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jueves, 25 de septiembre de 2008

Teshuvá en Rosh Hashaná

Por Bernardo Ezequiel Koremblit

Para  MUNDO ISRAELITA

El infortunado y lastimoso Jaim Abrum Timenenie Fuskl se hallaba internado en la modernísima sala de terapia intensiva del actualísimo sanatorio con todos los adelantos y perfeccioamientos científicos, al que lo habían llevado en razón de las viejas dolencias que de antiguo lo afectaban  y que ahora eran críticas. Pues el pobre  doliente Jaim Abrum, que siempre había sido asmático y exantemático, palúdico y cirrótico, todo lo cual no sólo era grave sino también esdrújulo, como lo certifica la gramática, padecía ahora de la novedad de un infarto, con todos los peligros e inminencias mortales que implican una hinchazón u obstrucción del corazón.

El doctor Hipólito Vaisman, que era también judío como Jaim Abrum, a pesar del patronímico Hipólito, hizo la gran excepción ante los ruegos de la quejumbrosa cuan lagrimante esposa del enfermo, y permitió que entrase en la inviolable sala donde se intensiva la terapia a la que ni siquiera puede ingresarse ni con la recomendación del ministro del Interior ni el ruego del secretario de Amnesty Internacional y los Derechos Humanos. El buen doctor Vaisman, impresionado por las gruesas lágrimas del tamaño de una aceituna de la señora, le advirtió que no le hablara ni lo besara ni lo acariciara ni intentara nada de lo que acostumbraba hacer con el marido en los buenos y jocundos tiempos de la rozagante virilísima salud.

La triste y alarmada Lane Rujl entró y recibió una inyección de sobresalto ante los objetos que la impresionaron como si tuviera ante sí al mismo demonio: instrumentos grandes y pequeños de todo tipo, monitores como aparatos de televisión, cables, elementos de cirugía, mesas, camillas, trágicas cortinas a semejanza de las que lucen en los melodramas de Maurice Schwartz, y toda clase de elementos sin duda de grande y positiva eficiencia científica, pero, sin duda también, patéticos y sobrecogedores para el profano que nada sabe y todo lo ignora respecto de la ciencia y el arte de curar, que es, con toda evidencia, una ciencia y un arte aparte.

-¿Cómo te sientes, taier Jaim Abrum?- preguntó balbuceando y con el mismo o mayor miedo del que hizo la inolvidable pregunta la noche de bodas.

Con la voz exangüe y el tono casi inaudible el otrora vigoroso y ahora blandengue Jaim Abrum pudo musitar una respuesta.

-Tengo esperanza y confianza: observa en derredor los instrumentos y aparatos y monitores y todo lo demás que me asiste: creo que con tantos elementos la ciencia no puede fallar, y me curará.

La excéptica Lane Rujl miró y remiró incrédula monitores, aparatos, cables y erinas, movió la cabeza de derecha a izquierda, como una lectora de idish y de izquierda a derecha como una espectadora de tenis,  y dijo a su confiado y esperanzado marido palabras henchidas de devoción.

-No creas en milagros, querido: mejor reza.

He contado este episodio revelador de que en unos la fe en Dios y en otros la confianza de la ciencia distinguen a la criatura humana, de un modo u otro y con una u otra certidumbre, siempre a la intemperie. Hallándonos ante los felicísimos 5769 años de un Rosh Hashaná de paz (relativa, en nuestro apocalíptico tiempo de relatividad, como la juzgaría San Albert Einstein, ya es una suerte), mi espíritu pendiente más del espiritualismo y de sus milagros antes que de las eficiencias científicas (pues yo, a igual que la señora Lane Rujl Libedinsky, creo más en los rezos al Señor del piso de arriba que en las decisiones del médico, dicho sea con la indulgencia y perdón del doctor Hipólito Vaisman, Polo para sus íntimos), hago mis reflelxiones en el simbólico aniversario de la Creación del universo, hago mi teshuvá, esto es el retorno a Dios y a la forma correcta de vida, bellísima y nobilísima palabra la de teshuvá, por la cual nos volvemos al Gran Dispensador, para ser sus co-creadores de un mundo mejor, un mundo que no sea lo que parece ser el que vivimos: el Infierno de otro planeta.

