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Los complotados de Valquiria Imprimir E-Mail
miércoles, 25 de febrero de 2009
Historia
Por Ian Kershaw
Orquestado con gran valentía y sacrificio personal por oficiales del ejército nazi, fue el último y más trágico intento de asesinar a Hitler desde el interior del régimen, pero como en anteriores ocasiones la suerte estuvo del lado del Führer y la represalia fue feroz. De haber tenido éxito se hubiesen salvado millones de vidas
Hitler fue blanco de más intentos de asesinato que cualquier otro canciller de Alemania. La mayoría de los intentos fueron fácilmente frustrados por la policía o simplemente no llegaron a nada. Entre estos últimos se contó la conspiración de figuras prominentes del ejército, la contrainteligencia y el Ministerio de Relaciones Exteriores para arrestar o matar a Hitler si concretaba una invasión de Checoslovaquia en octubre de 1938. El Acuerdo de Munich, que cedía la Sudetenland a Alemania, acabó con ese plan en particular. Pero el 8 de noviembre de 1939 casi tuvo éxito un atentado contra la vida de Hitler. Actuando solo, Georg Elser, un carpintero del sur de Alemania y ex simpatizante comunista, logró plantar una bomba en el Bürgerbräukeller, en Munich, donde Hitler pronunciaba un importante discurso cada año en el aniversario del golpe fallido de 1923. Fue poco después del comienzo de la guerra y Hitler tuvo que acortar su discurso para poder volver esa noche a Berlín. La bomba estalló cuando ya se había ido, causando muchas bajas. Si Hitler se hubiese quedado tanto como lo hacía habitualmente, hubiese volado en pedazos. Ese fue uno de los numerosos encuentros cercanos con la muerte en los que, llamativamente, la suerte estaba siempre del lado de Hitler.
Al imponerse medidas de seguridad más estrictas, a partir de allí fue imposible para alguien ajeno a su entorno acercarse lo suficiente a Hitler como para matarlo. Todo intento posterior de asesinato sólo podría provenir del interior del régimen, de aquellos que tuvieran acceso a armas y a Hitler mismo. Hubo varios atentados planificados por miembros del Grupo Centro del Ejército, estacionado en el frente oriental, en 1943 y 1944. En cada caso, la suerte estuvo del lado de Hitler, especialmente cuando no detonó una bomba colocada en su avión de regreso de una visita a Smolensk en marzo de 1943. El ideólogo de los atentados del Grupo Centro del Ejército fue el general de división Henning von Tresckow, un oficial de carrera con un pronunciado sentido de servicio hacia el Estado y el pueblo, que había llegado a la conclusión de que Hitler encabezaba un régimen criminal, que conducía a Alemania al desastre y que había que acabar con él. A esa altura, Tresckow había conocido ya al hombre que más se acercaría a cumplir con ese objetivo: el coronel Claus Schenk Conde von Stauffenberg.
Stauffenberg provenía de una familia católica aristocrática de antiguo linaje del sur de Alemania. Al igual que sus hermanos, Alexander y Berthold, se convirtió en seguidor entusiasta del poeta místico Stefan George, cuyos discípulos aspiraban a una nueva Alemania, encabezada por una elite estética, que resurgiera de las ruinas de una democracia fallida.
