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La novia de Buenos Aires Imprimir E-Mail
jueves, 11 de diciembre de 2008

Por Herbert Brodsky                                                     

Felisa, una joven morocha de 15 años, vivía en un pueblito de Salta llamado San Diego, donde muchos de sus pobladores lucen en su rostro  un color cobrizo por ser descendientes de los indios diaguitas, antiguos pobladores de esas regiones.

En los atardeceres, rodeada de sus pequeños hermanos, soñaba con conocer Buenos Aires, donde muchas amigas ya habían conseguido trabajo, estaban contentas y enviaban dinero a sus familiares. Invitada a un baile conoció un muchacho de 20 años que, con la picardía de siempre, la fue convenciendo de su falso amor y como suele suceder no tardó mucho en dejarla embarazada. Cuando ya se notaba lo que iba a venir su padre le dio una soberana paliza, intentando echarla de la casa, pero la madre, como tantas otras, la protegió hasta que tuvo una hermosa niña que llamó Elba. Unos años después, fue bastante difícil convencer a sus padres sobre su deseo de irse a Buenos Aires,  pero al fin lo consiguió. Compró su pasaje en la segunda del tren carreta, que paraba en todas las estaciones y se preparó con su valijita de cartón, a  hacer el viaje tan deseado  a la Gran Capital. Por no gastar dinero no habló ni escribió a ninguna de sus amigas y por lo tanto llegó a la gran estación de Retiro solita y sin un alma que la esperara. Preguntando a todo el que se le cruzaba pudo tomar un tranvía que la llevó hasta poca distancia de la casa donde vivía una de sus  compañeras de la escuela. Por suerte la amiga estaba allí y la recibió con gran alegría. Después de un breve intercambio de noticias se pusieron de inmediato a llamar por teléfono y así fue como llegó a la casa de la señora Almira, donde fue tomada para tareas de mucama y ayuda general, siempre acompañada de su pequeña hija. Pasó el tiempo y la salteña se fue aquerenciando, naciendo una mutua simpatía entre ambas mujeres, la patrona y la mucama. Pasaron los meses y la rutina se impuso en ella.

Se levantó a las 7, como lo hacía todos los días, con su hijita Elba ya de 4 años, y se preparó para repetir sus costumbre de todos los domingos, pasear por el puerto de la gran ciudad de Buenos Aires. Se vistió rápidamente con su traje amarillo de verano, regalo de la señora Almira, y a su hija le puso su mameluco rosado.

Luego del desayuno salieron a tomar el colectivo 10 que los llevó rápidamente hasta las cercanías de un gran barco allí anclado.

Corría el año 1965. Eran las 8 de un día de sol esplendoroso. El cielo dejaba ver un color azul fuerte adornado de algunas nubes. Las gaviotas revoloteaban haciendo oír sus fuertes graznidos, como señalando que esas eran sus posesiones.

Felisa caminaba a paso lento sobre el empedrado del puerto, recordando su niñez y juventud, transcurrida en su lejana Salta, donde estaba su familia. Le corrían unas lágrimas pensando en aquel muchacho que la enamoró y la convenció, cuando solo tenía 15 años, de entregarle su inocencia, con la promesa de que nada le iba a pasar, porque él era un experto en cosas del amor y además que unos años después se iban a casar. Recordaba con tristeza cuando sintió que algo empezó a crecer en su interior y como el perfecto enamorado, al enterarse de lo que pasaba desapareció del pueblo y ella tuvo que enfrentar a sus padres. Cuando cumplió 19 años, consiguió con la ayuda de sus hermanos y su madre, ya que su padre no le hablaba, juntar el dinero necesario para los pasajes a Buenos Aires, donde una amiga le había conseguido un puesto de servicio doméstico en la casa donde la admitieron cariñosamente con su hija. Sumida en sus pensamientos, descuidó por unos segundos la manita de su hija, quien corrió hacia adelante pretendiendo agarrar una paloma y a los pocos metros, resbaló y cayó golpeándose fuertemente en una rodilla, de donde empezó a brotar sangre en abundancia. Felisa corrió en dirección a la niña, pero sorpresivamente, un marinero que venía de frente con varios compañeros se adelantó y la tomó a Elba en brazos, que lloraba dolorida y asustada y con palabras imposibles de entender empezó a acariciarla y a calmarla, colocándole su pañuelo en la pequeña herida. Felisa se quedó impresionada al ver que su hija se iba tranquilizando, aunque las palabras en inglés con las que el marinero la consolaba no podía entenderlas, pero el tono cariñoso, su sonrisa contagiosa y las caricias fueron suficientes. Cuando Felisa levantó los brazos para que se la pase, él le hizo una señal negativa y siguiendo con las señas, le dio a entender que mejor era ir hasta un bar cercano y sentarse hasta que la niña se reponga del todo. Con la ayuda de otro de los marineros, que hablaba algo de castellano, Felisa se enteró que Charles, así era el nombre de su nuevo amigo, era el electricista del barco petrolero inglés, New London, anclado en las cercanías y que partían a Europa al día siguiente. Charles era rubio, alto, de unos 25 años y poco a poco se fueron entendiendo con Felisa, en una mezcla de idiomas y gestos. Él sacó una tarjeta para ella, le pidió su dirección y teléfono, y le prometió que cuando llegara a Londres le iba a mandar una carta. El tiempo pasaba lentamente, los minutos se hicieron horas y el muchacho no se levantaba porque se notaba a simple vista, que se sentía atraído por la primera mujer que veía al pisar el suelo de Buenos Aires.