Es lo cierto que el hombre es como Dios lo ha hecho, y con esto ya tiene suficiente y bastante, así que no tendría por qué empeñarse en ser peor. Mi deseo en Rosh Hashaná es que el judío sea como el hombre que con gran maravilla es (vanidad aparte y modestia incluida) según la ética que el Señor impuso a nuestro pueblo. Es mi empeño y propósito también que los gentiles conozcan, comprendan y acepten que el judío de todo el mundo en general y de Israel en particular sea como quiere ser, porque el saber y el entender del mundo gentil hará que se conozca la gran verdad de la ética, la justicia, la razón y la paz  del Estado judío. Sé que así ha de ser en este Año de 5769, pero me adelanto a decirlo porque un buen jardinero riega su jardín aunque sepa que va a llover.

Ese inmenso profeta que no en vano se llamaba Ezequiel dejó dicho que los hombres constituyen una rebelde familia (II, 5), pero el judío, y por extensión y expansión el que soy yo, brindo en Rosh Hashaná por la felicidad de una familia que no sea rebelde como la señalada por mi antecesor Ezequiel sino obediente de los dictados de una filosofía que dio una moral a la humanidad. Uno, desde el balcón, dijo (uno que por suerte ya no dice nada más) que en el año 2000 todos estaremos unidos. Yo creo que no debemos ser tan pesimistas. Brindo en cambio porque cada cual mantenga la individualidad,  como buen individualismo judío, por todo lo que es judío, panhumano y deleitable amor. Que el poeta y el escritor con lugares comunes y frases de confección y con adverbios (“justamente”, “exactamente”, “precisamente”, “sinceramente”, “únicamente”, “exclusivamente” y toda la serie de wagneriano ente mayor) siga usándolos, si es su gusto y satisfacción, y los que no los usamos y estamos arrodillados ante el arca de la originalidad y la metáfora sigamos estándolo.

“SI RETORNAS ISRAEL...”

Entre tantas razones que emocionan mi corazón en Rosh Hashaná hay una que la inteligente lectora y el lúcido lector reconocerán legítima: el término Rosh Hashaná aparece en la Biblia por vez primera en el Libro de mi  tocayo Ezequiel, en el honorable Capítulo XL, venerable versículo I, y aunque la coincidencia de los nombres no empaña la gloria del ilustre profeta, la realidad es esa. Tzedaka es voz hebrea cuya acepción es justicia y rectitud, y anhelo de tzekaká se apodera de mi espíritu en estos días de este feliz año bueno y no sólo nuevo. ¡Cómo no he de saber que soy un insectito pecador que no merece ni la misericordia del Todopoderoso y ni siquiera una mínima indulgencia, cómo no habría de saberlo! Pero también sé que el pecado es inherente al ser humano, sea quien sea el ser humano destinado a pecar. No hay hombre justo en la tierra que sólo haga el bien y nunca llege a pecar, dice el omniscio Salomón en el Ecclesiastés (VII, 20), con diecisiete palabras que caen como espesas gotas de lacre sellando y resellando una incontestable verdad.

Pero mi vanidad me pierde y el camino de perfección que me he propuesto e impuesto recorrer desde hace tanto tiempo (en realidad, no mucho: desde el viernes pasado), decide que no quiera ser ni ese hombre justo pero pecador del Ecclesiastés. Y nada  digo de mi rechazo del orgullo, de mi aversión por la soberbia. Yo puedo decir poniendo los ojos en blanco y con los dedos entrecruzados sobre el pecho: A mí, en humildad no me gana nadie... Entre las muchas y tanta cuestiones que a diario y a horario me planteo, y son como serpientes del signo de interrogación que con dramática indagación me ocupan y preocupan: si existen miles y miles de leyes para hacer cumplir nada más que Diez Mandamientos, ¿qué puedo hacer y qué puede hacerse contra esa indigna desproporción, humillante para el género humano? Pues resignarse o pedir en Rosh Hashaná que el Altísimo subvierta la mala colocación de esas cifras, que es lo que yo pido, tanto en mis cotidianas oraciones de la prealba como desde las columnas de MUNDO ISRAELITA, que quizás sea leído en la sede donde vive el Señor del otro piso.

He dicho muchas veces, pero todas son pocas, y por los resultados ya se ve que insuficientes, que hay una disposición municipal que prohibe pedir lismosna. Pero ninguna ordenanza prohibe darla, esto es que hay una disposición espiritual que contraviene la oficial. ¿Cuándo el inhumano ser humano acatará las ordenanzas del espíritu antes que las de la Municipalidad? Pues acaso en el año 5769. Si vuelvo a la teshuvá que con intenso fervor quiero hacer, advierto que el vocablo tiene dos acepciones: retorno, es una, y la otra respuesta. El retorno consiste en volver la mirada y reconocer lo que se ha hecho, juzgarlo, sopesarlo y corregirlo con el nuevo camino qe anulará el anterior. La respuesta reside en satisfacer la pregunta del ¿dónde estás? que se nos hace a propósito de la asunción de nuestra responsabilidad, y la dilucidación a esta sutil y ardua cuestión tan metafísica como teológica la ofrece Jeremías: Si retornas Israel, a MI retornarás...(IV, I).

