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Por Egon Friedler Recientemente dos hechos insólitos causaron profunda indignación a una gran mayoría de ciudadanos israelíes. Durante la celebración de Lag Baomer, el partido ultra-ortodoxo Shas en la localidad de Or Yehuda, procedió a la quema de libros del Nuevo Testamento, como un acto de protesta contra la actividad misionera cristiana en Israel. No se trató de un hecho circunstancial y aislado sino de algo planeado. La iniciativa fue del mismo vice-alcalde de la localidad, Uzi Aharon, y en este acto de odio estuvieron presentes alumnos de escuelas de la localidad.
Según lo consigna el diario “Haaretz” en un artículo editorial : “La quema de libros en Or Yehuda es especialmente preocupante a la luz del constante hostigamiento a los judíos mesiánicos en este país. Sus hogares son incendiados, tienen dificultades para ganarse la vida y solo hace dos meses, un muchacho de 15 años fue gravemente herido cuando lo que parecía ser un regalo de Purim le explotó en la cara en la puerta de su casa en Ariel”. En marzo de este año, durante un viaje a Alemania, tuve ocasión de ver el lugar en la Plaza de la Ópera en Berlín donde los nazis quemaron libros de prominentes escritores e intelectuales judíos en 1933. Hay allí un pequeño pero admirablemente simbólico memorial realizado por el artista israelí Misha Ulmann que recuerda este ominoso hecho. Es muy triste enterarse que los nazis encontraron imitadores precisamente en el seno del pueblo judío. Lamentablemente el suceso no despertó reacciones suficientemente enérgicas, sea porque los complejos y dramáticos problemas de seguridad y de política exterior del país, relegan a un segundo plano los serios problemas internos, o sea, por la no tan justificada razón, al menos desde el punto de vista ético, de que un planteo drástico contra el Shas que integra la coalición de gobierno, podría generar una crisis que se sumaría a la ya de por sí muy difícil situación política actual. Si este grave incidente solo tiene un alcance simbólico, el otro tema está destinado a tener consecuencias, constituye un ataque a la unidad del pueblo judío y pone en evidencia la naturaleza alienante y profundamente conflictiva de la ultra-ortodoxia. La Suprema Corte Rabínica, una institución oficial del Estado, que, como reflejo del crecimiento de su fuerza electoral y su integración a la coalición de gobierno, cayó en manos de rabinos ultra –ortodoxos, decidió que todas las conversiones realizadas en los últimos diez o más años por el Tribunal Rabínico oficial presidido por el rabino Jaim Druckman carecen de validez. De un plumazo decidieron anular la conversión al judaísmo de miles de nuevos inmigrantes que pasaron por un prolongado y nada fácil proceso instaurado por quienes eran entonces las autoridades reconocidas en materia religiosa. A juicio de los jueces ultra-ortodoxos todo ese esfuerzo debe quedar en la nada porque los “objetivos nacionales y sociales de integración al Estado, no pueden ser tomados en consideración si detrás de ellos no hay un verdadero cambio en las actitudes del converso hacia Dios, su Torá y sus mandamientos”. Como escribe Susan Weiss, Directora Ejecutiva del Centro de Justicia para las Mujeres de Israel, en el “Jerusalem Post” : “Para los rabinos Sherman, Izerer y Sheinfeld, la religión está separada de la agenda sionista y tiene implicancias y obligaciones que van mucho más allá de todo simbolismo. Su rol no tiene relación alguna con el bien común ni con la nación-estado de Israel. Para ellos, la sinagoga tiene precedencia sobre el estado y sus objetivos son más importantes. A su juicio, este orden de valores no tiene matices ni puede ser cuestionado.” Susan Weiss, que se declara partidaria de la libertad de conciencia, dice luego que aceptaría que los jueces ultra-ortodoxos fijen las normas para su comunidad pero no acepta de manera alguna que pretendan imponerlas en el Estado de Israel. Ella sostiene que no tienen la potestad para anular las conversiones ortodoxas del rabino Jaim Druckman avaladas por el Estado. No son un grupo de arbitraje privado, sino que su autoridad deriva del Estado de Israel que les paga salarios nada insignificantes. Tampoco pueden imponer sus standards respecto al tema de “Quién es judío” a todos los israelíes, ni fijar parámetros para la ciudadanía o la conversión autorizada por el Estado. Bajo el título “Un monopolio obsoleto”, Alexander Jacobson analiza en el