De regreso a la casa, Felisa le contó a su patrona todo lo ocurrido. Estaba muy impresionada y le dijo a la señora  Almira que, seguramente, el hombre era un mentiroso y ni bien partiera el barco del puerto, se iba a olvidar de ella, como seguramente se olvidaba de todas las chicas que conocía en los diversos países donde el barco anclaba. Almira le contestó que no se afligiera ni fuera tan pesimista ya que si bien los milagros dicen que no existen, nadie puede evitar que alguna vez sucedan. -Y si a vos te sucede que él te escriba, no será un milagro, porque de alguna forma lo has impresionado tanto que él puede decidir querer seguir en comunicación contigo.

Pasaron unos tres meses de trabajo y quehaceres rutinarios y sucedió lo que tenía que suceder, llámese milagro o amor a primera vista. Llegó la carta de Charles tan esperada, escrita en inglés, por lo que Almira debió prestar sus buenos oficios en la traducción. Pero al leerla vio muy sorprendida que no solamente era un saludo amistoso sino que era una declaración de amor verdadero, ofreciendo casamiento y envío de los pasajes a Londres para ella y su hija por avión al recibimiento de una respuesta positiva. Las dos mujeres se quedaron perplejas, se miraron incrédulas y Almira procedió a escribir la traducción para que Felisa la pudiera ver con sus propios ojos. Volvieron a mirarse intensamente como si no pudieran creer lo que estaba sucediendo, hasta que Felisa, con lágrimas en los ojos y con su pobre imaginación, preguntó: -¿Qué hago señora Almira?, -¡Pues cómo que qué hago!, enseguida nos sentamos a escribir la respuesta afirmativa y que mande nomás los pasajes, antes de que se arrepienta, que aunque yo me quede sin tu ayuda, ya me voy a arreglar, pero vos no te podés perder una oportunidad como ésta, que si no es en realidad un milagro, es algo que te puede suceder sólo una vez en la vida. Y cuando en la vida se te presenta una oportunidad hay que hacer ¡JAP! O sea, no dejarla pasar. Y tomándola de la mano la arrastró hasta la cocina donde se sentaron con lapicera y su block de cartas a empezar a escribir la respuesta afirmativa. Preparó el sobre, introdujo la carta y le dio el dinero necesario para despacharla por correo.

A partir de ese momento las  dos  mujeres  contaron  los  minutos, los  días y las semanas esperando que la aventura continuara con la llegada de la siguiente carta de Charles, hasta que llegó la esperada misiva. La abrieron con urgencia y ahí estaba el milagro. Después de reiterarle su amor sin tacha, le indicaba que pasara por Aerolíneas Argentinas, donde ya estaban pagados los pasajes a su nombre y solo tenía que ir a retirarlos con su documento de identidad. Siempre acompañada por Almira, fueron en busca de lo increíble. Una vez de regreso comenzaron los preparativos, fijando la fecha del viaje para una semana después. Habló Felisa a Salta para despedirse, cosa que tuvo que repetir varias veces para que su madre la entendiera. –Mamá, me voy a Londres, en Inglaterra, a casarme con un electricista que conocí aquí y me mandó los pasajes.  –Cómo que te vas a Londres? Y con qué plata vas a pagar los pasajes?  -Pero mamá, ya te dije que Charles me mandó los dos pasajes y me voy la semana que viene. Y así siguieron por un buen rato hasta que le entró la noticia a la cabeza de su madre.