Stauffenberg se embarcó en una carrera brillante como oficial y veía en el ejército el garante de la Alemania por venir. Era una figura llamativa: bien parecido, inteligente, dinámico, un líder natural, admirado y respetado por la mayoría de quienes se cruzaban con él, aunque algunos lo veían como una persona impulsiva. Al principio fue ambivalente respecto del régimen nazi. Pero al volverse más irresponsable el impulso de Hitler rumbo a la guerra, se volvió cada vez más crítico, postura que se consolidó con la repulsión que le produjeron los terribles pogromos contra los judíos del 9 y 10 de noviembre de 1938. Aun así, celebró la victoria sobre Polonia en el otoño de 1939 (y compartía algunos prejuicios antipolacos típicos). Al año siguiente, cambió su visión de Hitler luego de la asombrosa victoria en Francia. Pero cuando las tropas alemanas quedaron empantanadas en las invernales extensiones de la Unión Soviética y las bajas comenzaron a aumentar de manera alarmante en el invierno de 1941-1942, se convenció cada vez más de que Hitler conducía a Alemania a la catástrofe. Esta convicción creció al conocer las terribles atrocidades cometidas en nombre de Alemania en Oriente. En mayo de 1942 tuvo testimonio de primera mano de una masacre de judíos en Ucrania. A su manera típicamente directa, concluyó que había una sola manera de contener a Hitler: matarlo.
A comienzos de 1943 fue transferido al Norte de Africa. Pero cuando volvió, gravemente herido, y se le ofreció un nuevo destino en la Oficina de Guerra en Berlín ese otoño, resultó ser el hombre que necesitaba un movimiento de resistencia que había perdido el rumbo. Tresckow había sido transferido a un nuevo regimiento en el frente y no estaba en condiciones de actuar. En los meses siguientes, nuevos planes de asesinato fracasaron por la falta de acceso a Hitler, las dificultades para encontrar un asesino adecuado y la mala suerte que seguía afectando a los complotados. Pero el 1 de julio de 1944 se resolvió el problema del acceso a Hitler. Ese día Stauffenberg fue nombrado comandante en jefe del ejército de reserva. Tuvo entonces la crucial oportunidad de participar en las reuniones del alto mando con Hitler. Se propuso concretar él mismo el asesinato.
La resistencia alemana
Para entonces, la situación de Alemania comenzaba a ser desesperada. Los aliados occidentales habían consolidado el desembarco en Normandía y el Ejército Rojo había logrado un fuerte avance en el Este. Los conspiradores pudieron haber aguardado la eventual derrota de Alemania sin hacer nada. Frente a tal idea, Tresckow dio la respuesta. Era cuestión de “mostrar al mundo y a la historia que el movimiento de resistencia alemán, a riesgo de su vida, se ha atrevido a dar el golpe decisivo. Nada importa más que eso”. Un problema importante probó ser insuperable. Stauffenberg, el asesino designado, también era necesario para encabezar el golpe de Estado desde el comando del ejército en Berlín. Esta resultó ser una falla fatal del plan.
Tresckow había diseñado el plan original para un golpe en el otoño de 1943, convirtiendo un plan militar oficial, “Valquiria”, que apuntaba a sofocar cualquier amenaza de alzamiento interno de trabajadores extranjeros, en una orden camuflada de acción militar contra el régimen mismo. La orden “Valquiria” modificada, centrada en el asesinato de Hitler, fue elaborada hasta el último detalle y con una determinación precisa de los tiempos. Sólo podía ser dada por el jefe del ejército de reserva, el general Fromm, que no estaba dispuesto a sumarse a la conspiración hasta saber con certeza que Hitler estaba muerto. Stauffenberg ya había llevado explosivos a dos encuentros del alto mando militar en el centro Berghof el 6 y 11 de julio y a una reunión en la Guarida del Lobo (el comando de Hitler en Prusia oriental, adonde había retornado) el 15 de julio, pero no concretó el atentado. Incluso un optimista inveterado como Stauffenberg se estaba descorazonando. Pero resolvió intentarlo por última vez. Esto debía suceder el 20 de julio.
