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Lengua hebrea, renacimiento literario y Eliézer Yehudá, padre del hebreo moderno Imprimir E-Mail
jueves, 28 de agosto de 2008

Por Abraham Plakin Z´L
La historia del renacimiento de la lengua hebrea se halla estrechamente ligada al despertar nacional del pueblo judío.

Proclamada la independencia del Estado de Israel, etapa culminatoria de un largo proceso histórico, resultó natural que se decidiera adoptar el hebreo como lengua nacional del flamante Estado. A nadie parecía inquietar el hecho de que se trataba de uno de los idioma más antiguos del mundo, con más de 3500 años de existencia, impropio quizá para los menesteres de la vida moderna. Los constructores de la nueva nación, continuadores de una tradición milenaria, habían acuñado una frase memorable: “Aquel que no cree en milagros, no es realista”, que decidieron aplicar con el hebreo, contra toda previsión lógica. Su tenacidad y entusiamo lograron lo imprevisto: la implantación, como idioma de uso corriente de un pueblo y de un Estado, de una lengua que había sufrido un eclipse de veinte siglos y que, sin embargo, jamás se vio desvinculada del destino del pueblo judío. El idioma que los filólogos habían declarado irremediablemente muerto había renacido, vivido y pujante como el pueblo que lo cobijara desde sus albores y que creó con él imperecederos monumentos literarios, entre los cuales se destaca la Biblia, el libro que mayor influencia ha ejercido sobre la humanidad.

El movimiento de los “Joveré Tzión”  (filosionistas), precursor inmediato del Sionismo Político de Herzl, imprimió un impulso notorio a la resurrección del hebreo. Resulta prácticamente imposible distinguir si el renacimiento nacional provocó el renacimiento del hebreo o viceversa. La nostalgia por Sión  la expresión literaria estaban tan entrelazadas que es de suponer que ambas fueron dos manifestaciones distintas de un mismo anhelo nacional: búsqueda de una patria y renacimiento de un idioma.

La segunda mitad del siglo XIX, en especial a partir de las dos últimas dos décadas, asistió a un florecimiento literario sin precedentes que llegó a transformar la fisonomía cultural de las comunidades judías de Polonia y del sur de Rusia, convirtiéndolas en los mayores centros intelectuales judaicos hasta la destrucción del judaísmo europeo y el surgimiento del centro actual en Israe. Grandes poetas, ensayistas y novelistas demostraron una vez más que las multiseculares raíces del hebreo aún conservaban toda su lozanía y vitalidad. De la larga lista de nombres escogeremos tan solo algunos. Empezaremos con Abraham Mapu.

Mapu fue el autor de Ahavat Tizón (El amor a Sión), la primera novela histórica neohebrea. También escribió otras novelas, todas ellas en un depurado estilo bíblico. Era evidente sin embargo que este lenguaje ya no alcanzaba a traducir los matices de la vida moderna.

Yehuda Leib Gordon es el poeta más representativo de la Haskalá en Rusia y uno de los hombres que más lucharon contra la ignorancia y la superstición.

Shalom Iaacov Abramovich, más conocido como Méndele Mojer Sefarim, fue no sólo el “abuelo” de la literatura idish sino también el primer novelista hebreo verdaderamente moderno. Su estilo es un mosaico multicolor, donde alternan fraternalmente elementos bíblicos, talmúdicos y postalmúdicos.

Ajad Haam, seudónimo de Asher Guinzburg, fue un pensador de nota y un ensayista conceptuoso. Sus artículos, recogidos luego en forma de libro, nos ponen en contacto con una de las mentes más lúcidas de su época. Ajad Haam creó un nuevo estilo periodístico y fue asimismo un activo propagandista del movimiento renacentista judío, dentro del cual preconizó el así llamado “sionismo espiritual”.

Dos poetas finiseculares son los nombres más importantes de aquel periodo. Se trata de Jaim Najman Bialik (1873-1934) y Saúl Tchenijovsky (1875-1944).

Bialik fue el poeta nacional por excelencia, cuya obra , que aún perdura, reflejó magistralmente todos los aspectos de la vida judía de la época. Personalidad polifacética, sus poemas, leyendas y ensayos escritos en un lenguaje no superado aún, se leen con deleite e interés. Sus traducciones de la literatura universal le valieron justa y bien merecida fama. Recordemos su versión de Don Quijote, donde, en un hebreo cargado de reminiscencias bíblicas, reviven ante el lector las donosas y a veces tristes aventuras del sin par manchego. La versión, resumida pero impecable y bella, le valió ser nombrado por la Real Academia Española “académico correspondiente extranjero”.

Tchenijovsky introdujo en la poesia motivos universales. Cantó al amor, a la belleza, a la amistad,  a todo aquello que enaltecía la vida. Sus traducciones de los clásicos griegos y del poema nacional finlandés Kalewala son también una muestra reveladora de su talento. Zalmá Schneur, fecundo literato en idish, fue también un vigoroso poeta hebreo, que idealizó la vida de los artesanos judíos y la gente sencilla. El amor y la fuerza son dos de los motivos centrales de su poesía.

En Eretz Israel se radicaron a principios del siglo XX numerosos escritores y poetas, oriundos de Europa Oriental. Pese a vivir en un nuevo país, seguían pintando la vida de la juderías europeas, sin que el cambio geográfico lograra modificar su visión. En nada varió su estilo, su vocabulario, su enfoque de las cosas. Sólo años más tarde la proteica realidad los integró definitivamente al quehacer literario de Eretz Israel.

A ellos deben sumarse los numerosos escritores, poetas, periodistas y dramaturgos nacidos ya en Israel, cuya labor ha trascendido las fronteras del Estado Judío a través de las numerosas traducciones de sus obras.

Digamos finalmente que quien intuyó la estrecha relación entre el hebreo y el renacimiento nacional fue Eliézer Ben Yehuda (1858-1922).

A pesar de su salud frágil, demostró una energía poco común luchando pacientemente por imponer el hebreo como idioma hablado en Eretz Israel.

Predicando con el ejemplo enseñó a hablar hebreo a su hijo Itamar, que creció dominando tan sólo esta lengua. Años más tarde se convirtió en un escritor de estilo galano y en un activo difusor de las ideas de su padre.

Cabe a Eliézer Ben Yehudá el mérito de haber compuesto el primer gran diccionario de la lengua hebrea, una enciclopedia monumental a la cual dedicó muchos años de tesonera labor. De esta obra aparecieron diez volúmenes en vida del autor y otros seis con carácter de homenaje póstumo y merecido a su trabajo precursor.

Debido al éxito que tuvo la batalla iniciada por Ben Yehudá por implementar el hebreo fue llamado con justicia “El padre del hebreo moderno”.

En 1923 el mandato de Palestina reconoció el hebreo como una de las tres lenguas oficiales del país, junto al inglés y al árabe. En las escuelas del país se enseñan las materias generales en hebreo y comenzaron a circular profusamente diarios y semanarios. La fundación de la Universidad Hebrea de Jerusalem en 1925 tuvo un papel importantísimo en la difusión del idioma. Cuando 23 años más tarde surgía el Estado de Israel, ya la fama de la Universidad, que precedió al Estado, había trascendido las fronteras del país.         

 
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