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“Los enfermos”, de Antonio Álamo - El poder como historia clínica Imprimir E-Mail
jueves, 20 de noviembre de 2008
 TEATRO                                                                     
por RICARDO FEIERSTEIN
FICHA TECNICA:
TITULO: “LOS ENFERMOS”. AUTOR: Antonio Álamo. DIRECCION: Iris Pedrazzoli. INTERPRETES: Guido D’Albo, Héctor Zinder, Ricardo Salas, Daniel Mancuso, Pedro Alperovich, Guillermo Tassara, Hilario Quinteros, Federico Cerisola y Nicolás López. Voz de Beatriz Dellacasa. ILUMINACION: Leandra Rodríguez. ESCENOGRAFIA: Salvador Alero. VESTUARIO: Ana Clara Uhrich. SONIDO Y MUSICA ORIGINAL: Gonzalo Morales. SALA: Espacio Ecléctico. Humberto I 730. Sábados 21 horas. 
Relacionar poder y enfermedad resulta un excelente punto de partida porque, como suelo citar, el italiano Bettino Craxi, investigado por las coimas y negociados durante su gobierno en Italia, reformuló el lugar común que afirma “El poder enferma” completando la frase: “…a los que no lo tienen”.
Tema complicado éste, que el español Antonio Álamo encara desde una visión polarizada: todos los grandes dictadores o detentadores de poder sobre las vidas de sus pueblos son, al mismo tiempo, pacientes psicóticos, cuyas historias clínicas se despliegan -desde dos supuestos enfermeros de un psiquiátrico- para prologar la acción en cada una de las tres partes que componen esta obra.
Así desfilan, al comienzo, un Hitler autista y paranoico en el búnker de Berlín, bajo las bombas de los aliados y a punto de cometer suicidio, después de asesinar a Eva Braun y a su perra de policía, lanzando insultos contra un pueblo alemán que no respondió a sus expectativas. El segundo capítulo se refiere a un posible encuentro secreto, en Yalta, entre Stalin y Churchill, para develar el misterio sobre el cuerpo supuestamente incinerado del Fürher y la trampa de sus dobles, encontrados por los soldados soviéticos que entraron en la capital germana, tal como revelaron hace poco los investigadores de esa época. El fragmento final transcurre en Moscú, durante una reunión de los ministros del Kremlin y el jefe de la policía secreta, Beria, para descubrir un traidor imaginario entre los delirios de un Stalin cerca del final y el aire cínico y genuflexo de sus asustados colaboradores.
Con un tono que oscila cuidadosamente entre el grotesco, el humor y la verdad histórica, el juego de diferentes registros permite construir una trama entretenida y de momentos cambiantes, que despliega el histrionismo, los tejemanejes y la falta de escrúpulos que resultan habituales en esos niveles de decisión, entre dictadores reconocidos o demócratas aparentes que saborean las mieles del poder.
Es muy acertada la actuación del elenco, con trabajadas caracterizaciones de Hitler, Stalin y Churchill, y otro tanto de sus ministros, traductores y consejeros. Menos claro resulta, en cambio, la selección que hace Álamo de los casos tratados: si bien es cierto que las patologías de estos personajes pueden generalizarse -y ésa es sin duda la intención de la puesta en escena-, resulta curioso que precisamente un autor español posfranquista omita la figura del Generalísimo “por designio de Dios”, que se levantó contra las autoridades constitucionales, provocó una guerra civil con más de un millón de muertos, gobernó su país con mano de hierro durante décadas y, sobre todo, contó con la complicidad abierta de la Iglesia católica que, como ocurriera enseguida después con Pío XII, apoyó casi sin reservas al fascismo europeo. Que este y otros factores de poder hayan sido omitidos habla, quizá, de que resulta más fácil buscar en lo del vecino que en la propia casa, lo que no quita valor a sus denuncias, pero les coloca un límite.
Son dignos de mención los cuidados aspectos técnicos: la cambiante iluminación, el muy trabajado diseño de vestuario (en Hitler, Stalin y Churchill y -muy especialmente- en los ministros soviéticos, una suerte de batones sobre los que se dibujan trajes) y la inteligente y económica escenografía, que con distintas articulaciones y disposición de elementos simples y paneles corredizos crea diferentes espacios para la acción. Quizá aquí podría haberse arriesgado un recorte visual -como sucede en “El gabinete del Dr. Caligari”- que resignifique la locura de los protagonistas proyectada en la deformidad de los ámbitos donde circulan. De todas maneras, el final resulta muy logrado, con una secuencia de voces - algunas muy conocidas para los argentinos- que rematan y universalizan una experiencia lamentablemente demasiado conocida.
 
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