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Chagall y la fantasía del Shtetl Imprimir E-Mail
jueves, 23 de octubre de 2008

Por Nadine y Henri Kespi

(Primera parte)

“Justo en el momento en que nací en las afueras de Vitebesk, en una pequeña casucha junto a la calzada, detrás de una prisión, estalló un gran incendio. Ardió la ciudad; ardió el barrio de los pobres judíos...Sin embargo, la casucha al borde de la calzada de Peskowatick quedó intacta. La volví a ver no hace mucho...Ella me recuerda la prominencia sobre la cabeza del rabino verde que he pintado, o una papa arrojada a un barril de arenques, remojándose en la salmuera.

 

Contemplando esa barraca desde lo alto de mi reciente “grandeza” me sobrecogí y me pregunté: Realmente, ¿cómo he podido nacer aquí; cómo se puede respirar aquí?” (1)

La ternura de Chagall por su lugar natal se mezcla en esa evocación con la sensación de ahogo que él experimentó en el shtetl, el lugar del cual se evadió, elevado en las alas de su fantasía. ¡El shtetl!... Ese pueblo del este europeo que los judíos tanto idealizaron después de perderlo, esa aldea poblada en su mayor parte por judíos que fue tan diferente del ghetto, ese “lugar aislado del corazón de la vida cristiana y típicamente occidental”...

Los judíos viven en él cerca de la naturaleza, de los bosques y de lo ríos, de las planicies nevadas. Moran rodeados de granjas, de animales domésticos, junto a los campos sembrados de trigo y de centeno. Son pequeños artesanos, taberneros, panaderos, carniceros, carpinteros, leñadores, muy diferentes, en todo sentido, de las masas rusas y polacas de campesinos rudos y analfabetos. El shtetl es también el jéder en el que los niños tiernos aprenden el alef-bet bajo la férula del melamed, la sinagoga (a menudo una choza que a duras penas se mantiene de pie), el círculo de estudios y, sobre todo, la cuna del jasidismo.

Chagall pintó ese mundo cotidiano en todas sus primeras obras: El púlpito de las oraciones (1909), El patio de la granja (1909). El carnicero (1910), El organillero de Barbarí (1910-1911). El carrero (1911), El cartero (1910), El vendedor de pan (1910), El vendedor de animales (1912). La artesa (1910). Los carpinteros (1912), El gendarme (1912), En la peluquería (1912)... Lo pintó ateniéndose a la verdad, con todo su cortejo de dolor, de tristeza y de indigencia. En los cuadros consagrados a su padre, se advierte bien claramente la realidad:

El levantaba esas pesadas barricas y mi corazón se crispaba al verlo cargar los toneles y remover los pequeños arenques con sus manos heladas. Su grueso patrón se mantenía a un costado, como un animal disecado. (2)

La casa paterna, la escuela, los comercios judíos, las iglesias cristianas, las jóvenes, los casados bajo el dosel, las mujeres laboriosas, todo le interesa y cobra vida sobre sus telas. Algunos talleres aparecen más a menudo que otros, como la vaca que parece haberlo fascinado y que uno encuentra en todas partes, con su bello hocico y sus grandes ojos dulces. Es que su abuelo, bastante tarde, se hizo matarife.

Mi abuelo que la mitad de su vida descansó junto al hogar, pasó un cuarto de ella en la sinagoga y el resto en la carnicería. Tanto descansó, que la abuela no pudo resistir más y se murió en la flor de la edad. Fue entonces que el abuelo se hizo matarife. Así fue como se conmovieron las vacas y los novillos (3)

El niño Chagall asistió frecuentemente en Lyozno, en casa del abuelo, al sacrificio de las bestias. Tanto lo impresionó el espectáculo que casi se convirtió en una obsesión: sangre por oleadas. Impasibles los perros, las gallinas esperan en torno de una gota de sangre, un trozo caído por azar al suelo.Y tú, vaquilla desnuda y crucificada, sueñas con los cielos.

