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A noventa años de la Semana Trágica: Pinie Wald, una víctima Imprimir E-Mail
viernes, 13 de febrero de 2009

Por Moshé Korin

Me propongo evocar la figura patriarcal del escritor Pinie Wald, tal como lo conocí personalmente en mi juventud. Pues cada vez que en el colegio secundario y, más tarde, en la Midrashá (Instituto de Formación Docente), nos encomendaban algún trabajo, ya fuera sobre los acontecimientos de la “Semana Trágica” (1919), sobre el movimiento obrero en la Argentina u otros temas afines, recurríamos a su ayuda.

Y él nos recibía siempre con paternal indulgencia, ante la gran mesa de roble de la redacción, en aquel viejo local del diario “Di Presse”, de la calle Castelli esquina Valentín Gómez. De manera que no puedo recordarlo con otro sentimiento que el de un joven discípulo hacia su maestro entrañable. Y además, porque Pinie Wald fue pionero de la primera corriente inmigratoria de obreros judíos a la Argentina, y mis padres, por su parte, integraron la segunda tanda, la que llegó al país por los años 20.

¿De qué otro modo, entonces, podría escribir, si no es con gratitud y respeto hacia quienes, en un desierto espiritual, echaron semillas de una vida cultural judía, a la manera del texto bíblico: “...cuando me seguiste al desierto, a una tierra no sembrada”.

La generación de mis padres arribó a este país con 20 años apenas, y pudo encontrar aquí los frutos de la primera siembra, entre ellos el diario “Di Presse”, al que Pinie Wald estuvo ligado toda su vida. De ahí también mi sentimiento de gratitud, en nombre de los hijos de la segunda generación de inmigrantes, que hoy pisan los umbrales de la madurez, hacia quienes abrieron los primeros surcos. Y entre ellos se cuenta, sin duda, Pinie Wald, que fue siempre un trabajador infatigable.

SUS ORÍGENES.

Pinie Wald había nacido en Tomaschov, Polonia, el 15 de Julio de 1886.

Su destino de proletario judío lo trajo a la Argentina, a raíz del primer estallido revolucionario de 1905 en la Rusia zarista. Por su militancia en el movimiento socialista judío “Bund”, debió desarraigarse del viejo hogar cuando la revolución fracasó y así llegó a nuestro país. Los ideales del “Bund” lo siguieron acompañando hasta su muerte, a los 80 años de edad.

En la Argentina, en el año 1920, formó un hogar con Rosa Wainstein (falleció en 1978) y tuvieron dos hijas Eva y Flora Margarita y cuatro nietos.

SU LABOR EN LA ARGENTINA.

La generación de Pinie Wald tuvo el empuje requerido para desafiar al desierto. Cuando se escriba la historia de nuestro “íschuv” (la comunidad judeo-argentina), lo que ya comienza a hacerse, aunque en forma no sistemática, el socialista judío militante del “Bund”, Pinie Wald, ocupará un primer puesto entre los pioneros. Con el idioma ídisch como instrumento, ellos contribuyeron a diseñar el perfil espiritual de la comunidad, en este nuevo centro geográfico de la diáspora judía.

Ya nuestros inmigrantes campesinos fecundaban con su esfuerzo las llanuras del país. Luego vendría el turno de la actividad comercial e industrial en los centros urbanos, el de las primeras promociones de universitarios judíos, el de los artistas y escritores. De entre ellos salieron también fundadores de Kibutzim en Israel, y otros muchos que aportaron su cuota de sangre y lágrimas al renacimiento nacional. Incluso, la ilusión de Birobidyán (región autónoma judía de Rusia) prendió en algunos de nuestros hermanos, pero sin dejar huella.

De las primeras generaciones de inmigrantes, heredamos la fuerza y el entusiasmo que nos permitieron avanzar en la buena senda. Un fiel exponente de los auténticos y constantes hacedores de cultura fue, sin duda, Pinie Wald.

Nunca escribió sin fundamento, siempre por un ideal. Ese ideal le fue muy caro y no lo abandonó a todo lo largo de su vida. Aunque a su alrededor la sociedad sufría continuas mutaciones y muchos acompasaban su marcha a los nuevos tiempos, él siguió siempre fiel a sí mismo. Así se explica el cariño, el entrañable sentimiento de proximidad espiritual, que supo despertar en nosotros, jóvenes alumnos de los establecimientos secundarios y de los terciarios, luego maestros noveles. Y ello a pesar de las diferencias ideológicas. Lo que importaba era el común ideal de la vida judía, y, en este punto, Pinie Wald nunca nos decepcionó: a lo largo de los 60 años que vivió en la Argentina, fue un proletario judío, rudo trabajador manual primero, artesano de la palabra escrita después; y en los primeros tramos de su vida, ambas cosas paralelamente.

