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Chagall y la fantasía del shtetl-Segunda Parte Imprimir E-Mail
jueves, 30 de octubre de 2008

Por Nadine y Henri Kespi

Del mismo modo, en el cuadro de 1933,  Soledad (Museo de Tel Aviv), el viejo pensador está solo, sosteniendo con una mano su cabeza y estrechando con la otra la Torá.

Es la imagen del judío solitario y sin patria y a su lado hay una vaca arrodillada, con un violín sobre su cabeza. Como en el jasidismo y en la literatura idish, no hay lugar para la desesperación. Lo insólito está presente y quita dramaticidad a la situación, aguzando la imaginación, pero lo demás queda enmarcado por lo real. Comentando su Vaca con sombrilla (1946, Colección Pierre Matisse), afirma Chagall:

Enumerar todo lo que parece ser fantasía lógica o cuento de hadas, es admitir que no se conoce la naturaleza. Me he valido de vacas, campesinos, gallos, de la arquitectura provincial de Rusia, como fuente de formas; todo ello es parte del país del que provengo y, sin duda alguna, ha dejado una impresión más profunda en mi memoria visual que todas las otras impresiones que he podido recibir. (9)

En su cuadro Yo y el pueblo (1911-1912, Museo de Arte Moderno de Nueva York) el rostro verde del hombre enfrenta el hocico de la vaca; entre ellos, un arbusto en flores; en el interior de la cabeza de la vaca hay una vaquita que la granjera está por ordeñar; en el fondo hay un segador que retorna de los campos y, cerca de él, una granjera parada cabeza abajo. Chagall no quiere pintar la vaca de su infancia sacrificada, trastabillando en el charco de su sangre, sino con un collar de perlas en torno de su cogote y brindando su leche, en la plenitud de su vida...

Cuando pinta el exilio, los judíos que huyen apretando en sus brazos los rollos de la ley, las sinagogas en llamas, siempre hay en alguna parte, sobre la tela, un violín, un gallo, una vaca que vuela, como si alguno de esos elementos familiares, con su presencia misma, desease todavía unir al fugitivo con su tierra perdida. Los rollos de la Torá no abandonan a sus personajes, eternos judíos errantes, y representan el tesoro que es preciso proteger pero, al mismo tiempo, son el guardían que protege, la única raíz que el judío conserva a través de todas sus fugas. Como lo subraya Opatoshu en Los bosques de Polonia. (10)

Mardoqueo corrió lentamente la cortina del arca y contempló cada séfer (libro) porque conocía bien el origen de esas sagradas reliquias. Siendo pequeño esos Sefarim le parecían ser una guardia sagrada encargada de proteger el hogar, de salvarlo del enemigo. Esos príncipes portadores de coronas con campanillas, el pecho acorazado con plata y los índices en plata esculpida le recordaban los pañales pendientes de la cintura de los guerreros.

En La caída del Angel (1923/33/47, Colección particular en Basilea), que simboliza todos los sufrimientos provocados por los pogromes alentados por el Gran Duque después de los reveses rusos, de la guerra y de la revolución, el ángel está representado nada menos que por una mujer alada, cuyo espléndido cuerpo describe un brillante arabesco.
Otro ejemplo lo ofrece La Revolución (1917). Chagall escribio sobre esa época:

Rusia se cubre de hielo, Lenin la ha trastornado como yo mis cuadros.

De un lado, el cuadro, a la izquierda, la nieve, la multitud y el desorden, las banderas rojas; en el centro, una mesa en cuyo extremo Lenin hace juegos de acrobacia con la cabeza invertida; frente a él hay un judío meditando sobre la vanidad de las revoluciones y el escaso cambio que introducen en su destino; no lejos de ellos, la célebre vaca, sentada sobre un taburete. A la derecha, el pintor, rodeado de toda su corte –animales, gente de circo, amantes sobre el tejado- contempla subrepticiamente el espectáculo de sus trastornos.

Los elementos insólitos del cuadro vienen a dulcificar la crueldad de los terribles años sugeridos en la parte izquierda. Se sabe hoy perfectamente la amargura y a menudo el dolor que experimentó Chagall por esa lépoca:

Ni la Rusia imperial ni la Rusia de los soviets tienen necesidad de mí. Para ellos soy un incomprensible, un extranjero. .Estoy seguro de que Rembrandt me ama. (11)      

Tristezas y alegrías, lo trágico y lo cómico, ¿acaso esos elementos no están mejor representados, juntos, en el circo?

