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El ataque al abogado Lifschitz y el veneno antisemita Imprimir E-Mail
miércoles, 11 de marzo de 2009

Casi quince años después del cruel atentado que destruyera la sede de la AMIA, y causara 85 muertos y centenares de heridos, el entramado antisemita que posibilitó aquella atrocidad en pleno centro de Buenos Aires parece más vivo que nunca.

El ataque contra Claudio Lifschitz, el ex secretario del primer juez que investigó el ataque, Juan José Galeano, tiene todas las características de un ataque antisemita y mafioso con un claro objetivo: el silencio, que nada se sepa del encubrimiento que siguió a la masacre, un encubrimiento que involucra a altas autoridades políticas y policiales del país. Un silencio muy parecido al que mantuvo el ex presidente Carlos Menem, que pocos días atrás declinó contestar preguntas del juez federal Ariel Lijo sobre su vinculación con Jacinto Kanoore Edul, ciudadano sirio investigado por la compra de la camioneta Traffic utilizada para el ataque de aquel 18 de julio de 1994.

El ataque a Lifschitz, quien luego de trabajar para Galeano lo criticó como parte del “entramado de encubrimiento” del atentado, tuvo características escalofriantes. Expertos secuestradores lo pasearon durante casi una hora dentro de un automóvil, mientras le tajeaban la palabra AMIA en la espalda, y unos números en el brazo, al estilo de las infames cifras que los nazis marcaron a los judíos que ingresaban a los campos de concentración.

Un dato contado por el propio Lifschitz confirma el sentimiento antisemita que guiaba a los delincuentes. Le preguntaron por qué usaba una cruz en el pecho, si él “es judío”, por lo que lo trataron aún peor. Toda una muestra del prejuicio enquistado en vastos sectores de nuestra sociedad, incluídas las fuerzas de seguridad a quienes Lifschitz sindica como involucrados en su ataque.

¿Qué hizo Lifschitz antes de sufrir este ataque? El secretario denunció, en su momento, a Galeano, Menem y al entonces titular de la SIDE, Hugo Anzorreguy, por maniobras de encubrimiento del atentado. Descubrió que la SIDE había detectado a una célula terrorista iraní pocos días antes del atentado, y que misteriosamente les perdió el rastro antes de que se consumara el ataque que destrozó la vieja sede de Pasteur al 600. Demasiada actividad para ciertos sectores vinculados al poder, que no quieren que la verdad  -o al menos parte de ella- salga a la luz pública.

Lijo, hoy juez a cargo de la investigación de la causa, citó a Lifschitz a dar su versión sobre la presunta desaparición de cassetes en los que se habría grabado conversaciones entre los integrantes de aquella célula iraní. Tiene enormes dificultades para avanzar, entre ellas la negativa de Irán a conceder la extradición de sus ex funcionarios pedida por Interpol. Mohsen Rabbani, ex agregado cultural en el país y uno de los hombres buscados por la Justicia internacional, poseía varias propiedades en el país que le fueron embargadas días atrás, aunque interesaría más que responda sobre su vinculación real con el ataque. Una posibilidad más que improbable, tomando en cuenta la protección que le brinda, a él y al resto de los dirigentes citados, el régimen teocrático y fundamentalista con sede en Teherán.

El martes próximo se cumplirán 17 años del primer atentado antijudío en Buenos Aires, el que destruyera la sede de la embajada israelí en Buenos Aires. Hay una sensación de desolación aún mayor en los familiares de las víctimas, vinculada a la inacción de una Justicia que parece haber dado por cerrada la investigación, sin procesados ni condenados por el ataque.

El silencio, ese que persiguen los que atacaron a Lifschitz, reina en la investigación de esta causa, que perdió los primeros y valiosos años de pesquisa en manos de la Corte Suprema menemista.

Sin dudas, el no esclarecimiento de los atentados es otra deuda de la democracia argentina, no sólo con Israel y la comunidad judía, sino con su ciudadanía, la misma que hoy reclama por la inseguridad y otros males que la aquejan con fuerza.

El veneno racista se manifiesta en otros ámbitos, como el del fútbol. La exhibición de banderas de Paraguay y Bolivia por parte de hinchas de Independiente, identificando a esos países con los simpatizantes de Boca Juniors -como si ser boliviano o paraguayo fuera sinónimo de inferioridad- fue una imagen vergonzosa que muestra el grado de descomposición de nuestra sociedad.  

Desde el Inadi, la misma institución desde la que se justificaron las marchas contra Israel durante la guerra contra Hamas, prometieron sanciones. Es hora de que nuestra sociedad se ponga los pantalones largos y no mire para otro lado mientras el veneno antisemita se propaga, sin freno, en una sociedad aturdida por la crisis y la sinrazón.

 

 

 

 
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