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Esta noche,hijo, no la olvidarás mientras vivas Imprimir E-Mail
jueves, 18 de septiembre de 2008

Fragmento de "Una historia de amor y oscuridad".
Traducción del hebreo de Raquel García Lozano. Ediciones Siruela, Madrid.
Por Amos Oz
Después de  medianoche, hacia el final de la votación, me desperté. Mi cama estaba debajo de la ventana que daba a la calle, y sólo tenía que incorporarme, ponerme de rodillas y mirar por las rendijas de la persiana. Me puse a temblar.

Como en un sueño aterrador, estaban apresados, callados e inmóviles bajo la luz amarillenta de la farola, en la calle, montones de sombras erguidas en nuestro patio, en los patios vecinos, en las aceras, en la carretera, como una gigantesca asamblea de espíritus silenciosos bajo la luz pálida, en todas las terrazas, cientos de hombres y mujeres sin expresión, vecinos, conocidos y extraños, unos con ropa de dormir y otros con chaqueta y corbata, vi a algunos hombres con sombreros o gorras, mujeres con la cabeza descubierta, mujeres en bata y con pañuelos en la cabeza, en los hombros de algunos había niños dormidos, entre la multitud vi una anciana sentada en un taburete o un anciano que era transportado en su silla a la calle.

Toda aquella gran multitud estaba como petrificada en el sobrecogedor silencio de la noche, como si no fueran personas reales sino cientos de siluetas negras dibujadas sobre la cortina oscilante de la oscuridad. Parecía que todos se habían muerto de pie. Ni una palabra, ni una tos, ni una pisada. Ni un mosquito zumbaba allí. Tan sólo la voz profunda y áspera del locutor americano saliendo de la radio, que estaba a todo volumen y estremecía el aire nocturno, o tal vez fuera la voz de Oswaldo Aranha de Brasil, el presidente de la Asamblea. Uno tras otro fueron leyendo los nombres de los últimos países de la lista, siguiendo el orden alfabético inglés, y de inmediato volvía a retumbar su micrófono con las respuestas de los delegados. United Kingdom: abstence. Union of Soviet Socialist Republics: yes. United States: yes. Uruguay: sí. Yemen: en contra. Yugoslavia: abstención.

La voz se detuvo en seco. Y de repente, un silencio de otro mundo descendió y congeló toda la escena, un silencio aterrador, trágico, un silencio de cientos de personas con la respiración contenida qe no había oído nunca antes de aquella noche y no he vuelto a oír.

Después la voz grave, algo ronca, volvió a hacer temblar el aire a través de la radio y concluyó con árida sequedad pero grávida de alegría: treinta y tres a favor. Trece en contra. Diez abstenciones y un país ausente de la votación. La propuesta es aceptada.

Y su voz fue tragada por el clamor que salía de la radio, que se desbordaba en las galerías locas de alegría de la sala del Lago Success, y al cabo de otros dos o tres segundos de aturdimiento, de bocas abiertas como de sed y ojos como platos, también nuestra calle perdida a un extremo de Kerem Abraham, al norte de Jerusalem, rugió de pronto con un primer y terrible grito que desgarró la oscuridad, los edificios y los árboles, y se fragmentó, un grito no de alegría, no se parecía en nada al clamor de la multitud en los estadios deportivos, no se parecía al desenfreno de una muchedumbre exaltada, tal vez era más como un alarido de terror y pavor, un grito trágico, un grito que hacía temblar las piedras, que helaba la sangre, como si todos los muertos del pasado y del futuro hubieran podido por un instante gritar a través de un diminuto ventanuco cerrado de inmediato, y un momento después, el primer grito de terror dejó paso a clamores de alegría y a una mezcla de bramidos roncos y ¡el pueblo de Israel vive!, y alguien que intentó en vano empezar a cantar el himno y griterio de mujeres y aplausos y “aquí en la hermosa tierra de los antepasados”, y toda la multitud comenzó a moverse lentamente alrededor de sí misma como llevada por un gigantesco remolino y ya nada estaba prohibido y salté dentro de los pantalones pero olvidé la camisa y el yersey y fui lanzado desde la puerta a la calle y la mano de algún vecino o de un desconocido me alzó para que no me aplastaran y me fueron pasando, volando de mano en mano, hasta que aterricé en los hombros de mi padre junto a la puerta de nuestro patio: mi padre y mi madre estaban abrazados, aferrados el uno al otro como dos niños perdidos en un bosque, jamás los había visto así antes de esa noche y no volví a verlos así después, y por un instante estuve en medio de su abrazo y al cabo de un rato volví a los hombros de mi padre y él, mi instruido y educado padre, estaba allí gritando con todas sus fuerzas, no eran palabras ni juegos de palabras ni consignas sionistas ni exclamaciones de alegría sino un largo y desnudo grito como anterior a la invención de las palabras.