Siempre  consideré a los payasos, a los acróbatas y a los autores, como gente trágicamente humana que a mí me recuerda a los personajes de ciertas pinturas religiosas. Y aún hoy en día, cuando pinto una crucifixión u otro tema piadoso, experimento casi el mismo sentimientos que cuando pinto a la gente del circo. (12)

El circo lo inspiró profusamente. A la gente de circo la incorporó a su universo personal como en El titiritero (1943, Colección Chapman, Nueva York) cuya cabeza pasó a ser la de un pájaro y a quien le han crecido alas. Sobre el verde de su malla aparece el tío Neush con su violín. A su brazo se ha adaptado el viejo reloj familiar y las isbas de Vitebsk se han posado sobre la pista roja. Parece ser que la pista redonda fue para él, durante mucho tiempo, el sagrado espacio en el que se juega, mejor que en el teatro, la tragedia humana. Payasos, equilibristas, cómicos...

Son el mundo de la risa, el mundo de los personajes y de las personas al revés, el de los músicos cabalgando sobre los tejados (a los que algunos animales tratan de izarse en vano) como en  El violinista verde (1920/21), Museo Guggenheim, Nueva York) con sus gallos volando hacia no se sabe qué destino, o ese Beso de aniversario (1923, Museo de Arte Moderno, Nueva York) presentado en una posición que desafía a todas las leyes del equilibrio, para no hablar más que de algunos de sus cuadros.

Ese es también un mundo en el que reina el humor;  ese humor que es su amparo en todas las circunstancias, inclusive en las horas mas sombrías de la guerra y del exilio; su única línea de defensa, como en la literatura y en la tradición idish (“Mi hijo acaba de perder a su mujer que lo ha dejado solo con tres niños; su casa acaba de quemarse y su comercio ha

quebrado, pero escribe un hebreo que a gusto leer”).       

En la mayor parte de sus telas, y muy particularmente en alguna de ellas como Cabras con violín. La vaca volante, Por encima de Vitebsk. Autorretrato con pinceles. El santo carretero por encima de Vitebsk. Autorretrato con pinceles. A la Rusia de los asnos y de los otros. El soldado ebrio, Dedicado a mi esposa,  el rasgo humorístico libera al espectador de lo patético. Una vez es el rostro del artista, seguro de sí y triunfante en el momento mismo en que ninguna academia aprecia su talento ni le juzga digno del nombre de pintor; otra es una campesina robot que intenta, con el balde en la mano, ordeñar la vaca roja sobre un techo mientras un niño y un ternero se prenden a su ubre, como para vaciarla juntos; otra, es la misma vaca, feliz al ser decapitada cerca de la iglesia de Vitebsk (¿dardo disparado al campesino ruso fanático y brutal?). En otra ocasión, el soldado, acomodado junto a la mesa, cerca del samovar, contando probablemente sus últimas aventuras amorosas bosquejadas en un rincón de la tela, está píntando en una sutil parodia cubista: Ellos me molestaban (los cubistas orgullosos); yo los miraba de reojo y pensaba: que se coman con apetito sus peras cuadradas en sus mesas triangulares (13)

Y otra vez, en su Escena de Nacimiento, el padre, con su gruesa barba negra, está tendido en el lugar del parto y, no lejos de él, el recién nacido.

Chagall, con su humor, es capaz de la autocritica y no sólo de la acusación contra la sociedad por sus agresiones.

Si lo insólito y el humor le vienen directamente de la tradición jasídica de la que está embebido, no menos que ellos la alegría es también un rasgo saliente en toda su obra. Se sabe que el jasidismo infundió un alma nueva a la sociedad judía tradicional, proclamando la adoración de Dios en la alegría, y renunciano a una erudición sombría y rígida.insistiendo en la liberación de toda contrición con ayuda de las danzas, el canto y –por qué no- de vez en cuando con ayuda del fruto de la vid. De esas danzas, en las que los jasidim entran en trance, hay muy bellas descripciones. Incluso hoy en día no es raro verlos bailar en Jerusalem, en Mea Shearim o ante el Muro de los Lamentos o escucharlos cantando el nigún simjá –melodía del regocijo-, “aire sin palabras, de intensidad siempre en ascenso a través de la múltiple repetición; no himno a la alegría sino alegría él mismo y en él mismo derramada” (14)

La alegría estalla en todas partes en la obra del pintor bajo el efecto de no se sabe qué empuje irresistible, incomprensible. Algunas telas son verdaderos himnos a la alegría, como el Doble retrato con vaso de vino (1917, Museo de Arte Moderno, París), en el que su esposa Bela, con una bata blanca, va llevando a Marc sobre sus hombros por los cielos azulados y amarillos de Vitebsk.Marc, vestido de vivos colores, tapa con una mano el ojo derecho de Bela y sostiene en la otra un vaso de vino, brindando por la vida y el amor. Chagall habrá de pintar el amor siempre, ya sea recurriendo a una pareja de recién casados bajo el palio nupcial, ya sea con los amantes enlazados, volando por el cielo. En su homenaje a Bela. A mi mujer (1944, Museo de Arte Moderno, París) la felicidad de ambos está representada de todas las maneras posibles: el dosel rojo de la boda en torno del cual se agitan los violinistas, a un lado, un desnudo sobre una cobertura roja, en el otro, un ángel arrodillado en posición de orar. En torno, todos los elementos familiares de Chagall que comprenden el gran reloj alado, el ramo de flores multicolores, el candelabro, todo ello convergiendo hacia los esposos. El palio de los esponsales, asi como el traje de novia de Bela, lo encontramos, por lo demás, muy frecuentemente en su cuadros.

