Inicio
 
“Ya voy” Imprimir E-Mail
jueves, 30 de octubre de 2008
Por Isaías Leo Kremer
Cuando Rafael llegó a la niñez, “Ya voy” ya lo estaba esperando; grandote y manso el picazo overo se puso enseguida a sus órdenes: arrimar con paciencia al poste de alambrado para que el niño pudiera trepar hasta su lomo, galopar aliviado por el liviano jinete hasta la escuelita rural de la vieja colonia; parecía comprender los deseos del pequeño que ora en castellano, ora en idish, le expresaba sus deseos que cual órdenes eran cumplidas de inmediato.

Al  Kum aher o al Guei avec seguía el aproximarse o alejarse, siempre al paso, mordisqueando alguna verde gramilla hasta cumplir lo ordenado.

Restregar los abiertos ollares contra el cuerpo del chico cuando quería regresar a su

querencia,  o mirarlo con sus ojos marrones con expresión agradecida cuando Rafael cepillaba con amor su grupa sudada después del largo galope. ¡Qué tiernos momentos!

Era para Rafael un caballo “absolutamente humano” y no concebía ni sitio ni sueño donde el fiel “Ya voy” no estuviese junto a él.

A medida que el niño se hacía adulto el noble equino se hacía viejo, ya no corría al galope hasta la escuelita de la colonia. En lugar de eso, sus pasos cansinos hacían sonar las cansadas articulaciones cuando pretendía seguir al muchacho montado en fletes más nuevos y briosos, con los que rápidamente se perdían en el horizonte, lejos ya de la mirada cansada de sus ojos buenos.

Suele ocurrir que la miseria nos hace adoptar actitudes  que de ninguna manera tomaríamos en épocas de bonanza, así fue que el padre de Rafael decidió vender a “Ya voy”, quien ya no prestaba ningún servicio y probablemente, estaría próximo a unir sus huesos con los de los ancestros desparramados en la ancha pampa.

Rafael debió llevarlo a los corrales del pueblo, iba despidiéndose y recordando tantas correrías juntos  en la apenas lejana niñez y ahora, esta abrupta despedida. Apenado por “Ya voy” , decidió desmontar y seguir a pie, el viejo caballo lo seguía, empujándolo de a ratos con su hocico en la espalda del gimiente Rafael.

Desfilaron por su mente tantos gratos momentos en los que “Ya voy” siempre estaba a su lado, con él no tenía secretos, lo había visto reír y llorar cuando era niño, enojado y triste, siempre acercándole sus ojos marrones como si lo comprendiera en cada circunstancia y ahora, lo dejaba en un corral de feria donde ya había otros caballos a la espera de su nuevo dueño. Como intuyendo algo, el fiel pingo quedó arrimado a Rafael, inundándolo con su olor silvestre y envolviéndolo con una mirada lastimera que nunca antes le viera.

Así fue hasta que vinieron a buscarlo y la sorpresa del muchacho fue mayúscula cuando vio que lo buscaba el carnicero del pueblo. Verlo y comprender que “Ya voy” no iría a nuevas y verdes praderas sino al matadero para terminar en mortadela, fue terrible para Rafael nuevamente hecho niño, pero su padre necesitaba el dinero y por eso lo vendía.

El chico creció de golpe ante la evidencia que lo alejaba de la mirada lastimera del caballo, no quiso mirarlo y se dio vuelta llorando para no volver a verlo nunca más.

Pasó mucho tiempo después de ese episodio, Rafael no volvió a encariñarse con ningún animal en memoria de su querido pingo, pero cuando su propio hijo le pidió un cachorro, le trajo un hermoso perrito a quien por recuerdo también llamó “Ya voy”.

Otra vez la historia repetida en su vástago, de ternura recibida, fidelidad sin par y juegos compartidos con el perro manso que veía por los ojos del niño.

Ocurrió en 1982, en el país soplaban feos vientos de guerra, su hijo ya era grande y fue llamado al ejército y lo destinaron al sur. Lo acompañó hasta la estación de Bahía Blanca, donde otros muchachos como su hijo se encontraban en el tren, con la algarabía propia de la edad  y ajenos a la inminente guerra que les parecía un juego más. Ante la angustia de su esposa, sólo fue acompañado por “Ya voy”, quien nunca se separaba del muchacho que era objeto de su adoración y desvelo.

El tren se alejó con un mar de pañuelos agitando por sus ventanillas. Desganado, Rafael llevó al perro hasta la camioneta, el fiel animal gemía lastimeramente. De pronto se cruzaron las miradas del amo y del can, en esos ojos pardos y suplicantes, creyó reconocer la última mirada de su viejo caballo, perdida en los recovecos de su memoria. De algo le estaba alertando el perro con su mirada, algo que intuía más allá de su lenguaje ausente.

Rafael, sin saber bien lo que hacía aceleró el vehículo, siguió la vía del tren, apuró la marcha hasta la estación de Aguará, pues sabía que ahí se detendrían unos minutos. Llegó antes que el convoy, corriendo jadeante seguido por “Ya voy” que ladraba alterado, subió al vagón en el que estaba su hijo y, sin mediar explicaciones, lo tomó del brazo y lo bajó del tren, el pobre muchacho protestaba sin comprender.

Siguió viaje con la camioneta hasta un teléfono cercano, de ahí llamó a su mujer alegando que se iba al campo por un día debido a un problema urgente. Una vez hecho esto, siguió viajando durante toda la noche con su hijo que protestaba con razón y con el perro feliz, lamiendo la mano del muchacho.