Y comenzaron los preparativos y terminaron los preparativos, usando una nueva valija de cuero comprada por Almira y llegó el día del viaje y se embarcó la Felisa con su hija en un flamante y enorme avión que las llevó a concretar el milagro. Almira en el aeropuerto se quedó llorando de la emoción. Iba a tener que empezar a creer en milagros. Pasaron dos meses y llegó la primera carta de Felisa contando sus peripecias y el recibimiento en el aeropuerto de Londres por Charles con su madre, una mujer de aspecto imponente, como debe ser la Reina y muy simpática. La condujeron hasta su gran auto y la llevaron hasta el puerto de Ipswich, a tres horas al nordeste de Londres, donde ellos vivían en una hermosa casa con jardín. Contaba que ya estaban madre e hija estudiando inglés y costura.

Así fue pasando un año, en el que Charles hizo varios viajes con el barco, mientras Felisa, ya casada, acompañaba a su suegra ayudándola en sus quehaceres.

Luego de ese año, Almira en un viaje a Israel a visitar a su hija Graciela, hizo una escala en Londres solo para ver a Felisa. Cuando la vio en el aeropuerto no podía creer en lo que estaba mirando. Felisa parecía una dama inglesa, solo que morocha, con un peinado especial, de peluquería y hablando en inglés con su hija. Subieron al auto familiar y antes de llevarla al hotel la hicieron pasear por toda la ciudad. Los ojos de Almira no podían separarse de Felisa. Le daba la impresión de estar contemplando a la dama de Pigmalion. Felisa hablaba a su hija con una suavidad y un lenguaje inglés realmente refinado comprobando que la transformación fue total y verdadera. Mientras ella lucía su renegrido cabello, su marido, muy elegante, mostraba su cabellera rubia, ojos azules, finos modales y su hija aparentaba ser una muñeca. Todo el conjunto similaba ser una familia de noble alcurnia inglesa.

Al día siguiente fueron a buscarla al hotel y la llevaron hasta su casa en Ipswich, donde de acuerdo a la muy inglesa costumbre sirvieron el five o’clock tea, con toda la dignidad que podía esperarse de una familia muy educada y distinguida. Almira no salía de un asombro para entrar en el siguiente. Ahí se enteró que el matrimonio y la niña estaban por mudarse a los Emiratos Árabes Unidos, donde pasarían un año para efectuar un importante trabajo contratado por el patrón de Charles y de donde esperaban regresar con una buena dotación de libras esterlinas.

Almira estuvo varios meses en Israel y regresó a Buenos Aires, donde siguió recibiendo cartas de su Felisa, contando que vivían en la ciudad de Dubai, que era la capital de los 7 emiratos y que fuera de las ciudades de la costa del Golfo, el interior era un desierto, que la única industria era el petróleo y el gas natural, que los trabajadores eran el 90 % extranjeros. El trabajo que hacía su esposo consistía en la renovación total de la instalación eléctrica del palacio de un príncipe árabe, que tenía 17 dormitorios, tres esposas y 22 hijos, que le costaba entenderse por el idioma, pero por suerte muchos hablaban inglés que para ella ya era un idioma corriente. Charles hacía de director técnico de una decena de trabajadores locales a quienes debía enseñar hasta el manejo de las  herramientas. Estaba incluido el recambio e instalación de equipos de aire acondicionado. Los lugares más hermosos eran los parques que rodeaban las viviendas de la gente rica donde la mayoría eran de la familia real o de los emires, pero saliendo de allí era un desierto, había una gran pobreza  y atraso en la educación y que entre los 7 países unidos apenas llegaban a los 2.000.000 de habitantes, de los que el 80% eran inmigrantes. Felisa y su familia vivían en un sector del palacio destinado al  personal de servicio, quedó nuevamente embarazada y tuvo un varón a quien llamó Peter, que le alegró la vida.

Este cuento es real y sucedió en la época indicada. Luego perdimos contacto con ellos pero el recuerdo quedó. Salvo el de Almira, que es el de mi hermana, los demás nombres y regiones son remplazados para evitar problemas familiares.

 

 

 

 
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