O si no: se degollaba cruelmente a las vacas. Yo perdonaba todo. Los cueros se secaban santamente, orando con ternura, rogando al cielo por la expiación de los pecados de sus matadores. (4)

Esa tragedia que conmueve al niño se repite, tal cual, bajo la pluma de Méndele Mojer Sforim en el relato en idish intitulado La Ternera (5)

El niño que, seguido de su ternera, escapa de la atmósfera polvorienta y triste de la ieshivá, descubre la naturaleza:

La hierba verde fue una revelación. Todo vivía. Ibamos encontrando las criaturas de Dios, incluyendo a las desconocidas. Pájaros, insectos volaban por el aire, resbalaban sobre la hierba, cantaban, zumbaban. Yo me sentía vivir por dentro. Por una vez siquiera, conseguía respirar libremente.

El niño domestica su animal y se encariña con él, pero, bruscamente, se lo arracan para entregarlo a la cuchilla del carnicero. El niño se hunde en su pena. Marc Chagall lograr huir de la suya y pone a la ternera en sus cielos. Héla allí, volando, libre, viva, por encima de Vitebsk:

¡El cuchillo resplandeciente te ha elevado por los aires!(6)

Esas vacas, las cabras que vuelan por los cielos, Chagall no las inventó. Ellas proliferan en el shtetl y en la literatura idish. Esa mezcla de lo banal con lo maravilloso la volvemos a encontrar en El sastre hechizado de Sholem Aleijem (7)

Una cabra en la casa ¡no son pamplinas! Una cabra significa un vaso de leche para los niños; una cabra como ésa te da con qué hacer una papilla de sémola de alforfón con leche; eso te tapa todos los agujeros, te llena todas las cenas, o bien uno hace crema, o bien queso o manteca, ¡se vive!

Y Shimón-Eli, feliz con la idea de procurarse una buena y hermosa cabra, conversa con Dios: Tu has hecho bien tu pequeño universo... Tu nos has tomado a nosotros, los judíos elegidos, a fin de que languidezcamos aquí, en Zlodevke, en un horno, pobres, hacinados, encimados los unos sobre los otros hasta asfixiarnos; y en tu gran misercordia nos has hecho, sí, el regalo de abundantes miserias y desgracias...Nada más que buenas cosas, ¿eh?

Bien pronto descubre Shimón-Eli que las cosas andan mal y que la tan esperada cabra está poseída por el demonio. A partir de ese punto, los elementos fantásticos se imponen a los detalles realistas, sin transición alguna: Shimon-Elli llega finalmente a la absoluta certidumbre de que la bestia que él ordeña no es una cabra sino una especie de aparecido, de demonio, de reencarnación, y que poco falta para que esa cabra saque una lengua de diez metros de largo o se ponga a agitar sus alas lanzando un cocoricó capaz de despertar en un tremendo sobresalto a la ciudad entera. Y ése fue el acabóse... Toda una tropa de pobres diablos con los faldones de sus caftanes alzados hasta la cintura, y sus mujeres, recogidas las polleras –con perdón de la expresión- se lanzaron a la carrera a perseguir al demonio. ¡Ya podían correr hasta las calendas griegas! ¡Habiendo probado el gusto de la libertad, nuestra heroína volaba como una flecha! (7)

El asombro del público ante las obras de Chagall fue grande: él codificó “su universo de lo fantástico y de lo poético”. Apollinaire, su amigo, no empleaba la palabra “sobrenatural” ante las telas del maestro en París. Pero aún así Chagall se defendía: No me llame fantástico. Por el contrario, soy realista, amo la tierra. (8)

Por lo tanto, procuremos comprender. Chagall, hijo del shtetl, se crió en el seno de una familia pobre. No siemrpe pudo saciar su hambre ni tampoco pudo estudiar la pintura como lo hubiese deseado en las escuelas “académicas” de Vitebsk. Día tras día fue testigo de las dificultades que la vida tenía para con sus hermanos judíos: amenazas, progromes, incendios que estallaban de pronto, la miseria, el frío. Siendo todavía bien joven se refugia en un mundo suyo, un mundo solidamente anclado en la realidad, ciertamente, pero del que puede desaparecer toda la lógica. Y ese aspecto es sorprendente en el relato de su vida:

El tío Iehuda dormita silenciosamente y su tez amarilla desciedne sobre la ventana, sale a la calle, se acuesta bajo la cúpula de la iglesia; parece una casa de madera con techo trasparente.