LA SEMANA TRÁGICA.

Una vez más quiso el destino que Pinie Wald, el refugiado político de 1906, luego del fracaso de la revolución Rusa de 1905, salvara su vida milagrosamente también aquí, víctima de los sucesos de la Semana Trágica, el pogrom antijudío del año 1919.

En diciembre de 1918 estalló una huelga en los talleres metalúrgicos de “Pedro Vasena e hijos”, situado en Nueva Pompeya (ciudad de Buenos Aires, Argentina). Los obreros reivindicaban mejoras salariales y de condiciones de trabajo. El 7 de enero de 1919, una emboscada policial terminó con varios obreros muertos. Su sepelio se convirtió en una gran manifestación, que también fue duramente reprimida. Las organizaciones sindicales convocaron a una huelga general, se sucedieron los choques callejeros y las barricadas se extendieron por toda la ciudad. Grupos nacionalistas parapoliciales atacaron barrios populares, comités socialistas, locales obreros e, incluso, a inmigrantes – especialmente judíos – quienes padecieron un “pogrom”. El número de muertos fue cuantioso y al día de hoy lamentablemente no establecido.

Según el informe de esos días de movilización social y represión policial que el Comité de la Colectividad Israelita presentó a las autoridades, el saldo en víctimas de la “Semana Trágica” para la comunidad judía fue de un muerto, Samuel Muller, y 71 heridos. En ese informe se cuenta que Muller había salido de su casa, ubicada en Bermejo 642, a comprar leche, cuando en la esquina de Bermejo y Guardia Vieja lo sorprendió un tiroteo del que pretendió huir. Entonces comenzó a perseguirlo un oficial de la comisaría 9ª quien, según el testimonio de una vecina, le disparó un balazo profiriendo al mismo tiempo frases antijudías. Recogido por los vecinos y llevado al hospital Durand, Muller falleció allí el día 16 de enero de 1919. Sin ninguna filiación ideológica, dejó una esposa de 29 años y tres hijitas de 5, 4 y 1 años de edad. Fue enterrado en el Cementerio Israelita de Liniers.

Tal como se dijera más arriba, ésta es la única persona judía asesinada, según el Comité de la Colectividad Israelita, durante los tumultos, cuyo fallecimiento se encuentra debidamente registrado y, si bien cabe la posibilidad de que el saldo luctuoso fuera mayor, Wald se mantuvo fiel al rigor metodológico en su descripción de los acontecimientos. Y aunque él en su libro habla de tres víctimas confesó que jamás pudo documentarlo a pesar de sus denodados esfuerzos. La razón por la cual tardó 10 años en publicar el libro se debió fundamentalmente, a que él esperaba información fehaciente de familiares de víctimas residentes en Argentina o en Europa. Información que jamás consiguió.

Es por eso que con el correr de los años Pinie Wald aceptó el documento presentado por el Comité de la Colectividad Israelita. Con respecto a la víctima Abraham Celzer tampoco encontró documentación fehaciente. En su libro él habla de tres víctimas fatales, dos mayores y un niño pero no nombra a ninguno, por no tener prueba suficiente. 

En charlas y entrevistas posteriores, a fines de la década del ’50 y principios del ’60 del siglo XX, reconocía que las víctimas fatales rondaban la decena, entre ellos Julio Goldemberg, Schulman, Futievsky, Marcos Mulevich, Abraham Celzer y Samuel Muller (estos tres últimos están enterrados en el cementerio de Liniers) y los demás figuran en partes policiales, diarios y escritos de la época.

La revolución había triunfado en Rusia en 1917, pero los fascistas lugareños (Buenos Aires), presas del pánico, también se vengaban atacando a ancianos de largas barbas y destruyendo los locales y bibliotecas de obreros judíos.

En esos días, los antisemitas exaltados acusaron a Pinie Wald de ser “El Presidente del Soviet Maximalista (bolchevique), a ambas orillas del Plata”. En base a dicha calumnia fue arrestado.

Su libro “Koschmar” (Pesadilla), que apareció en 1929, a diez años de la Semana Trágica, es algo más que la mera descripción de sus vivencias personales. Podemos considerarlo el prólogo del gran libro de crónicas de nuestra colectividad, ya que el drama judío en la Argentina se prolonga hasta nuestros días, con los atentados a la Embajada de Israel y, en julio de 1994, a la Kehilá de Buenos Aires (AMIA).

