavía, es virgen como el primer día, fresco como la leche!

El sumiso, deísta y teísta redactor de esta evocación ( y en cierto grado también una invocación) del Rabí Israel ben Eliezer Baal Schem Tov, por legítimo y bello nombre el de la Buena Fama, honra, reverencia y ama a ese jocundo cireneo que lo ayuda a creer en Dios y a tener fe en Él sin miedo y sin tristeza. Soy deísta porque reconozco en Dios al omnímodo creador de todo, pero no practico ningún culto exterior (innecesarios), y soy teísta porque creo que Dios es el providente de todo. El Señor nos ha dotado de la facultad de amar, de cantar, de respirar el aire de la mañana, de alegrarnos, de rezar con ternura y sin especulación, de bailar al son del entusiasmo, y así como “los amantes se acuerdan todo recíproca y gratuitamente” (Denis de Rougemont, El amor y Occidente), del mismo modo la relación entre el hombre y Dios ha de ser feliz, alegre, entusiasta: una vinculación desinteresada. Dios sólo pide del hombre fidelidad y perdurabilidad y eso es lo que el hombre debe en esencia darle a Dios. Si sé, de una parte, que Dios prohibe la desesperación y condena al desesperado, y de otra, que los medios son tan importantes como los fines, entonces lo sé todo y he entendido la gloriosa y alborozada enseñanza jasídica del Rabí de la Buena Fama. Si dije que Paul Claudel, eminente católico y el mayor poeta francés de su siglo, reiteró al judío Baal Schem Tov de la sinagoga de Schorograd, debo decir que también Chesterton, fidelísimo de la Iglesia de Roma, a través de las aciculares reflexiones y filosas deducciones de su detective Padre Brown, sutil pesquisidor de sus novelas, también es un discípulo del amable y edificante Rabí. Por medio del padre del lúcido Padre Brown (esto es el obeso e inteligente Gilbert-Keith Chesterton) dice el sutilísimo sacerdote-detective-poeta: “En todo hay que luchar con alegría, pues, si no, ¿para qué sirve la lucha y para qué se lucha? El fin que buscamos es un fin que, al obtenerlo, nos hará felices, o, al menos, nos satisfará. Luchemos entonces por ese fin con satisfacción y felicidad”.

Esta sabiduría, teológica, es lo cierto, pero sobrenaturalmente humana (tal prodigio de humanidad representa que por ello es sobrenatural) contiene una lucidez y una clarividencia que la limitación y la servidumbre ancestrales del hombre le impiden aceptarla y usufructuarla. ¡Comprendámoslo y compadezcámoslo!: tan acostumbrado está ya a negarse la felicidad aunque se la proporcionen: es como la liberación que Próspero le da a Ariel -sabiduría y perspicuidad shakespirianas-, pero que el genio del aire, entristecido por la pérdida de su sometimiento, se niega a recibirla. Es una sabiduría que la humanidad, con ser su beneficiaria, se niega a aceptarla, y no está, por otra parte, al alcance de todos: ello es evidente y no es necesario el videntismo para advertirlo. He de recordar el tema del amor, y por extension los versos del Tristán de Gottfried de Estrasburgo: Quiere esto decir / que el lugar del amor / no está en los caminos frecuentados / ni alrededor de las habitaciones humanas.


MANANTIAL DE LA VIDA

El honorable, venerable Rabí de la Buena Fama quiso inculcarnos esa sabiduría y esa naturaleza dionisíacas, no “sólo” a los espíritus religiosos sino precisamente a ellos. Nacido hacia 1700, empezó a inyeccionar a sus fieles con el fluido de la alegría en la época en que el misticismo práctico y el agrio ascetismo habían devastado y arrumbado las almas: los ayunos, los castigos y las aflicciones corporales, entre otras teorías antivitales, no podían ser los caminos de la Salvación. El cuerpo se deteriora hasta la decrepitud y el alma se entenebrece aunque el decrépito y entenebrecido pase el día en la sinagoga rezando y golpeando el puño contra el mediastino. Comiendo y bebiendo se puede servir también a Dios. Gozando del mundo de Dios se puede también elevarse y ser elevado. Me burlo de los que ayunan más días en el año que lo exigido por las fechas tradicionales. También en el cielo se mofan de ellos, decía este precursor de Montherlant, de Gilde, de Henry Miller, de Lawrence (D.H. Lawrence, el serpienteplumado, no el agente británico Lawrence de la motocicleta en Arabia), este antecesor de la pánica Isadora Duncan que, desnuda, bailó su religiosidad entre las columnas del Partenón, del dionisíaco Jean Giono, este Rabí bien afamado antecesor, precursor y adelantado en la alegría de la observancia de las leyes morales y los mismos oficios religiosos, que pueden cumplirse con unción pero sin la tósiga congoja que avinagra y aherrumba la existencia: amar a Dios como lo proclama la entusiasta, la exultante sabiduría jasídica (movimiento religioso del que Baal Schem Tov fue su más importanete renovador): oraciones brotadas ddel corazón, júbilo hasta el éxtasis y vivir en permanentes pascuas aceptando estos tres lugares comunes: que nos bailen los ojos, dar brincos de alegría y sentirse a semejanza del niño con el juguete nuevo.

La fe y las oraciones de nuestro bienamado Rabí de la Buena Fama no estaban inspiradas por esa mecánica y esa rutina que convierte en anticlericales precisamente a los espíritus religiosos: las inspiraban la entrega feliz, jocunda y confiada del alma al amor por el Señor, de cuyo todopoder y todabondad el Rabí no dudaba jamás.

He de terminar este tornaviaje al Rabí cirineo de la vida, de quien continuaría escribiendo y a quien seguiría elevando las alabanzas de mi gratitud. Buena Fama tiene siempre quien sigue siendo el mejor antihistamínico contra esa mesticia que los porteños llamamos mufa, y el mejor Rabí es el que nos ha enseñado que podemos ser religiosos y rezarle al Altísimo sin acudir al templo, sin rezar entre aspiraciones de rapé o, entre tefile y tefile, hacerle señas al cofrade con las que se le dice que lo esperamos a la salida de los oficios para cerrar el negocio concertado ayer: la mecánica sin religiosidad de la religión sin espíritu ni autenticidad religiosa.

Benditos son los rezos litúrgicos sin melancolía y más benditos aún los inventados con nuestras propias palabras, y benditos son Baal Schem Tov, el reconstituyente Rabí que nos da la pletórica eutaxia del espíritu al elevar nuestros niveles sanguíneos dando un alto tenor a nuestra sangre, y benditos son la felicidad y el regocijo de la religiosidad enfervorizada que él predicó. Concluyo bendiciendo también la enseñanza y el legado del maravilloso taumatúrgico Rabí: Que la fiesta de la vida, la ética del placer y el placer de la estética nos permitan gustar de ese zumo que es el elixir del manantial del amor en todas las dimensiones del sentimiento y la sensualidad bebido entre los suspiros y la alegría, esa alegría que propuso, aconsejó, enseñó y recomendó el jasídico Baal Schem Tov, Rabí y poeta de permanente actualidad, cuya memoria honro aquí con entusiasmo, gratitud y amor.

Pesaj de 5769.

 
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