Todo lo que pudo haber salido mal para los complotados ese día, salió mal. Stauffenberg se vio obligado a apurarse en la preparación de su bomba, porque inesperadamente se adelantó media hora el encuentro del alto mando con Hitler. Por el apuro, no hubo tiempo de preparar el segundo explosivo que Stauffenberg llevaba consigo, que hubiese asegurado la muerte de todos los presentes en la barraca de madera donde se realizaba la reunión. Una pesada mesa de roble ayudó a proteger a Hitler de la explosión. La suerte seguía de su lado. La mayoría de las personas que se encontraban en el cuarto cuando explotó la bomba, alrededor de las 12:45 pm, sufrieron graves heridas y algunas murieron. Hitler salió tambaleando de la barraca, con astillas clavadas en la piel, abrasiones menores y los tímpanos en mal estado. Stauffenberg y su ayudante, Werner von Haeften, escucharon la explosión antes de correr a su avión que los llevaría de regreso a Berlín y supusieron que nadie había sobrevivido. Cuando llegaron a la capital luego de un vuelo de dos horas, no los esperaba nadie. Su auto había sido enviado al aeródromo equivocado. Esto supuso una nueva demora antes de que se pudiera dar la orden de “Valquiria”. Mientras tanto, no se había logrado cerrar por completo las comunicaciones, que seguían bajo control del régimen. Y los complotados habían dejado en libertad a Joseph Goebbels, el ministro de Propaganda.
Al llegar al Bendlerblock -la sede el ejército en Berlín-, Stauffenberg insistió en que Hitler había muerto. Pero pronto resultó claro que había sobrevivido. El mayor Remer, una archinazi al mando del batallón de la guardia de la residencia de Goebbels, ya no tuvo dudas cuando este lo comunicó con Hitler mismo. Hitler le ordenó inmediatamente sofocar el golpe en Berlín y Remer se puso a la tarea con todo empeño. Fromm, arrestado inicialmente por los complotados dentro del Bendlerblock, había sido liberado y ahora volvió la situación en contra de ellos. El indeciso se volvió un duro leal al régimen, pensando que así salvaría su pellejo. Hizo arrestar a Stauffenberg y a varios otros líderes del golpe y los condenó sumariamente a muerte. Cuatro de ellos, incluyendo a Stauffenberg, fueron llevados inmediatamente al patio interior del Bendlerblock e, iluminados por los faros de un camión, fueron fusilados uno tras otro por un pelotón de fusilamiento formado rápidamente. Stauffenberg fue el tercero en morir. Sus últimas palabras fueron: “Larga vida a la sagrada Alemania”.
Otros focos del golpe fueron rápidamente sofocados en París, Praga y Viena, así como en Berlín mismo. Para las primeras horas del 21 de julio todo se había acabado. Poco después de medianoche, Hitler habló por radio para demostrar que estaba vivo y para denunciar a una “diminuta camarilla” de oficiales que había tratado de matarlo. La venganza era su principal objetivo. Y se concretó rápidamente. En las semanas siguientes, la mayoría de los conspiradores fueron arrestados y torturados, luego fueron sometidos a una parodia de juicio ante la “corte del Pueblo”, presidida por el feroz juez Roland Freisler, y sentenciados a muerte. Las ejecuciones fueron realizadas con la máxima barbarie: se dejó a las víctimas morir en una lenta agonía, colgadas de ganchos de carnicero. Las ejecuciones fueron filmadas (tal como había sucedido con los juicios) para obsceno placer de los líderes del régimen. El complot iba mucho más allá de una “diminuta camarilla”. Alrededor de 200 de los involucrados directos fueron ejecutados. Otros, incluido Tresckow, se suicidaron al saber del fracaso del golpe. Fromm fue arrestado, condenado a cárcel y luego ejecutado. Las familias de Stauffenberg y otros líderes de la conspiración fueron puestas en campos de concentración hasta el fin de la guerra. En agosto fueron arrestados otros 5000 opositores.