Pero otros ya cantaban, toda la multitud cantaba. Créeme llegará un día, o aquí, en la hermosa tierra de los antepasados, o Sión, mi maravilla, o en las montañas, en las montañas brillará nuestra luz, o desde Metula hasrta el Néguev, y mi padre, que no sabía cantar o que tal vez tampoco se sabía la letra de esas canciones, mi padre no estaba callado sino lanzando con toda sus fuerzas ese largo grito a pleno pulmón aaaahhhh y cuando se le acabó el aire inspiró de nuevo, como si se estuviera ahogando, y aquel hombre siguió gritando, aquel hombre que quería ser un gran catedrático y podría haberlo sido y que ahora era todo él un aaahhh. Y vi atónico cómo la mano de mi madre se deslizaba sobre su cabeza sudada y su nuca y enseguida noté su mano también en mi cabeza, en mi espalda, pues quizás también yo sin darme cuenta había empezado a apoyar a mi padre en su grito, y la mano de mi madre nos acariciaba sin cesar a los dos, tal vez para tranquilizarnos y tal vez no, tal vez no fuera en absoluto para tranquilizarnos, tal vez desde lo más profundo de su alma también ella intentaba participar con él y conmigo en nuestro grito y con toda la calle y con todo el barrio y con toda la ciudad y con todo el país intentaba también mi triste madre esta vez participar (no, por supuesto no toda la ciudad, tan sólo los barrios judíos, pues Sheij Jarrah, Katamón, Baqah y Talbia seguro que nos oyeron aquella noche y se cubrieron de un silencio tal vez similar al silencio de pavor que cayó sobre todos los barrios judíos antes de conocerse el resultado de la votación. En la casa de los Silvani en Sheij Jarrah y en la casa de los padres de Aisha en Talbia y en la casa de los padres del hombre de la tienda de ropa de mujer, el querido Gepetto con pesadas bolsas y ojos compasivos, allí no se alegraron aquella noche. Oyeron las voces de júbilo en las calles judías, quizás se asomaron a la ventana para ver los escasos cohetes que rasgaron la oscuridad del cielo, apretaron los labios y callaron. Hasta los papagayos callaron. Y calló el chorro del estanque del jardín. A pesar de que ni Kiatamón ni Talbia ni Baqah podían saber aún que cinco meses más tarde caerían por completo en manos de los judíos y en cada casa de piedra rojiza abovedada y en cada villa repleta de cornisas y arcos se instalarían otras personas).

Después, en la calle Aqmós, en todo Kerem Abraham y en todos los barrios judíos, hubo bailes y lágrimas, aparecieron banderas y consignas escritas en telas, y coches tocando el claxon y “subid a Sión estandarte y bandera” y “aquí, en la hemrosa tierra de los antepasados” y de todas las sinagogas salía el sonido del shofar, los libros de la Torá fueron sacados de las arcas sagradas y llevados hasta los que bailaban en círculos y “hacia Yavne, hacia Galilea” y “cantad, mirad y ved qué grande es este día”, y luego, de madrugada, se abrió de pronto la tienda del señor Auster y todos los kioscos de la calle Sofonias y se abrieron en la calle Gueulá y en la calle Chancelor y en Yafo y en King George, y se abrieron los bares de toda la ciudad y hasta el amanecer se repartieron gratis refrescos, golosinas, dulces y también bebidas con alcohol, de mano en mano, de boca en boca se pasaban las botellas de zumo, cerveza y vino, y los desconocidos se abrazaban en las calles y se besaban con lágrimas en los ojos, y los policías ingleses aturdidos fueron arrastrados también hasta los que bailaban en círculos y se ablandaron con latas de cerveza y licores, algunos exaltados treparon a los blindados del ejército británico y agitaron banderas de un Estado que aún no se había creado pero que, esa noche se había decidido allí, en el Lago Success, tenía permiso para crearse. Y se crearía al cabo de ciento sesenta y siete días y noches, el viernes 14 de mayo de 1948, pero el uno por ciento de la población judía, el uno por ciento de los hombres, mujeres, ancianos, niños y bebes, el uno por ciento de los que bailaban, festejaban, bebían y lloraban de alegría, el uno por ciento entero del pueblo que estaba jubiloso y desenfrenado aquella noche en las calles moriría en la guerra que iniciaron los árabes menos de siete horas después de la decisión de la Asamblea General en el Lago Success. En su ayuda, al marcharse el ejército británico, llegarían las fuerzas de la Liga Arabe, columnas de infantería, blindados, artillería, aviones de combate y bombarderos, desde el sur, desde el este y desde el norte irrrumpieron en el país tropas de invasión regulares de cinco países árabes para acabar con el Estado tan sólo un día o dos después de su proclamación.

Pero cuando vagábamos por allí, la noche del 29 de noviembre de 1947, yo montado en los hombros de mi padre, entre círculos de gente que bailaba dichosa, él me dijo, no como pidiéndomelo sino como sabiendo y afianzando su opinión con clavos: Observa hijo mío, observa bien, hijo, por favor, observa con siete ojos todo esto, porque esta noche, hijo, no la olvidarás mientras vivas, y de esta noche les hablarás a tus hijos, a tus nietos y a tus biznietos mucho tiempo después de que nosostros ya no estemos aquí.-

(De Línea Directa con Israel y Medio Oriente)

 
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