Solamente los dos hombres y el perro sabían adonde habían llegado; el viejo puesto en el monte cerrado fue el lugar elegido por Rafael para ocultar a su hijo, sin medir las consecuencias de su accionar si el muchacho fuese hallado  Allí lo dejó, confundido y preocupado, junto al fiel “Ya voy”; le llevó provisiones y vituallas rogándole que no se alejara  ni se dejara ver por nadie.

Ignoro cómo se arregló Rafael con las averiguaciones que hizo el ejército, pero era tal la desorganización que al poco tiempo dejaron de buscarlo, mientras los acontecimientos de la guerra de Malvinas seguían su fatídico curso hasta el terrible desenlace final.

Al tiempo, Rafael se enteró de que los alegres muchachos del batallón de su hijo fueron a Comodoro Rivadavia y de ahí a las islas. Los hechos acaecidos se conocen, muchos de aquellos jóvenes no volvieron o lo hicieron mutilados de cuerpo y espíritu.

Recién bastante tiempo después regresó a su hijo al hogar, con la plena convicción de que “Ya voy” lo había salvado con su instinto. Quizá no fue así, pero según Rafael me relatara, fue tanta la culpa que arrastraba por no haber respondido  a la mirada suplicante de su primer “Ya voy”, que no quiso desoír la alarma que le sonara con la mirada del segundo.

Puede que todo haya sido azar, pero me queda la duda de si los animales con su instinto no ven más lejos que nosotros, pobres humanos ensoberbecidos, que quizá más de una vez deberíamos prestar atención a otros ojos que nos miran suplicantes, aunque no tengan la sabiduría de “Ya voy”.  

 

 

                       

 
< Anterior   Siguiente >

Ediciones

Edicion 4524
9 de mayo de 2014
22 de febrero de 2013
31 de agosto de 2012
14 de agosto de 2012
10 de agosto de 2012
31 de julio de 102
13 de julio de 2012
20 de junio de 2012
2 de junio de 2012
25 de mayo de 2012
11 de mayo de 2012
22 de abril de 2012
6 de abril de 2012
16 de marzo de 2012
24 de Febrero de 2012
27 de enero de 2012
30 de diciembre de 2011
16 de diciembre de 2011
25 de noviembre de 2011
11 de noviembre de 2011
21 de octubre de 2011
23 de septiembre de 2011
26 de agosto de 2011
05 de agosto de 2011
22 de julio de 2011
8 de julio de 2011
24 de junio de 2011
10 de junio de 2011
27 de mayo de 2011
13 de mayo de 2011
30 de noviembre de 2010
15 de noviembre de 2010
1 de octubre de 2010
17 de setiembre de 2010
3 de setiembre de 2010
20 de agosto de 2010
9 de julio de 2010
25 de junio de 2010
11 de junio de 2010
28 de mayo de 2010
14 de mayo de 2010
30 de abril de 2010
16 de abril de 2010
2 de abril de 2010
19 de marzo de 2010
5 de marzo de 2010
19 de febrero de 2010
22 de enero de 2010
8 de enero de 2010
25 de diciembre de 2009
11 de diciembre de 2009
27 de Noviembre de 2009
13 de noviembre de 2009
30 de octubre de 2009
16 de octubre de 2009
2 de octubre de 2009
18 de setiembre de 2009
4 de setiembre de 2009
21 de agosto de 2009
7 de agosto de 2009
24 de julio de 2009
10 de julio de 2009
26 de junio de 2009
12 de junio de 2009
29 de mayo de 2009
15 de mayo de 2009
1 de mayo de 2009
17 de abril de 2009
3 de abril de 2009
13 de marzo de 2009
27 de febrero de 2009
13 de febrero de 2009
30 de enero de 2009
19 de diciembre de 2008
12 de diciembre de 2008
5 de diciembre de 2008
21 de noviembre de 2008
14 de noviembre de 2008
7 de noviembre de 2008
31 de octubre de 2008
24 de octubre de 2008
17 de octubre de 2008
26 de setiembre de 2008
19 de setiembre de 2008
12 de setiembre de 2008
5 de setiembre de 2008
29 de agosto de 2008
15 de agosto de 2008
8 de agosto de 2008
1 de agosto de 2008
25 de julio de 2008
18 de julio de 2008
4 de julio de 2008
27 de junio de 2008
20 de junio de 2008
6 de junio de 2008
30 de mayo de 2008
23 de mayo de 2008
16 de mayo de 2008
9 de mayo de 2008
2 de mayo de 2008
18 de abril de 2008
11 de abril de 2008
4 de abril de 2008
28 de marzo de 2009
21 de marzo de 2008
14 de marzo de 2008
7 de marzo de 2008
22 de febrero de 2008
15 de febrero de 2008
8 de febrero de 2008
1 de febrero de 2008
18 de enero de 2008
11 de enero de 2008
4 de enero de 2008
21 de diciembre de 2007
14 de diciembre de 2007
7 de diciembre 2007
30 de noviembre de 2007
23 de noviembre de 2007
16 de noviembre de 2007
9 de noviembre de 2007
2 de noiembre de 2007
26 de octubre de 2007
19 de octubre de 2007
12 de octubre de 2007
28 de setiembre de 2007
21 de setiembre de 2007
7 de Setiembre de 2007
31 de Agosto de 2007
24 de agosto de 2007
17 de agosto de 2007
3 de agosto de 2007
27 de julio de 2007
20 de julio de 2007
13 de julio de 2007
6 de julio de 2007
29 de junio de 2007
15 de junio de 2007
8 de junio de 2008
1 de junio de 2007
25 de mayo de 2007
18 de mayo de 2007
11 de mayo de 2007

© 2018 Mundo Israelita