Paranoia y desmesura
El régimen y Hitler en particular habían sufrido un shock importante: un golpe desde el interior del cuerpo de oficiales, una “puñalada por la espalda” (visto desde la perspectiva nazi) aún más repugnante que la que, de acuerdo al pensamiento nazi, había llevado a la derrota de Alemania en la Primera Guerra Mundial. Se aumentaron enormemente las medidas de seguridad de Hitler. No tenía límites su paranoia respecto de la traición en los altos niveles del régimen que saboteaban los esfuerzos bélicos. Pero se mantuvo intacto su control del poder. El régimen había sobrevivido. Sus principales puntos de sostén -la SS, el partido, la burocracia estatal, la Wehrmacht - se afirmaron en torno a Hitler. El régimen se radicalizó en todos los niveles. Hubo un auge temporario del apoyo popular a Hitler. Pero la continuidad del régimen ahora dependía cada vez más de una feroz represión. Existía la amenaza de una terrible represalia para cualquier voz disidente. Con el golpe fallido se acabó la última posibilidad de derrocar a Hitler desde el interior del régimen. Y mientras Hitler viviera estaba bloqueada toda posibilidad de un final negociado para la guerra. La derrota total, la catástrofe nacional completa, era inevitable.
¿Qué pudo haber sucedido de tener éxito Stauffenberg? Un nuevo gobierno hubiese buscado inmediatamente la paz con Occidente, pero probablemente no con la Unión Soviética. A partir de allí la bola de cristal se nubla. Cualquier arreglo de paz sólo con Occidente hubiese dividido la alianza incómoda con la Unión Soviética y, por eso mismo, probablemente habría fracasado. Quizás el nuevo gobierno, por su posición negociadora débil, se hubiese visto obligado a incluir a la Unión Soviética en cualquier acuerdo de paz. Lo más probable es que los aliados insistieran en la rendición incondicional, cosa que el nuevo gobierno alemán hubiese concedido de inmediato. La guerra se habría terminado mucho antes, salvando millones de vidas, y se hubiese evitado la enorme destrucción causada por la tormenta bélica de los últimos meses de la guerra, desproporcionadamente sangrientos. Pero un golpe exitoso hubiese generado en Alemania una nueva leyenda de puñaladas por la espalda, como la que había emponzoñado la política alemana luego de la Primera Guerra Mundial. Hubiese sido mucho más difícil para los alemanes comprender en toda su magnitud el desastre impuesto al país y al resto de Europa por sus propios líderes. Y dado que los líderes del golpe estaban divididos respecto del futuro político y no eran precisamente demócratas modernos, el camino a una nueva forma de democracia liberal hubiese sido muy complicado.
Los “Hombres del 20 de Julio” (como se los conoce en Alemania) mostraron extraordinario coraje y actuaron por motivos nobles. Su conciencia de los enormes crímenes de lesa humanidad -específicamente, el asesinato en masa de los judíos- y no sólo la certeza de que Hitler llevaba al país al completo desastre, sostuvo su convicción. Su participación en la conspiración para destruir el régimen criminal de Hitler y el inmenso baño de sangre de la guerra y restaurar el imperio del derecho en Alemania los puso a ellos y a sus familias en gran peligro. Hicieron el mayor y enorme sacrificio personal por su país y sus principios. El hecho de que supieran que no tenían apoyo popular destaca su valor moral. “El hombre que tenga la valentía de hacer algo debe hacerlo sabiendo que en la historia alemana quedará como un traidor”, comentó Stauffenberg. “Pero si no lo hace será un traidor a su propia conciencia”.
Está por verse si el nuevo film de Tom Cruise, Valquiria, resulta ser una representación adecuada de la tragedia heroica de Stauffenberg y los demás conspiradores. Incluso en Alemania, donde la investigación histórica ha explorado todas las facetas de la oposición a Hitler, el film de Cruise podría generar mayor conciencia popular de la valentía de los “Hombres del 20 de julio”. En otros países podría ayudar a contrarrestar el prejuicio antialemán aún generalizado, mostrando que no todos los alemanes fueron nazis; que hubo efectivamente “otra Alemania”.
Del diario La Nación
 
 
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