Incluso, después de la muerte de Bela, que interrumpió por mucho tiempo su actividad creadora, la visión de la alegría y el éxtasis revivirá bajo la forma de los amantes y de los magníficos ramos de flores. En el periodo más reciente de las actividades de Chagall cabe citar sus Enamorados en el cielo de Vence (1956/60, colección particular), cuadro en el que todo se une para sugerir la alegría de vivir: el sol del mediodía de Francia, la pareja estrechamente abrazada que vuela por el cielo en una graciosa curva, un enorme ramo de flores provenzales navegando por los aires a su vera, lo mismo que un candelabro cargado de velas. Bajo las formas de los músicos, que generalmente son violinistas esbozando un paso de danza , tornamos a encontrar la música y las danzas jasídicas. Se sabe que el tío Neusch, que solía ejecutar música en sus ratos libres, perteneció a un grupo de jasidim en su Lyozno natal. Fue él quien le inspiró a Marc Chagall telas renombradas como El violinista (1912/13, Museo Municipal de Amsterdam) de verde semblante, bailando con su violín. La atenta admiración que le profesaba el niño Marc queda delatada con la figura de tres cabezas que incluye la suya y que casi roza el revés del largo manto del ejecutante. A la distancia, un niño levanta los brazos con alegría. El uso que Chagall hace del color es en sí mismo una manifestación de la alegría que anima a su ser, sólo que esa alegría debía descubrirla él fuera del shtetl.

Mis cuadros, en Rusia, no tenían luz. Todo era allá marrón, gris. Al llegar a Francia, me conmovieron los matices de los colores. (15)

Mas tarde, en el curso de un viaje a Holanda, asiste a una nueva revelación en ese mismo ámbito:

En Holanda me ha parecido descurbir esa luz que es como la de la oración, una luz familiar y palpitante como la que media entre un día eterno y el poniente. (16)

El viaje a México en 1942 representó su tercera conmoción plástica. Viajo a ese país para trabajar sobre el vestuario y los decorados de un ballet, Aleko. Sus colores se tornaron más brillantres que nunca. Testimonio de ello fue El caballo volante (1945, Colección Abrams. Nueva York). De un cielo negro, bajo el que se divisan isbas (chozas) y algunos rostros sombríos acariciados por una luna blanquecina, surge, como un pájaro de fuego, el suntuoso caballo con cabeza de gallo, tirando un trineo en el que viajan sentados un hombre y una mujer, todo en resplandecientes colores. ¿Es ése, acaso, el triunfo del espíritu de la creatividad sobre la adversidad? En todo caso, es el rotundo triunfo del color.

Si Chagall es el pintor de la alegría, esa alegría suya es bien diferente de la que hallamos en un Renoir o en un Rubens. Como lo afirmara Renoir, un cuadro debe ser una cosa alegre (alegre él mismo lamentó que no siempre se haya tomado en serio a la gente que ríe, sobre todo en las pinturas). Pero en ello no se trata sino de la alegría de existir y de pintar. Así las vacas de Rubens, al igual que los semblantes regocijados de sus personajes, expresan una alegría serena y tranquila que es la de la apacible existencia cotidiana en las tierras de Flandes... Las vacas de Chagall, en cambio, provienen de recuerdos más trágicos, como ya lo vimos, y sus amantes, sus campesinos,  sus rabinos no llevan en sus semblantes nada de la serenidad satisfecha de los terratenientes que no aspiran a otros cielos.

Raissa Maritain que, con su marido, fue amiga de Chagall durante su exilio americano, escribió a ese respecto:

La alegría tierna, espiritual, que impregna su obra, nació con él en Vitebsk, en tierra judía... En realidad, la alegría judía no se parece a ninguna otra: se diría que hundiendo muy profundamente sus raíces en el realismo de la vida, saca de él, al mismo tiempo, el sentimiento trágico de su fragilidad y de la muerte. (17)

 

(9) Chagall: comentario de 1947 sobre su cuadro La vaca con sombrilla.

(l0) Iosef Opatoshu: En los bosques de Polonia (Albin Michel, París, 1972, en francés).

(11) Chagall, Mi vida.

(12) Chagall, Conferencia (1948)

(13) Chagall, Mi vida.

(14) Arnold Mandel: La vida cotidiana de los judíos jasídicos desde el siglo XVIII hasta nuestros días (Hachette, París, 1974) (En francés).

(15) Chagall . Mi vida.

(16) Conferencia de agosto de 1943, publicada en Renaissance, en los EE.UU.

(17) Raissa Maritain: Chagall o la tormenta encantada. (Edición de las 3 colinas, París-Ginebra, 1948).

 

 
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