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Al maestro con cariño Imprimir E-Mail
jueves, 04 de diciembre de 2008

He tenido la inmensa suerte de tener grandes maestros, seguramente no supe asimilar todo lo que me enseñaron, por falta de capacidad o predisposición del momento.

De todos modos, pretendo rescatar  recuerdos de ellos porque se los debo y porque  las generaciones  de hoy o las próximas no tendrán tal vez mucha idea de quienes han sido estos personajes.

Aclaro que de todos, he  respetado el principio de Rab Meir: “Tome el contenido y descarte la cáscara”, con esto aclaro que no los idolatré, aunque los admiré a todos.

Debo empezar por uno, y como se aproxima el aniversario de su desaparición física decido iniciar este recuerdo con la figura de mi querido rab, maestro y amigo Marshall Meyer Z L.

Todo se inicia con un chico de trece años a quien la reciente orfandad provocara la lógica angustia; mi madre me envió al templo de la calle Libertad  para decir kadish por mi padre en las altas fiestas.

La plaza tan hermosa, los hombres y mujeres tan bien ataviados, la flota Buick estacionada enfrente con sus autos brillantes, todo era  clima de fiesta.

El niño de trece años, solo y triste, se apabulló con tanto despliegue y, pese al pudor, se animó a entrar en la puertita lateral del templo, por la que observara habían entrado otros jóvenes.

Un hombre joven cantaba en hebreo y dirigía plegarias en español y en hebreo, luego  habló con dificultad en el idioma que le era aún extraño; sus palabras nos llegaron pero su pasión nos llegó mucho más a cada uno de los presentes que quedamos maravillados de este hombre que se dirigía a nosotros.

Al salir, el rabino se colocó en la puerta y daba un apretón de manos y un beso a cada uno de los concurrentes. No sé por qué, al llegar mi turno me dirigí a él en hebreo y me contestó pidiéndome me quedara a un costado para dialogar luego conmigo.

Lo hizo, me pidió concurriera porque en el idioma de nuestros padres se manejaba mejor y su español era aún pobre, obviamente contesté que lo haría y al llegar a mi casa conté a mi madre lo que me había ocurrido, atónito aún por la situación vivida junto a este  personaje único.

Yo tenía conocimiento del idioma, idea del sionismo, amor por Israel, pero la pasión por ser judío se la debo sin duda a sus enseñanzas.

Siguieron años de aprendizaje y luego de alejamiento por mis estudios, pero el vínculo con el maestro siguió, aunque hablaba ya mejor castellano que yo y mucho más atractivo por la entonación americana  cuyos efectos también aprendió a manejar. Quiero aclarar que el rabino tenía apenas treinta años y si bien nunca lo consideré figura paterna, lo fue en alguna medida de toda una generación de chicos judíos que aprendieron a amar el judaísmo a través de él.

Años después me convocó para integrar el grupo de estudiantes rabínicos en los inicios de la institución.

En mi caso estaba ya avanzado en la Facultad de Agronomía donde los profesores eran figuras arquetípicas que daban cátedra y los alumnos  recibían las enseñanzas como emanadas de algún ser superior.

Una de las primeras cosas que nos dijo el rabino fue: “Espero que alguno de ustedes con el tiempo cuestione  muchas de mis opiniones, si así fuera quiere decir que supe ser maestro”, todo lo contrario de mis educadores universitarios de la época, pero ése era el principio de Marshall, se movía en términos de desafío y cuanto más grande era éste, más crecía su empeño y así nos enseñó a los alumnos de aquella hermosa época.

En una reunión tuve el tupé de cuestionarle conductas, fue un acto de soberbia propia de un  joven inexperto, aunque el cuestionamiento fuera válido, recibí una reprimenda en alta voz que me hizo sentir apabullado, creo que lo merecía.

No pasó una semana en que se hizo un tikún nocturno y antes de empezar, Marshall solicitó la palabra y me pidió públicamente disculpas, a mi que era nadie, el maestro me pidió disculpas y lo hizo humildemente porque no cabía una actitud teatral en ese momento, ¿alguien tiene en su acervo recuerdos como esos de un maestro?

Cuando me gradué en la Facultad, manifesté mi deseo de abandonar los estudios rabínicos ya que quería ejercer como ingeniero agrónomo y me despedía con dolor de mis maestros, con quienes perdí contacto varios años.

Aprendí de él que se puede vivir como judío y es hermoso lograrlo, sin dogmas, sin chauvinismos, cuestionándome cada cosa, aprendiendo de los errores y aciertos de nuestros patriarcas; aprendí a disfrutar el ser judío en las pequeñas cosas y fuimos muchos los que tuvimos esa percepción judaica gracias a él y a sus enseñanzas.

Creo, sin desmerecer a nadie en especial, que sus continuadores no tuvieron ese fuego sagrado y si bien podrán ser doctos e idóneos no han transmitido la pasión judaica que Marshall nos inculcara.

Mi sensación, volviendo al ejemplo de antes, es que se fue privilegiando la cáscara en lugar de la pulpa y el fruto quedó vacío.

Pasaron años, llegaron  los días difíciles para nuestro país; el pastor acudió por su rebaño: visitó cárceles, sitios de detención, hospitales y cementerios.

Fue humillado por los militares, bastardeado por miembros de su propio pueblo; sin embargo, nada lo detuvo y su clamor se escuchó cuando muchos otros callaban.

Un recuerdo al respecto, relatado por una sobreviviente que estaba detenida y recibió la visita de un rabino, quien le pidió que diera los nombres de sus contactos pues los militares no eran malas personas y la ayudarían, la prisionera calló.

Poco tiempo más tarde, otro rabino la visitó y le dijo que sólo quería manifestarle que sus padres estaban bien y que a ellos le diría que su hija estaba detenida pero no maltratada; que si quería enviarles un recado él se lo trasmitiría.

 El primer rabino no era pastor, el segundo era Marshall Meyer y aunque ahora pregonen todo lo que hicieron por las víctimas, la realidad es que sólo Marshall o sus enviados se jugaron por los detenidos.

Sobre este tema versó nuestro encuentro en un bar de Belgrano, cuando ya no el maestro y el alumno sino dos hombres lloraron juntos con el relato del rabino cuyas lágrimas por los chicos asesinados tenían más valor que todas las peroratas de los representantes oficiales del judaísmo argentino en la época.

No tengo duda de que el judaísmo de Marshall dejó su impronta en la Argentina y toda una generación se acercó al jasidismo gracias a las prédicas de este pastor; a mi modo de ver , la ausencia del rabino, o la falta de sus enseñanzas dejó un espacio vacío que fue en parte, capitalizado por grupos más ortodoxos  como JABAD, que si bien tienen otro discurso, han captado la adhesión de muchos de aquellos que quedaron huérfanos de judaísmo al desaparecer físicamente  Marshall.

Yo, al igual que tantos, le debemos nuestro sentimiento judío y al decir de Omar Kayam “puede una gota de barro a un diamante oscurecer, pero por ser diamante, pasa un instante y su brillo vuelve a renacer”, eso pasa con la figura del rabino, quien, pese a los pigmeos que ensucian su memoria, dejó un recuerdo único. Sus enseñanzas seguirán marcando caminos cuando todos nosotros ya no estemos para recordarlo.

Lamento defraudarte, querido maestro, no seré yo el alumno que destruya tus  pensamientos y palabras; por el contrario, me regodeo en ellas y las recuerdo con mucho amor.   

                                                                                                            Isaías Leo Kremer

 
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