En mi propósito de hacer justicia con todos y  no sólo conmigo, he de evocar a quienes han querido catequizar con el bien y la virtud a la descarriada prole humana del pecado y el mal. ¡Ah, Salomón, hijo de David, rey de Jerusalem!, como con emoción y admiración se lee en el comienzo de su omnisapiente Ecclesiastés, que escribió para nuestra fruición y reflexión  para nuestro provecho. A semejanza de la liebre de la fábula, he hecho sinnúmero de idas y venidas, vueltas y revueltas (y no sé con qué utilidad) en torno de cuanto en sus fecundas y jocundas páginas he leído, y así es que entretejidos están las ideas, los consejos, el precepto, las previsiones, lo filosófico, la estética y el humor, todo lo cual es pertinente y oportuno en Rosh Hashaná. No he sido el inconsciente que haya refutado ni una sola palabra de ese prodigioso Libro  que está al margen de todas las antologías, pero me he hecho aciculares consideraciones, que no significan y menos implican reparos sino incertidumbres que “envuelven el alma”, como ha dicho un cursi cuan estomagante poeta judeoargentino que no quiero nombrar para que no crezca la hierba en el camino de la amistad (poeta se lo denomina por una de esas deficiencias del idioma).

Se dice en ese sapientísimo Libro que lo torcido no se puede enderezar y lo falto no puede contarse: esto lo escribió Salomón el año 1000 antes de Cristo, pero no creo que se animara a decirlo en 2008, cuando treinta siglos han demostrado que políticos, militares, dirigentes gremiales y tutti quanti poseen la facultad de aparecer con la columna vertebral enderezada no obstante tenerla encorvada con las siete vértebras cervicales y las doce dorsales y las cinco lumbares dóciles como las de los sumisos y sumidos cortesanos de la corte del rey Sol en la humillada servil corte francesa del siglo XVII. Confieso que no quiero perder la amistad de Dios ni que me retire la protección que siempre me ha prodigado (aunque con su inteligencia e infinita bondad e indulgencia no hará caso y perdonará las insensateces y tonterías que yo pueda decir,  más aún si las digo haciendo teshuvá en Rosh Hashaná), pero he aquí que la desatinada pero ahora atinada señora Cynthia Scoch me ha dicho que no es verdad lo del versículo 18 del Capítulo I, según el cual quien añade conocimiento añade dolor, pues hay muchas personas que han conseguido embrutecerse sin ayuda del alcohol, y otras estupidizarse sin leer a escritores (admitamos provisionalmente que lo sean), perdón por la reiteración, pasteurizados contra la originalidad, con lugares comunes y frases de confección. A mí me parece, en mi humilde y modesto pero autorizado entender, que en la vida, y así en la literatura, el arte  el amor, hay que buscar lo bueno y no asustarse cuando se lo encuentra, y también en el amor, el arte,  la literatura y  por descontado en la vida toda, hay que pedir lo mejor y no echarse atrás ni arredrarse cuando nos lo dan.

EL CORAZÓN NUNCA SE EQUIVOCA

Es lo cierto que nadie puede estar seguro de sí mismo,  mucho menos todavía del prójimo, pero si el Ecclesiastés nos advierte (II, 26) que al hombre que le agrada, Dios le da sabiduría y ciencia y gozo  (de ahí que no quiera perder la amistad de Dios y mi empeño en gustarle), pues entonces ¡cómo no agradecer al Señor en Rosh Hashaná y pedirle que el Nuevo Año Bueno nos permita –y lo disponga así- seguir leyendo a Proust, a Montaigne, a Zweig, a Moravia, a Scholem Aleijem (cinco judíos de raza de la raza de los judíos) y a Borges (ya lo he dicho, pero hay reiteraciones, hay tautologías pertinentes y legítimas: que no era judío, no, no lo era pero merecía serlo. Y ver films de Chaplin y Visconti y pinturas de Chagall y Picasso y música de Mozart y Beethoven y desaparición final del filósofo Luis D´Elía  y kaputt definitivo del endriago Mahmud Ahmaineyad, siniestro ectópago y presidente iraní.