El antisemitismo local ha adoptado ya todas las apariencias posibles e imposibles, desde los uniformes de la “guardia blanca” hasta las “camisas pardas” de los nazis, precediendo y siguiendo a la gran catástrofe del Holocausto...

Hoy tenemos en el mundo focos de nazismo y movimientos islámicos como “Jihad Islámica”, “Al-Qaeda”, “Hezbollá” o “Hamas”, la monstruosa invención que amenaza la vida judía tras la máscara de una supuesta lucha contra el “imperealismo sionista”. Por diferente que se nos antoje la pesadilla de Pinie Wald, en su juventud, de 80 o 90 años atrás, de nuestros fantasmas actuales, en realidad se trata del viejo antisemitismo que no cesa. Cambiará su pretendida vestimenta, pero su contenido demoníaco persiste.

LA VERDAD

En cada una de las entrevistas, de las muchas que nos concediera, no dejábamos de asombrarnos ante sus enseñanzas, su integridad y su hombría de bien. Nos describía cómo muchos “historiadores” e “investigadores” intercedían ante él a fin de que elevara el número de víctimas fatales. Pero Pinie siempre nos decía que, sin desmedro de su repudio por los represores y sus actos barbáricos, la verdad jamás puede ser tergiversada en nombre de un ideal -ya se trate del sionista, del socialista u otros- por más noble que el ideal fuera. En su condición de hombre adulto y en base a su vasta experiencia, sostenía que el fin no puede justificar los medios.

 Siendo nosotros jóvenes, debo confesar, y militantes de movimientos profundamente impregnados de ideología, su postura nos parecía poco realista y utópica, pero con el correr de los años aprendimos a valorar y a agradecer sus valiosos consejos. Por lo menos para mí, fueron de trascendental importancia.

NUEVAS OBRAS.

En Pinie Wald se aunaban el denodado heroísmo del trabajador judío, el ojo abierto a su entorno y una cordial calidez para con el prójimo.

Su libro “Blétlej” (hojas), publicado en el mismo año 1929, es una monografía colectiva de 16 personalidades, en aquella etapa genesíaca de nuestra comunidad. Escritores, intelectuales, idealistas y soñadores destacados, desfilan como en un caleidoscopio; hombres y mujeres, trágicas figuras de un ambiente igualmente dramático, que abandonan el mundo en plena juventud, ya sea bajo el peso de sus desgracias o por su propia voluntad.

Habrían bastado esas dos primicias, “Blétlej” (Hojas) y “Koschmar” (Pesadilla), para que Pinie Wald ocupara un lugar de privilegio en la historia literaria y cultural de nuestro “íschuv” (comunidad); y no habríamos podido referirnos a él, sino con el mismo sentimiento de cariño y de gratitud a casi 43 años de su partida (Pinie (Pedro) Wald falleció el 25 de agosto de 1966).

Pero no fueron ésas sus únicas obras. Él siguió creando hasta avanzada edad en que nos dejó.

Tampoco deslució en su vejez el heroísmo de sus años juveniles, su condición de pionero, de trabajador incansable, de socialista fiel. Se mantuvo incólume, tanto en su tarea de escritor como en sus convicciones respecto al socialismo y a una cultura en la diáspora. En este sentido, se resistió a reconocer los cambios de los tiempos. Sin embargo, nadie gozó de tanto respeto como él, porque no era fácil encontrar a alguien tan honesto con sus amigos y con sus adversarios.

En 1959, apareció su libro “In gang fun tzaitn” (“Al paso de los tiempos”), historia del socialismo en la Argentina que él editó. Y también en 1959, ya retirado, como periodista, del trabajo cotidiano en “Di Presse”, vio la luz “Oif histórische vegn” (“Por caminos de la historia”).

La editorial “Idbuj” publicó, en 1964, la obra de Pinie Wald, “Gueshtaltn fun ídischn velt-folk” (Figuras del pueblo judío universal), con 21 monografías. Y el libro de Pinie Wald “Arguentine” (Argentina), también publicado por “Idbuj”, en 1966, seria su adiós al mundo. Pinie Wald se encontraba por entonces más allá de la vida.

AL MAESTRO CON CARIÑO.

Hoy lo recordamos, como ya lo hemos dicho, con un profundo sentimiento de respeto y de gratitud, como recuerda un discípulo a un maestro. Porque si bien pertenecemos a distintas generaciones y a diferentes orientaciones ideológicas, nos une, en cambio, el ideal común de la vida judía, más fuerte y más duradera que una efímera existencia individual. Y porque sé que ese sentir me acompañará hasta mi último aliento.

Ojalá que nuestra generación merezca análogos elogios cuando llegue al termino de sus días.

 

 

 

 

 
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