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Mundo Israelita Premiado

 La Dra. Corina Schwartzapel ha sido distinguida con una mención especial por el jurado de los Premios Dr. Héctor Bergier que otorga la Asociación Médica Argentina, por el importante aporte a la difusión de los temas de salud que realiza por medio de su columna "Ciencia / Salud - Una puerta abierta al conocimiento".
El acto de entrega de los diplomas, se llevó a cabo el día 10 de Diciembre a las 19 hs. en la sede de la AMA, Santa Fe 1171, 1º piso.
Compartimos este premio con todos nuestros lectores.


Mate, tabaco, puchero Imprimir E-Mail
jueves, 23 de agosto de 2007

Por Isaías Leo Kremer 

Para los pioneros judíos llegados a estas tierras hace ya más de un siglo, esos tres elementos fueron los íconos adoptados que pasaron a ser, entre otros, su pasaporte a la argentinidad.

El hombre del interior con su proverbial hospitalidad compartía “los amargos” del encuentro,”los negros” fumados en los breves descansos y el puchero criollo con “alguna papa más” que le permitía compartir con “el gringo” el placer de una buena comida y la charla posterior.

Nuestros padres y/o abuelos pronto asimilaron los usos y costumbres en su afán por “no ser tan distintos”, no sólo tomaron dichos elementos, sino que pronto aprendieron a hacer uso de ellos como prenda de intercambio y hospitalidad.

Recuerdo mi primer libro de idish, en cuya página inicial aparecía un mate y abajo, escrito en letras hebraicas para que no quedaran dudas de cómo se escribía y pronunciaba dicho elemento.

Si bien los colonos judíos de la primera generación adoptaron pautas culturales, siguieron siendo en general, celosos guardianes de sus tradiciones milenarias e incluso muchos de ellos siguieron siendo “gringos” hasta el último de sus días.

No sólo a los colonos judíos sino a los de otros orígenes les ocurrió esto, todos traían su bagaje cultural que se mostraba en un mosaico multicolor que abarcaba a todos en este país pródigo y de tradición libertaria.

La segunda generación ya presentó cambios, en general con un mayor nivel cultural, con idioma bien conocido o estudiado, tendieron a diluirse en el conjunto, a no ser “tan distintos”.

Es en ese punto en que la comunidad judía de la época presenta vertientes de gran asimilación, sin estudio de fuentes judaicas, en que aparecen los nombres”argentinos” en reemplazo de los bíblicos traídos por los abuelos y en que van quedando en el camino los hábitos de comidas según rito judaico, costumbres rituales, concurrencia a sinagogas, rezos diarios etc, etc.

Durante ese proceso surgen cuestionamientos nuevos y más aún a partir del surgimiento del Estado de Israel.

Si bien el sionismo y los movimientos juveniles aglutinan muchas voluntades de la tribu judía, también es cierto que ya no hay mayores diferencias entre el argentino judío y el que no lo era.

No obstante lo cual surgen dilemas como el de la doble lealtad, la separación y/o rechazo a matrimonios mixtos, la necesidad de escuelas con enseñanza judaica o no ,etc.

A lo largo de este devenir, gran parte de los hijos de aquellos colonos, ya en posesión de ciudadanía plena, hacen una vida no judía, o al menos limitada a las ceremonias básicas del judaísmo y aún estas cuestionadas como la circuncisión, el entierro en cementerios judíos, etc.

De a poco va surgiendo una nueva generación que a la luz de este mundo globalizado afronta y presenta nuevos desafíos.

Ya no hace falta el mate, el tabaco o el puchero para mimetizarse con el medio; tampoco se cuestiona una identificación ni dilución en el medio circundante, más allá de similitudes o diferencias.

Ahora, nuestros hijos y nietos son o pretenden ser ciudadanos del mundo, allende las fronteras geográficas, culturales, religiosas o étnicas, no afecta si son argentinos, si son judíos, blancos o negros, ya no se identifican siquiera con el terruño y afrontan el mundo entero, cada uno desde la actividad que desarrolla.

Atrás quedó la necesidad de pertenecer a un grupo religioso o a un país, el desafío es trascender a nivel del mundo conocido, en el cual las fronteras parecieran haberse borrado y mediante los medios modernos, hoy estás aquí pero tu voz se escucha en los confines de la tierra y contigo interactúan.

Cabe suponer, entonces, que aquello que aprendimos y aun lo que pretendíamos transmitir cae en desuso por anacrónico e inviable.

¿Cómo será entonces el judaísmo de nuestros hijos y nietos?, ¿existirá acaso?, ¿tendrán algún anclaje en la educación judía?, ¿estarán identificados con la tierra de Israel?.

La mejor observación la tengo precisamente en los ciudadanos israelíes que llegan a estas latitudes, ellos son transnacionales, ven al mundo como un gran campo de desarrollo a futuras actividades relacionadas con las nuevas tecnologías y obvian las diferencias que a nosotros nos parecían tan gravitantes.

Nuestros hijos seguirán probablemente esos vectores de crecimiento; si así fuera, entonces ¿qué importancia tendrá limitarlos con una educación judaica, o inculcarles un amor a esta tierra que no les reportará nada en un futuro?.

No tengo las respuestas pero trataré de avizorar los desafíos dotándolos de los elementos que les permitan afrontarlos; de todos modos y pese a que se que habrá grandes cambios, insistiré con mis premisas respecto a la enseñanza de los valores judaicos, más allá de la utilidad que esto les reporte.

¿Por qué lo haré?, porque creo que más allá del nivel tecnológico o científico que pudieran alcanzar, las vivencias judaicas y los valores que las sustentan dan un marco de referencia existencial que los ayudará a tener un anclaje cultural y humano que les permitirá saber en qué aguas se estén moviendo.

Tal vez, porque creo, como creía Maimónides, que “la meta del judaísmo es el hombre probo” y eso nunca estará sobrando ni aquí ni en el futuro, por más cambiante que éste pudiera llegar a ser.

Tal vez ahora, en esta tercera o cuarta generación, ya muy lejos del mate, cigarro y puchero, mis nietos se cuestionen nuevos desafíos y tendrán nuevas herramientas para afrontarlos.

Yo seguiré enseñando tal vez a mis nietos la historia de mi pueblo, los valores de mis creencias y el amor por mis tradiciones; puede que sea para ellos de poco valor o, inclusive, un lastre, pero no puedo dejar de hacerlo, se lo debo a mis patriarcas lejanos y a mi padre quien, venido de Rusia, nunca dejó de ofrecer un mate, un cigarro o un puchero a quienquiera que se acercara a nuestra chacra.

Quiera D” que ante los nuevos desafíos que tengan nuestros descendientes en el futuro, puedan responder con dignidad; serán distintos a nosotros, navegarán en otras aguas, pero aquello que les transmitimos, siempre ocupará un lugar en su mente y, más importante aún, lo será en su corazón.

 
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