No he de decir de placeres políticos, porque la madrastra política en modo alguno es una fruición, pero en un auspicioso 5769 me animo a expresar  un voto que, de cumplirse, traería paz a la convulsionada sociedad humana: el reconocimiento de que la democracia y el totalitarismo unidos jamás serán vencidos. Respecto de la emisión de la papeleta electoral que habrá de depositarse en el próximo comicio, mi conclusión es sencilla como una oración (pero, como una oración, profunda y sentida): es lo mismo el triunfo de uno o de otro, de aquél o de éste: gane quien gane, para mí la única satisfacción es que el otro perdió. Ya sé que alguien reargüirá que yo soy de los que hablan en chino básico a la hora de las explicaciones, y sin embargo puedo asegurar a la expectante lectora y al inquieto lector  que cuanto he dicho, y con mucha más y tanta más razón diciéndolo en Rosh  Hashaná y bajo la advocación del noble y sabio Ecclesiastés, es lo que ha florecido y frutecido en mi sentir  y pensar a prueba de todas las insinceridades. Ha de ser verdad quizás que la palabra  le ha sido dada al hombre para disfrazar el pensamiento (o su falta de pensamiento, aunque, modestia aparte, no es mi caso), pero yo no lo disfrazo ni lo oculto ni lo disimulo y tampoco lo enmascaro con los antifaces del sofisma o las máscaras del engaño. Al pan, pan, y a la política, política.

Por último, que no es lo último, porque de Rosh Hashaná y el Libro de Salomón y de más actitudes espirituales y posiciones intelectuales se vive más de principios que de finales, he de releer las doce palabras (que no contiene un juicio adocenado, como lo son todas las opiniones vulgares de escaso merito) de nuestro biequerido  bienleído Ecclesiastés (VII, 24): Lejos está lo que fue, y lo muy profundo ¿quién lo hallará? La duda del irreverente que ahora parezco ser, del irrespetuoso que indican las apariencias (pero ya se sabe, bien se sabe, que las apariencias engañan) no son tales, pues he advertido que algo o alguien que fue y con gran pena ya no es –un ser que aún amamos, pongo por ejemplo- no está lejos, en la acepción que este adverbio de lugar y de tiempo tiene: a gran distancia o en tiempo remoto. El tiempo no ha pasado para algunos sentimientos y la distancia no es tal sino desde el punto de vista geográfico pero no sentimental.

En cuanto a lo muy profundo ¿quién lo hallará? Yo creo, con los debidos respetos y las pertinentes reverencias a la omnisciecia de Salomón, que quien introduzca una sonda omnividente en el corazón humano hallará lo recóndito en el alma,  si el alma de lo buscado es la de alguien que nos ama. Y si no nos ama, ¿para qué introducir una sonda omnividente y para qué indagar? Bien se sabe que el corazón nunca se equivoca (a lo sumo  se arrepiente), ¿ y acaso no halló lo profundo el amador Salomón cuando lo visitó la reina de Saba, que no fue lo que se entiende por  una visita de médico sino todo lo contrario? Con esta sentimental y ¿por qué no?, sensual anotación a propósito de la melanótrica sulamita y del rey Salomón concluye mi tímida  balbuceante celebración. El primer día de Rosh Hashaná  es el primer dia del Nuevo Año, de un nuevo cómputo, de un nuevo comportamiento, que ha de mejorar el del año anterior. Quiero comenzar ese primer día volviendo al  tema del principio: que es preferible rezar antes  que creer en milagros.

La señora Lane Rujl, por versiones oídas en pasillos del sanatorio supo que quizás fuese necesario operar a su marido, por lo cual entre ella y el doctor Aarón Moisés Livbedinsky se produjo un diálogo que engruesa los anales de la medicina administrativa y las crónicas de la administración medica.

- Doctor: ¿cree usted que mi esposo se curaría con un tratamiento clínico: medicamentos, inyecciones, ejercicios, friegas, etcétera? ¿O habría que intervenir, habria que ir al quirófano?

-            Estimada señora: ¿podrían ustedes pagar la operación si la estimamos necesaria?

-            Apreciado doctor: ¿la estimarían ustedes necesaria si no podemos pagarla?

-          El médico no tuvo tiempo de contestar porque, apuradísimo, quiso llegar antes que cerrasen el negocio donde debía comprar el iámulke que le era imprescindible para los servicios de Rosh Hashaná.             

 
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