O si no, hablando de su tío Neush “que toca el violín como un zapatero” y a quien volvemos a en-  contrar en todos sus violinistas:

Poco importa cómo toca. Yo sonrío, ensayando sobre su violín, saltando dentro de sus bolsillos y sobre su nariz. El zumba como una mosca. Sólo mi cabeza vuela dulcemente por la habitación. (8)

La visión de Chagall es, ante todo, instintiva. El rechaza los términos como surrealismo, automatismo. El es un realista cuya visión conduce a lo fantástico, un artista que compone la realidad sin crear una magia artificial. Por lo demás, él se explica a sí mismo perfectamente:

Yo rodaba por las calles, buscaba y oraba. ¡Dios, revélame mi camino! ¡No quiero ser como todos los demás; quiero ver un mundo nuevo!

Respondiendo, la ciudad parecía henderse, como las cuerdas de un violín, y todos sus habitantes se ponían a marchar por lo alto, abandonando sus lugares habituales. Los personajes familiares se instalaban sobre los techos a descansar. (8)

Sus violinistas sobre los tejados no son, entonces, el fruto de su imaginación desatada, sino un acontecimiento bien real de su vida. En ocasión de una fiesta judía, su abuelo es buscado por todas partes  y en ningún lugar aparece: Resultó que por el buen tiempo que hacía, el abuelo había trepado al techo y, sentado sobre las tejas, se había puesto a comer zanahorias. El techo no estaba mal como mesa (8)

Esa fusión de lo real con lo imaginario, lo profano con lo sagrado, la alegría con el dolor, parece íntegra en la tradición jasídica de la que Chagall también estaba impregnado. El jasidismo prefería la sabiduría al saber, la experiencia a la doctrina, la emoción verdadera al rito frío, rechazando con decisión la larga tradición de desgracias que habían venido persiguiendo a los judíos. Además, estaba inundado por lo maravilloso (sus innúmeros rabis hacedores de milagros, que distribuían amuletos y ungüentos de poderes casi mágicos, tenían una influencia muy grande sobre la gente del pueblo). Lo insólito era lo corriente. Los cuentos de Peretz, los recitados de Opatoshu (En los bosques de Polonia) o de Bashevis Singer (Satán en Goray) nos brindan de ello excelentes ejemplos.

Con Sholem Aleijem arriban cosas extras: el sastre es hechizado de pronto, la plata labrada desaparece de la sinagogas el día de Iom Kipur, un tímido judío se observa en el espejo y ve el rostro de un oficial zarista. Con esa perspectiva, lo inaudito que hallamos en Chagall lo comprendemos mucho mejor: viene a atenuar la tristeza de un cuadro o a transformar la banalidad de la vida cotidiana. Así, en La muerte (1908), un cadáver está tendido bien en el medio de la calle, con velas en su derredor, mientras un violinista monta a horcajadas un techo a un costado y otro hombre barre la calle, al tiempo que una mujer huye derribando una maceta. El efecto del contraste entre los elementos reales y la extraña presencia del muerto en la calle es atenuado por la presencia del violinista que arroja una luz menos lúgubre sobre la macabra escena.

(1)   Marc Chagall. Mi vida (Stock, París, 1931, con 32 dibujos de juventud. Traducido del ruso al francés por Bela Chagall).

(2)   Op. cit.

(3)   Op. cit.

(4)   Op. cit.

(5)   Un tesoro de cuentos judíos. Editado por Irving Howe y Eliezer Greenberg. (Nueva York. The Viking Press 1953). (En inglés).

(6)   Marc Chagall, Mi vida.

(7)   Sholem Aleijem: El sastre hechizado (Albin Michel, París, 1960.

(8)   Clhagall, Mi vida.       

 
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