diario “Haaretz” las implicancias del pronunciamiento de los jueces ultra-ortodoxos desde otro punto de vista. A su juicio, la Suprema Corte de Justicia anulará la controvertida decisión y el intento de fijar como única “puerta de ingreso” al pueblo judío, la conversión religiosa, ha fracasado de hecho. Explicitando esta afirmación, recuerda que fracasaron todas las enmiendas propuestas no solo por la ultra-ortodoxia sino también por la ortodoxia, pretendiendo anular el reconocimiento por el Estado de las conversiones reformistas o conservadoras hechas en el extranjero. Desde el punto de vista del articulista, hoy no es necesario ningún rito religioso para incorporarse al pueblo judío. Un gran número de personas, que no son judías según la Ley Religiosa, pero tienen parientes judíos, han llegado a Israel y recibieron la ciudadanía según la Ley de Retorno. La gran mayoría de estas personas aspiran a integrarse, y de hecho, con el tiempo se integran en la sociedad judía de habla hebrea en Israel. Se trata de un proceso de conversión sociológica habitual como el que se da en toda nación soberana.” El comentarista admite que el “establishment” religioso tiene los recursos para hostigar a estas personas porque posee un monopolio sobre temas de familia, lo que obliga a muchos a ir a Chipre para casarse. Sin embargo, afirma, no tiene el poder para convertirlos en una minoría nacional rusa. Estas personas y sus hijos de manera aún más definida pertenecen a la misma nación a la que pertenece la mayoría israelí.” Algunos judíos seculares en Israel ven con cierta dosis de cinismo la anulación de las conversiones ortodoxas por los rabinos ultra-ortodoxas, como un pleito de familia entre religiosos nacionalistas y ultra-ortodoxos no sionistas o anti-sionistas. Sin duda, ese es uno de los aspectos de la conflictiva posición adoptado por los tres titulares del Supremo Tribunal Rabínico. Pero sería un grave error minimizar este embate teocrático dirigido contra la unidad del pueblo judío y no reconocer su gravedad. El tema es demasiado serio como para no ser tenido en cuenta con todas sus derivaciones. La lucha por el perfil moderno, liberal, pluralista y democrático del Estado judío es un imperativo irrenunciable no menos esencial que la lucha por paz y la integración de Israel en el Medio Oriente. Aún cuando desde la distancia, la Diáspora no puede influir sobre esta realidad, es necesario que los hechos se conozcan. En un momento en el que sectores ultra-ortodoxos ganan posiciones en distintas comunidades, en gran parte debido a la inercia y al agotamiento de ideas en el establishment tradicional en muchos países, es necesario alertar acerca del peligro que esto entraña. Se trata de otorgar autoridad y legitimidad a un grupo sectario (o mejor dicho a una serie de grupos sectarios divididos entre sí) que en nombre de una falsa unidad judía pretenden imponer una visión retrógrada, exclusivista, en base a un estilo de vida que no responde al sentir de la mayoría de las judíos y está profundamente reñido con la modernidad, el pluralismo y la apertura a un vasto y complejo mundo globalizado. Si bien la mayoría de los judíos no suelen discriminar entre las distintas clases de adhesión emocional a la grey judía y dan por sentado que son legítimas las formas más diversas de la identidad judía, para los judíos ultra-ortodoxos hay una diferenciación muy tajante entre dos clases de judíos : observantes y no observantes, y aún en lo que respecta a los observantes, son sumamente críticos respecto a su grado de cumplimiento de las normas rituales. Para ellos, solo los judíos observantes de acuerdo a sus pautas son judíos plenos. Los demás son en el mejor de los casos, judíos en forma parcial. Esta visión los lleva naturalmente a actitudes discriminatorias hacia los “judíos parciales” y a formar una auto-erigida élite de “judíos verdaderos”. Es necesario mirar de cerca los fundamentos de esa forma “verdadera de ser judío”. En un mundo que avanza con ritmo vertiginoso y requiere una gran flexibilidad para adaptarse a los cambios, la ultra-ortodoxia tiene como valor supremo su rigidez religiosa dogmática. Es esa misma rigidez que la enfrentado una y otra vez con la historia judía. Para entender las consecuencias prácticas que esa rigidez ha tenido, conviene reseñar la actitud de la ultra-ortodoxia hacia los profundos cambios que se han producido en el seno del pueblo judío desde fines del siglo XIX hasta nuestros días. |